El día que mi hijo detuvo el partido
—¡Pablo! ¡No!—grité con el corazón en la garganta mientras veía a mi hijo pequeño, con su camiseta del Rayo Vallecano, correr directo hacia el centro del campo. El partido estaba en su punto más tenso: el equipo de mi hermano Sergio jugaba la final del torneo del barrio y las gradas improvisadas vibraban con los cánticos y los gritos de los vecinos. Nadie se esperaba que un niño de dos años irrumpiera en medio del partido.
Corrí tras él, esquivando a un defensa que me miró con una mezcla de sorpresa y fastidio. Sentí las miradas de todos clavadas en mi espalda. Alcancé a Pablo justo cuando el balón pasaba a escasos centímetros de su cabeza. Lo levanté en brazos, temblando, y escuché cómo la grada estallaba en carcajadas y aplausos. Pero también oí los susurros, las críticas veladas: “¿Dónde está la madre de ese niño?”, “¡Qué irresponsabilidad!”.
Salí del campo con Pablo abrazado a mi cuello, su carita roja por la emoción y el susto. Mi madre, Carmen, me esperaba al borde del césped con el ceño fruncido.
—Victoria, hija, ¿en qué estabas pensando?—me reprochó en voz baja—. No puedes perderle de vista ni un segundo.
—Mamá, solo me giré un momento para hablar con Lucía…—intenté justificarme, pero sabía que no tenía excusa.
Sergio se acercó sudando, aún con la camiseta pegada al cuerpo.
—¿Estáis bien?—preguntó, mirando a Pablo con una sonrisa nerviosa.
—Sí…—respondí, pero sentía una mezcla de vergüenza y rabia. ¿Por qué siempre tenía que ser yo la que cometía errores?
Esa noche, mientras acostaba a Pablo, mi móvil no paraba de sonar. Lucía me mandó un mensaje: “Tía, ¡estás en todos los grupos! Mira esto”. Abrí el vídeo: se veía perfectamente cómo Pablo corría al campo y yo detrás, tropezando con mis propias piernas. Los comentarios no tardaron en llegar: algunos se reían, otros me defendían, pero muchos me juzgaban sin piedad.
No dormí nada. Al día siguiente, al llevar a Pablo a la guardería, sentí las miradas de las otras madres. Una de ellas, Marta, se acercó con una sonrisa forzada.
—Vaya susto ayer, ¿eh? Menos mal que no pasó nada… Aunque claro, hay que estar muy atenta con los niños tan pequeños.
Sentí cómo me ardían las mejillas. ¿Acaso pensaban que no era buena madre? ¿Que no quería a mi hijo? La presión era asfixiante. En casa, mi madre seguía insistiendo:
—Antes no pasaban estas cosas. Nosotras teníamos más cuidado…
—Mamá, por favor…—le respondí una tarde mientras recogía los juguetes del salón—. No es tan fácil. Estoy sola todo el día con Pablo y hago lo que puedo.
Ella suspiró y se sentó a mi lado.
—Lo sé, hija. Pero tienes que ser más fuerte. La gente siempre va a hablar.
Los días siguientes fueron un infierno. El vídeo seguía circulando y hasta salió en un programa local de televisión. En el trabajo, mis compañeras hacían bromas: “¡Cuidado con Victoria y sus escapadas al campo!”. Yo sonreía por fuera, pero por dentro sentía que me desmoronaba.
Una tarde, mientras paseaba con Pablo por el parque, me encontré con Raúl, el padre de una compañera de la guardería. Se acercó y me dijo:
—Oye, Victoria… No te preocupes por lo del otro día. Todos hemos perdido de vista a nuestros hijos alguna vez. Lo importante es que reaccionaste rápido.
Sus palabras me aliviaron un poco. Pero esa noche discutí con Sergio. Él estaba molesto porque su equipo perdió la final tras la interrupción del partido.
—No te imaginas lo que me han dicho los chicos… Que si mi hermana es un desastre, que si no sabemos cuidar ni a un crío…
—¿Y qué querías que hiciera? ¡Es mi hijo!—le grité entre lágrimas—. ¿Preferías que le pasara algo?
Sergio se quedó callado unos segundos antes de abrazarme.
—Perdona… Es solo que estoy agobiado. Pero tienes razón.
A partir de ese día decidí dejar de leer comentarios y centrarme en lo importante: Pablo estaba bien y yo había hecho lo correcto como madre. Poco a poco la gente dejó de hablar del tema y la vida volvió a la normalidad. Pero algo había cambiado en mí: ya no me importaba tanto lo que pensaran los demás.
Hoy miro a Pablo dormir y pienso en todo lo que aprendí aquel día. ¿Por qué somos tan duros con las madres? ¿Por qué nos exigimos tanto? ¿Acaso nadie comete errores?
¿Y vosotros? ¿Alguna vez os habéis sentido juzgados por un error como padres o madres? ¿Qué haríais si estuvierais en mi lugar?