Cuando la familia pesa más que el amor: El precio de complacer a todos

—¡No puedes seguir así, Álvaro! —le grité aquella noche, con la voz quebrada por la impotencia. Él estaba sentado en el borde del sofá, la cabeza entre las manos, los ojos rojos de tanto callar. La luz del salón apenas iluminaba sus ojeras profundas y el temblor de sus dedos. Yo, su madre, Lucía, sentía que lo perdía poco a poco, como si cada día se lo tragara un poco más esa familia que nunca supo poner límites.

Todo empezó cuando Álvaro consiguió el puesto en la consultora internacional. Era el orgullo de la familia: el primero en tener un trabajo así, con un sueldo que le permitía comprar un piso en Chamberí y pagarlo sin ayuda. Mi marido, Antonio, y yo celebramos cada logro suyo como si fuera nuestro. Pero cuando nos presentó a Marta, su novia, noté algo extraño en su mirada: una mezcla de amor y miedo.

Marta era encantadora, sí, pero su familia… Ay, su familia. Los Gutiérrez eran de Pozuelo, acostumbrados a mandar y a que todo girara en torno a ellos. Desde el primer día, su madre, Pilar, me miró por encima del hombro y su padre, Enrique, me habló como si yo fuera la señora de la limpieza. Pero lo peor no era eso: era cómo trataban a Álvaro.

—Álvaro, ¿puedes llevar a Marta al médico el jueves? Yo tengo pilates —le decía Pilar por WhatsApp.
—Álvaro, ¿te importa recoger a mi padre en Atocha? Es que Marta está ocupada —le pedía Enrique.

Y así, día tras día. Álvaro no sabía decir que no. Yo veía cómo se le escapaba la vida entre favores y compromisos ajenos. Marta nunca le defendía; al contrario, parecía disfrutar viendo cómo mi hijo se desvivía por su familia.

Una tarde de domingo, mientras preparaba una tortilla de patatas para la cena familiar, escuché a Álvaro discutir con Marta en el pasillo:

—No puedo más, Marta. Tus padres me llaman para todo. No soy su chófer ni su recadero.
—¡Pues si tanto te molesta, díselo tú! Yo no voy a enfrentarme a ellos —respondió ella con frialdad.

Me asomé y vi cómo Álvaro se mordía los labios para no llorar. Sentí una rabia inmensa. ¿Cómo podía permitir que le trataran así? ¿Dónde estaba el hombre seguro de sí mismo que había criado?

Las semanas pasaron y la situación empeoró. Los Gutiérrez empezaron a opinar sobre todo: desde la decoración del piso hasta los amigos con los que salía Álvaro. Incluso criticaron la paella que preparé en Navidad: “En mi casa le echamos más marisco”, soltó Pilar mientras apartaba mi plato.

Antonio intentaba calmarme:
—Déjalo estar, Lucía. Álvaro es mayorcito. Si quiere poner límites, lo hará.
Pero yo veía cómo mi hijo se apagaba. Llegó un punto en el que dejó de venir a comer los domingos y apenas respondía a mis mensajes.

Una noche lluviosa de febrero, recibí una llamada inesperada:
—Mamá… ¿puedo ir a casa? —su voz era apenas un susurro.
—Claro, hijo. Ven cuando quieras.

Llegó empapado y temblando. Se sentó en la cocina y rompió a llorar como cuando era niño.
—No puedo más… Me siento atrapado. Si digo algo, Marta se enfada; si no lo digo, sus padres me usan como quieren. No sé qué hacer.

Le abracé fuerte y le prometí que no iba a permitir que nadie le hiciera daño. Esa noche decidí que tenía que intervenir.

Al día siguiente llamé a Pilar y Enrique y les cité en una cafetería del centro. Fui sola; Antonio no quiso venir.

—Quiero hablarles como madre —empecé—. Mi hijo está al borde del colapso por intentar complacerles a todos. Les pido respeto por sus tiempos y sus límites.

Pilar me miró con desdén:
—Lucía, creo que exageras. Álvaro es muy servicial y nosotros solo queremos lo mejor para Marta.

—¿Y para él? ¿No merece también ser feliz?

Enrique bufó:
—Si no puede con la presión, quizá no sea el hombre adecuado para nuestra hija.

Sentí un nudo en el estómago pero no me achiqué:
—Prefiero un hijo feliz y solo que uno infeliz y acompañado.

Me marché sin mirar atrás. Aquella noche conté todo a Álvaro. Le temblaban las manos pero vi un brillo nuevo en sus ojos: el de quien sabe que alguien le defiende.

Pasaron semanas difíciles. Marta se distanció y los Gutiérrez dejaron de llamarle para todo. Álvaro empezó terapia y poco a poco recuperó la sonrisa. Volvió a venir los domingos y hasta se animó a invitarme a cenar en su piso nuevo.

No sé qué pasará entre él y Marta; quizá el amor no sea suficiente cuando la familia pesa demasiado. Pero aprendí que hay momentos en los que una madre debe luchar por su hijo aunque eso signifique enfrentarse al mundo entero.

A veces me pregunto: ¿Hasta dónde debe llegar una madre para proteger a su hijo adulto? ¿Es mejor intervenir o dejarles aprender por sí mismos? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?