¿Perdonar o no a quien me rompió el alma?
—¿Y ahora qué quieres, Luis? —escupí las palabras como si fueran veneno, temblando en la cocina mientras el olor a café quemado llenaba el aire. Él estaba ahí, en la puerta, con esa cara de niño perdido que tan bien sabía poner cuando quería algo. Habían pasado seis meses desde que se fue con Marta, la chica del gimnasio, y aún podía sentir el eco de la soledad en cada rincón de la casa.
Luis bajó la mirada, jugueteando con las llaves del coche. —He cometido un error, Carmen. No sé cómo explicarlo…
—No hace falta que expliques nada. Ya lo hiciste todo cuando te fuiste —le corté, sintiendo cómo se me encogía el estómago. Mi madre siempre decía que los hombres como Luis nunca cambian. Pero ahí estaba yo, con cuarenta y dos años, dos hijos adolescentes y una vida hecha trizas.
La noticia de nuestra separación corrió como la pólvora por el barrio. En la panadería, las vecinas cuchicheaban a mis espaldas. Mi hermana Lucía venía cada tarde con una tarta o una botella de vino, intentando llenar el vacío que Luis había dejado. Pero nada servía. Las noches eran eternas y el silencio, ensordecedor.
—Mamá, ¿vas a dejar que papá vuelva? —preguntó Paula una noche mientras cenábamos tortilla y ensalada. Su hermano, Sergio, ni levantó la vista del móvil.
No supe qué responder. ¿Cómo explicarles que yo tampoco tenía respuestas? Que me debatía entre el rencor y la nostalgia, entre la dignidad y el miedo a quedarme sola para siempre.
Luis empezó a aparecerse más seguido. Un día traía flores, otro día venía a buscar a los niños para llevarlos al cine. Yo me mantenía firme, o eso creía. Pero cada vez que lo veía en la puerta, con esa mirada suplicante, sentía que una parte de mí quería abrazarlo y otra quería gritarle hasta quedarme sin voz.
Una tarde de domingo, mientras doblaba ropa en el salón, Lucía me llamó por teléfono.
—¿Otra vez ha venido ese sinvergüenza? —preguntó sin rodeos.
—Sí… dice que quiere volver —respondí en un susurro.
—Carmen, no seas tonta. ¿No te acuerdas de cómo llorabas? ¿De las noches que pasaste en vela? —insistió ella.
Me quedé callada. Claro que me acordaba. Recordaba cada lágrima, cada insulto disfrazado de broma, cada vez que me sentí invisible mientras él miraba el móvil durante la cena.
Pero también recordaba los domingos en familia en El Retiro, los veranos en la playa de Cádiz, las risas de los niños cuando hacíamos churros caseros…
Esa noche no pude dormir. Me levanté y fui al salón. Miré las fotos familiares: Luis con los niños en la feria de abril; yo sonriendo aunque ya entonces sentía que algo se rompía por dentro. ¿Era posible reconstruir lo que se había roto?
Al día siguiente, Luis apareció con una carta. La dejó sobre la mesa y se marchó sin decir palabra. La leí despacio:
“Carmen,
Sé que no merezco tu perdón. Sé que te fallé y que te hice daño. No busco excusas. Solo quiero decirte que desde que me fui no he hecho más que pensar en ti y en los niños. Marta no era lo que yo pensaba; me di cuenta demasiado tarde de lo que realmente importa. Si alguna vez puedes perdonarme, estaré aquí.”
Las palabras me arañaron el alma. ¿Era sincero? ¿O solo tenía miedo de estar solo?
Esa semana fui a ver a mi madre al pueblo. Me recibió con un abrazo apretado y una taza de chocolate caliente.
—Hija, nadie puede decidir por ti —me dijo mientras pelaba patatas para el guiso—. Pero recuerda: quien rompe un plato puede pegarlo, pero las grietas siempre quedan.
Volví a Madrid más confundida que nunca. Los niños estaban ilusionados con la idea de volver a ser una familia. Paula incluso empezó a dejarle mensajes a su padre en la nevera: “Papá, te echo de menos”. Sergio seguía callado, pero una noche lo escuché llorar en su cuarto.
Una tarde lluviosa, Luis vino a casa empapado. Se arrodilló en el recibidor.
—Carmen, por favor… Dame otra oportunidad. Haré lo que sea —su voz temblaba—. No puedo vivir sin vosotros.
Sentí un nudo en la garganta. ¿Y si volvía todo a ser como antes? ¿Y si volvía a sentirme invisible? Pero también pensé en lo difícil que era criar sola a dos adolescentes, en las facturas acumulándose en la mesa del comedor, en las noches frías sin nadie al otro lado de la cama.
Me senté frente a él y le miré a los ojos.
—No sé si puedo perdonarte, Luis. No sé si quiero volver a ser esa mujer que era antes…
Él bajó la cabeza y lloró como un niño.
Esa noche me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Miré mi reflejo: ojeras profundas, arrugas nuevas… pero también una fuerza desconocida brillando en mis ojos.
Hoy escribo esto sin saber qué haré mañana. Sigo debatiéndome entre el miedo y la esperanza, entre el rencor y el amor propio.
¿De verdad se puede perdonar una traición así? ¿O es mejor aprender a vivir sola y empezar de nuevo?
¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar?