Nunca quise ser madrastra, pero ahora lucho por una familia que no es mía
—¿Por qué has tocado mis cosas? —gritó Lucía, la hija mayor de Luis, mientras yo sostenía en mis manos su sudadera del Real Madrid, esa que siempre deja tirada en el sofá.
Me quedé paralizada, con el corazón en la garganta. No era la primera vez que me enfrentaba a su mirada de reproche, pero cada vez dolía más. Luis estaba en la cocina, escuchando todo en silencio, como si el conflicto fuera una tormenta que prefería dejar pasar.
No sé en qué momento mi vida se convirtió en esto: una batalla diaria por un lugar en una familia que no es mía. Cuando conocí a Luis en aquel bar de Lavapiés, jamás pensé que acabaría así. Él fue honesto desde el principio: “Tengo dos hijos y siempre serán lo primero”. Yo asentí, convencida de que el amor podía con todo. Qué ingenua era.
Al principio, los niños venían solo los fines de semana. Yo preparaba meriendas, intentaba juegos de mesa y hasta aprendí a cocinar croquetas como las hacía su abuela. Pero Lucía y Sergio me miraban como si fuera una extraña ocupando el sitio de alguien más. Su madre, Marta, llamaba cada noche para asegurarse de que todo estuviera bajo control. A veces, incluso venía a recogerlos antes de tiempo, lanzándome miradas cargadas de desconfianza.
—No te esfuerces tanto —me dijo mi amiga Carmen una tarde en la terraza del barrio—. Los hijos de otros nunca te querrán como a su madre.
Pero yo no podía evitarlo. Empecé a invertir no solo mi tiempo y mi energía, sino también mi dinero: excursiones al parque de atracciones, ropa nueva para el colegio, libros para sus clases de inglés. Todo lo hacía con la esperanza de que algún día me vieran como algo más que la novia de su padre.
Las discusiones con Luis empezaron pronto. Él decía que no debía presionar a los niños, que necesitaban tiempo. Pero yo sentía que ese tiempo era un pozo sin fondo donde se ahogaban mis ilusiones.
—¿Por qué siempre tengo que ser yo la que cede? —le pregunté una noche, mientras él miraba el móvil sin atreverse a responder.
El dinero también empezó a ser un problema. Marta exigía más manutención y Luis apenas llegaba a fin de mes. Yo cubría los huecos: pagaba las extraescolares, los regalos de cumpleaños, incluso parte del alquiler cuando él no podía. Mi madre me decía que estaba loca, que esos niños nunca serían míos.
Un día, Sergio llegó llorando porque le habían hecho bullying en el colegio. Me senté a su lado y le ofrecí un abrazo. Dudó un segundo antes de dejarse caer sobre mi hombro. Sentí una chispa de esperanza. Pero al día siguiente, cuando Marta vino a recogerlos, Sergio le contó todo y ella me miró con rabia.
—No tienes derecho a consolar a mi hijo —me espetó en el portal—. No eres su madre.
Esa noche lloré hasta quedarme dormida. Luis intentó consolarme, pero yo ya estaba rota por dentro.
Los meses pasaron y la rutina se volvió asfixiante. Lucía seguía sin hablarme más allá de lo imprescindible y Sergio se encerraba en su habitación con los cascos puestos. Yo seguía invirtiendo: clases particulares, zapatillas nuevas para el fútbol, tardes enteras ayudando con los deberes. Pero cada gesto era recibido con indiferencia o desconfianza.
Un domingo por la tarde, después de una comida tensa, Lucía estalló:
—¡Ojalá papá volviera con mamá! ¡Tú solo estorbas!
Luis se levantó de la mesa y salió al balcón sin decir palabra. Yo recogí los platos entre lágrimas contenidas. ¿Qué más podía hacer?
Empecé a preguntarme si valía la pena seguir luchando por una familia que nunca sería mía del todo. Mis amigas me decían que pensara en mí misma, que buscara mi felicidad lejos de ese caos. Pero yo no podía dejarlo así. Había invertido tanto amor, tanto esfuerzo… ¿Cómo rendirse ahora?
Un día cualquiera, mientras doblaba la ropa de Lucía y Sergio después del colegio, me di cuenta de que ya no esperaba nada a cambio. Lo hacía porque quería, porque aunque ellos no me aceptaran como madre, yo sí los había aceptado como parte de mi vida.
Esa noche hablé con Luis:
—No sé si algún día me verán como algo más que una intrusa —le dije—. Pero quiero seguir aquí, aunque duela.
Él me abrazó fuerte y por primera vez sentí que no estaba sola del todo.
Ahora sigo luchando cada día. A veces pienso en rendirme; otras veces creo ver una pequeña luz al final del túnel: una sonrisa tímida de Sergio, un “gracias” susurrado por Lucía cuando le ayudo con un examen difícil.
¿Vale la pena invertir tanto en unos hijos que nunca serán míos? ¿O es precisamente ese amor incondicional lo que nos hace verdaderamente familia? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?