Un hogar inesperado: la historia de Tomás y Lucas

—¿De verdad crees que puedes con esto, Tomás? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo del hospital Gregorio Marañón, tan fría como el mármol bajo mis pies. Yo no respondí. Solo miraba a través del cristal, donde un niño de seis años, con el pelo revuelto y los ojos perdidos en un punto invisible, balanceaba su cuerpo adelante y atrás. Lucas. Nadie lo llamaba por su nombre; para los médicos era “el niño del pabellón 3”. Para mí, desde ese instante, fue Lucas.

No sé qué me empujó a pedir información sobre él. Quizá fue la soledad de mis treinta y ocho años, o el eco de mi propia infancia en un barrio de Alcorcón, donde aprendí demasiado pronto lo que era sentirse diferente. Pero cuando la trabajadora social me contó que su madre biológica lo había dejado en el hospital tras el diagnóstico de autismo, sentí una punzada en el pecho. “Ha pasado por tres familias de acogida”, me dijo. “Nadie ha querido quedarse con él”.

Esa noche no dormí. Pensé en mi piso pequeño, en mi trabajo como bibliotecario, en las miradas de los vecinos cuando supieron que era gay. Pensé en las veces que escuché a mi padre decir: “Los hombres solos no pueden criar a un niño”. Pero sobre todo pensé en Lucas, en su silencio, en su soledad tan parecida a la mía.

—Mamá, voy a intentarlo —le dije al día siguiente, con la voz temblorosa pero firme.

—¿Y si te rechaza? ¿Y si no puedes con él? —insistió ella.

—¿Y si sí puedo? —respondí, más para convencerme a mí mismo que a ella.

El proceso fue largo y humillante. Las entrevistas con los servicios sociales parecían más un interrogatorio que una evaluación. “¿Por qué quiere adoptar siendo soltero?”, “¿Cree que su orientación sexual puede afectar al niño?”, “¿Está preparado para los desafíos del autismo?”. Cada pregunta era una piedra más en la mochila de mis inseguridades. Pero no me rendí.

El día que me permitieron llevar a Lucas a casa llovía a cántaros. Él no decía palabra; solo apretaba una pelota azul contra el pecho y evitaba mirarme. En el ascensor, una vecina cuchicheó con otra: “Ese es el maricón del cuarto… ahora trae un niño raro”. Fingí no escuchar, pero sentí cómo la vergüenza me subía por la garganta.

Las primeras semanas fueron un infierno. Lucas lloraba por las noches y se golpeaba la cabeza contra la pared. No toleraba los abrazos ni los ruidos fuertes. Yo cometía errores todo el tiempo: le hablaba demasiado alto, intentaba forzarle a comer lo que no quería, me desesperaba cuando no respondía. Una tarde, agotado, me senté en el suelo del pasillo y lloré. Pensé en rendirme. Pensé en llamar a los servicios sociales y decirles que no podía más.

Pero entonces Lucas se acercó, dejó su pelota azul junto a mí y se sentó en silencio a mi lado. No dijo nada, pero su gesto fue suficiente para entender que, de alguna manera, él también estaba intentando confiar en mí.

Empezamos a construir rutinas: desayunar siempre a la misma hora, leer cuentos antes de dormir (aunque él solo mirara las ilustraciones), pasear por el Retiro los domingos por la mañana. Poco a poco, Lucas empezó a mirarme a los ojos durante unos segundos. Un día, mientras le ponía la chaqueta para salir al colegio, murmuró: “Tomás”. Fue la primera vez que pronunció mi nombre.

La escuela fue otro campo de batalla. Los otros padres evitaban hablar conmigo; algunos niños se burlaban de Lucas porque no hablaba o hacía movimientos extraños con las manos. Un día, al recogerlo, escuché a una madre decir: “Ese niño debería estar en un centro especial… y ese hombre ni siquiera tiene mujer”. Sentí rabia e impotencia, pero también una determinación nueva.

Me apunté a un grupo de apoyo para padres de niños con autismo. Allí conocí a Carmen y a Raúl, que me enseñaron trucos para calmar las crisis sensoriales y me animaron cuando sentía que todo era demasiado grande para mí solo. Empecé a escribir un diario sobre nuestros avances y retrocesos; cada pequeña victoria —una palabra nueva, una sonrisa fugaz— era un triunfo compartido.

Mi madre tardó meses en venir a casa. El día que lo hizo, Lucas estaba sentado en el suelo alineando sus coches de juguete. Ella se quedó observándolo largo rato antes de decirme:

—No entiendo nada de esto… pero te veo feliz.

—Lo soy —le respondí—. Aunque hay días muy duros.

—¿Y él? —preguntó señalando a Lucas.

—Creo que también —dije—. A su manera.

Con el tiempo, algunos vecinos cambiaron su actitud; otros nunca lo hicieron. Aprendí a ignorar los comentarios y centrarme en lo importante: Lucas y yo éramos una familia, aunque no encajáramos en el molde tradicional español.

Un día, mientras paseábamos por la Gran Vía iluminada en Navidad, Lucas se detuvo frente a un escaparate y me tomó de la mano. No dijo nada, pero sus dedos entrelazados con los míos fueron la mayor declaración de amor que jamás había recibido.

A veces me pregunto si algún día dejarán de juzgarnos por ser diferentes; si España será un lugar donde todos los niños tengan derecho a una familia sin importar cómo esté formada. Pero mientras tanto, cada noche al arropar a Lucas pienso: ¿Quién adopta realmente a quién? ¿No somos todos un poco huérfanos buscando nuestro sitio?

¿Y vosotros? ¿Creéis que el amor basta para vencer todos los prejuicios?