El eco de mi entrega: La historia de una mujer que lo dio todo y fue traicionada

—¿Por qué llegas tan tarde otra vez, Luis? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras el reloj del salón marcaba las dos de la madrugada.

Luis ni siquiera me miró. Dejó las llaves sobre la mesa y murmuró algo ininteligible antes de encerrarse en el baño. Sentí ese nudo en el estómago, ese que ya era viejo conocido, pero que cada noche parecía apretar un poco más. Me quedé allí, de pie, en el pasillo oscuro, escuchando el agua correr y preguntándome en qué momento mi vida se había convertido en esto.

No siempre fue así. Cuando conocí a Luis en la universidad de Salamanca, era el hombre más atento y cariñoso del mundo. Me escribía poemas, me llevaba a pasear por la Plaza Mayor y me prometía un futuro lleno de aventuras. Yo, ingenua y enamorada, creí cada palabra. Nos casamos jóvenes, rodeados de nuestras familias y amigos, convencidos de que nada podría separarnos.

Los primeros años fueron felices. Nació nuestra hija Lucía y luego nuestro pequeño Pablo. Yo dejé mi trabajo como profesora para dedicarme a ellos. Luis insistió: “No te preocupes, yo me encargo de todo. Los niños te necesitan”. Y yo, queriendo ser la madre perfecta, acepté sin protestar. Mi vida giraba en torno a ellos: los desayunos con tostadas y zumo de naranja recién exprimido, las tardes de deberes y juegos en el parque, las noches de cuentos y canciones.

Pero poco a poco, Luis empezó a cambiar. Llegaba tarde del trabajo, siempre cansado, siempre con una excusa diferente. Yo intentaba no hacer preguntas, no quería parecer una esposa desconfiada. Pero las señales estaban ahí: mensajes que borraba rápidamente, llamadas que contestaba en voz baja desde el balcón, el perfume ajeno en su camisa.

Una noche, mientras doblaba la ropa en silencio, escuché a Lucía llorar en su habitación. Fui corriendo y la encontré abrazada a su peluche favorito.

—¿Qué te pasa, cariño?
—Papá ya no me da las buenas noches —susurró entre sollozos.

Sentí cómo se me partía el alma. ¿Cómo explicarle a una niña de siete años que su padre estaba cada vez más lejos? ¿Cómo protegerla del dolor que yo misma no sabía manejar?

Intenté hablar con Luis muchas veces. Siempre lo mismo:

—¿Hay otra mujer?
—No digas tonterías, Carmen —me respondía sin mirarme a los ojos.

Pero yo lo sabía. Lo sentía en cada gesto frío, en cada silencio incómodo durante la cena. Hasta que un día, mientras recogía su chaqueta del sofá, encontré un recibo de un hotel en Madrid. No había excusas posibles.

Esa noche lo enfrenté. Gritamos. Lloramos. Los niños se encerraron en su cuarto asustados por los gritos. Luis confesó: llevaba meses con otra mujer, una compañera del trabajo llamada Marta. Dijo que no sabía cómo había pasado, que no quería hacerme daño, pero que ya no podía seguir fingiendo.

Me sentí vacía. Como si todo lo que había construido durante años se desmoronara delante de mis ojos. Pensé en mis padres, en cómo siempre me decían que el matrimonio era para toda la vida. Pensé en mis hijos, en cómo les iba a explicar que su padre se iba de casa.

Luis hizo las maletas esa misma noche. Lucía no quiso despedirse de él; Pablo lloraba sin entender nada. Yo me quedé sentada en el suelo del pasillo, abrazando mis rodillas, sintiendo que me ahogaba.

Los días siguientes fueron un infierno. Mi madre vino desde Valladolid para ayudarme con los niños. Mi hermana Ana me llamaba cada noche para asegurarse de que seguía respirando. Pero yo apenas podía levantarme de la cama.

La gente hablaba. En el supermercado, las vecinas susurraban cuando pasaba: “Pobre Carmen, ¿te has enterado? Luis la ha dejado por otra”. Sentía vergüenza y rabia a partes iguales.

Una tarde, mientras recogía a Lucía del colegio, la profesora me llamó aparte:

—Carmen, Lucía está muy distraída últimamente. ¿Hay algo que debamos saber?

No pude evitarlo y rompí a llorar delante de ella. Me sentí tan pequeña…

Poco a poco tuve que aprender a vivir sin Luis. A hacerme cargo de todo: las facturas, los deberes, las reuniones del colegio… A veces sentía que no podía más. Una noche, después de acostar a los niños, me miré al espejo y apenas me reconocí: ojeras profundas, el pelo sin arreglar, los ojos apagados.

Fue entonces cuando Ana vino a verme y me sacudió:

—Carmen, tienes que salir adelante por ti y por tus hijos. No puedes dejarte vencer.

Sus palabras me dolieron pero tenía razón. Empecé a buscar trabajo otra vez; volví a dar clases particulares de literatura a adolescentes rebeldes del barrio. Al principio fue duro: algunos padres no querían contratarme porque “una madre sola no es buen ejemplo”. Pero poco a poco fui ganando alumnos y confianza.

Lucía empezó a sonreír otra vez cuando le leía cuentos antes de dormir; Pablo me abrazaba fuerte cada mañana antes de ir al cole. Descubrí una fuerza dentro de mí que no sabía que tenía.

Un día vi a Luis en la calle Mayor con Marta. Me miró de lejos y bajó la cabeza. Sentí rabia pero también alivio: ya no era mi problema.

Ahora han pasado dos años desde aquella noche fatídica. Sigo teniendo miedo al futuro pero ya no me siento sola ni vacía. He aprendido a quererme un poco más cada día.

A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres como yo hay en España ahora mismo? ¿Cuántas han dado todo por su familia solo para ser traicionadas? ¿Y cuántas han encontrado la fuerza para levantarse y empezar de nuevo?

¿De verdad merece la pena perderse por amor? ¿O es hora de empezar a pensar primero en nosotras mismas?