Entre Gritos y Silencios: El Día que Parí Sola

—¡No puedes hacerme esto, Lucía! ¡Soy su abuela! —gritó Carmen, mi suegra, mientras la enfermera intentaba calmarla en la puerta del paritorio.

Yo estaba tumbada en la camilla, sudando, con contracciones cada dos minutos y el corazón a punto de salirse del pecho. Miré a mi marido, Álvaro, buscando apoyo, pero él solo bajó la cabeza, incapaz de enfrentarse a su madre. Mi madre, Pilar, no estaba. Habíamos planeado que ambas estuvieran conmigo, pero Carmen llegó antes y se negó a salir cuando la llamé para pedirle que esperara fuera hasta que llegara mi madre.

—Carmen, por favor, entiende que quiero a mi madre aquí —le supliqué entre jadeos—. Es mi parto, necesito sentirme cómoda.

Pero ella no cedía. Se aferraba al marco de la puerta como si le fuera la vida en ello. La matrona me miró con compasión y me preguntó en voz baja:

—¿Quieres que llamemos a seguridad?

En ese momento, sentí una mezcla de vergüenza y rabia. ¿Cómo habíamos llegado a esto? ¿Por qué tenía que pelearme con la madre de mi marido en uno de los momentos más vulnerables de mi vida?

Mi historia no empieza aquí. Nací en un barrio obrero de Madrid. Mi madre siempre fue mi refugio, sobre todo después de que mi padre nos dejara cuando yo tenía ocho años. Aprendí pronto a valorar la familia elegida, esa que te cuida sin pedir nada a cambio. Cuando conocí a Álvaro, pensé que había encontrado un compañero para construir ese hogar seguro que tanto anhelaba.

Pero nunca imaginé que el mayor obstáculo sería Carmen. Desde el principio, supe que no le gustaba cómo hacía las cosas: cómo cocinaba, cómo vestía a mis hijos, incluso cómo decoraba el salón. Siempre tenía una opinión y rara vez era positiva. Álvaro intentaba mediar, pero acababa cediendo para evitar discusiones.

Durante mis dos primeros partos, Carmen estuvo presente porque yo no tuve fuerzas para negarme. Pero esta vez quería hacer las cosas a mi manera. Había preparado una lista de reproducción con canciones que me recordaban a mi infancia y había pedido expresamente que solo estuvieran presentes las personas que yo eligiera.

Cuando rompí aguas aquella mañana de abril, llamé a mi madre y a Álvaro. Carmen apareció sin avisar media hora después. Mi madre se retrasó porque el autobús se averió en plena Gran Vía. Carmen aprovechó para instalarse en la sala de espera y, cuando llegó el momento de entrar al paritorio, se coló conmigo.

—No puedes echarme —me susurró al oído mientras la matrona le pedía amablemente que saliera—. Soy familia.

En ese instante sentí una presión en el pecho más fuerte que cualquier contracción. No era solo el dolor físico; era la impotencia de ver cómo mis deseos quedaban relegados una vez más.

—Carmen, te lo pido por favor —dije casi llorando—. Quiero estar tranquila. Quiero a mi madre aquí.

Ella cruzó los brazos y se quedó inmóvil. La matrona me miró esperando una decisión.

—No quiero que esté aquí —dije finalmente—. No quiero a Carmen en el parto.

El silencio fue absoluto. Álvaro me miró como si no me reconociera. Carmen soltó un bufido y salió dando un portazo.

El resto del parto fue una mezcla de alivio y culpa. Mi madre llegó justo cuando empezaba a empujar y me agarró la mano con fuerza. Sentí su calor y su apoyo incondicional. Cuando por fin escuché el llanto de mi hijo, lloré como nunca antes lo había hecho.

Pero la alegría duró poco. Al salir del hospital, Carmen no me dirigió la palabra. En casa, el ambiente era tenso; Álvaro estaba distante y mis hijos mayores notaban el cambio. Las comidas familiares se volvieron incómodas; los silencios pesaban más que las palabras.

Una tarde, mientras doblaba ropa en la habitación de los niños, Álvaro entró sin llamar.

—¿De verdad era necesario montar ese espectáculo? —me preguntó con voz fría.

Sentí una punzada en el estómago.

—¿Tú crees que yo quería eso? Solo quería sentirme segura…

—Pues ahora mi madre está destrozada —me interrumpió—. Dice que la has humillado delante de todo el hospital.

Me quedé callada. ¿Y yo? ¿Nadie pensaba en cómo me sentía yo?

Las semanas pasaron y la distancia entre Álvaro y yo creció. Empecé a dudar de mis decisiones, a preguntarme si había sido demasiado dura o egoísta. Pero cada vez que recordaba la sensación de tener a mi madre a mi lado en ese momento crucial, sabía que había hecho lo correcto para mí.

Un día recibí un mensaje de Carmen: “Cuando quieras hablar como adultas, aquí estoy”. Dudé mucho antes de responderle. Finalmente le propuse vernos en una cafetería del barrio.

La conversación fue tensa al principio. Carmen lloró; yo también. Le expliqué lo vulnerable que me sentía y lo importante que era para mí tener el control sobre mi propio parto. Ella reconoció que se sintió desplazada y temía perder su lugar en la familia.

No resolvimos todo en una tarde, pero al menos abrimos una puerta al entendimiento. Álvaro tardó más en perdonarme; aún hoy nuestra relación arrastra cicatrices de aquel día.

A veces me pregunto si las mujeres españolas estamos condenadas a complacer siempre a los demás, incluso en los momentos más íntimos de nuestra vida. ¿Cuándo aprenderemos a poner límites sin sentirnos culpables? ¿Alguna vez dejarán de juzgarnos por elegirnos a nosotras mismas?