El regalo que nunca llega: una abuela, un nieto y el precio del amor
—¿Otra vez juguetes, Carmen?—La voz de Lucía resonó en el pasillo, fría como el mármol de la encimera. Yo sostenía entre mis manos un tren de madera, envuelto con esmero, con un lazo azul que había comprado en la mercería del barrio. Hugo, mi nieto, esperaba en el salón, ajeno a la tensión que flotaba entre su madre y yo.
—Es para Hugo. Le encantan los trenes—intenté explicar, buscando en sus ojos algún atisbo de comprensión.
Lucía suspiró, cruzando los brazos—. Mamá, te lo he dicho mil veces: no queremos más juguetes. Si quieres regalarle algo, mejor dale dinero. Así podemos comprarle lo que necesita.
Sentí una punzada en el pecho. ¿Dinero? ¿Para un niño de cinco años? En mi época, los regalos eran abrazos envueltos en papel de colores, no billetes fríos metidos en un sobre. Pero Lucía era inflexible, y mi hijo Andrés, como siempre, evitaba el conflicto escondiéndose tras la pantalla del móvil.
Aquella tarde, mientras Hugo jugaba con el tren —sin saber que sería el último regalo que le daría—, me senté en la cocina con mi marido Manuel. Él me miró con esa mezcla de resignación y ternura que solo tienen los hombres que han visto demasiadas Navidades pasar.
—No te lo tomes así, Carmen. Los tiempos cambian—me dijo, pero yo no podía evitar sentirme desplazada.
La Navidad se acercaba y con ella la presión de Lucía. Un mensaje tras otro: «Por favor, este año nada de juguetes. Si quieres ayudar, haz una transferencia a esta cuenta». Me sentía como una extraña en mi propia familia. ¿Qué clase de abuela era si no podía elegir el regalo para mi nieto?
Recuerdo una tarde lluviosa de diciembre. Llevé a Hugo al parque —aprovechando que Lucía tenía una reunión— y él me preguntó:
—¿Por qué mamá no quiere que me regales cosas?
Me quedé sin palabras. ¿Cómo explicarle a un niño que los adultos a veces convierten el amor en una transacción? Le acaricié el pelo y le dije:
—A veces los mayores creemos saber lo que es mejor, pero yo siempre querré verte feliz.
Esa noche lloré en silencio. No por mí, sino por ese vínculo invisible que sentía deshilacharse poco a poco.
Las discusiones se hicieron más frecuentes. Andrés intentaba mediar:
—Mamá, entiende a Lucía. No tenemos espacio para más cosas y queremos ahorrar para el futuro de Hugo.
Pero yo veía otra cosa: una barrera cada vez más alta entre mi nieto y yo. En la cena de Reyes, mientras todos abrían regalos —menos Hugo—, sentí una soledad helada rodeada de risas ajenas.
Un día, decidí hablar con Lucía cara a cara. Nos sentamos en la terraza, con las vistas al parque donde jugaba Hugo.
—Lucía, ¿por qué te molesta tanto que le regale cosas a Hugo?—pregunté con voz temblorosa.
Ella me miró fijamente:
—Porque quiero enseñarle a valorar el dinero y no quiero que crezca rodeado de cosas innecesarias. Además, muchas veces compras cosas que ya tiene o que no necesitamos.
—Pero… ¿y la ilusión? ¿Y la sorpresa?—insistí.
—La ilusión no está en los objetos, Carmen. Está en pasar tiempo juntos. Si quieres hacerle feliz, ven a verle más a menudo o llévale al cine. Pero basta de juguetes.
Me marché con el corazón encogido. ¿Era yo la anticuada? ¿Estaba equivocada al pensar que un regalo es más que un objeto?
Las semanas pasaron y empecé a notar cómo Hugo se alejaba. Ya no corría a mis brazos cuando llegaba; parecía más serio, más distante. Un día le pregunté:
—¿Te gustaría que te regalara algo especial por tu cumpleaños?
Me miró y bajó la cabeza:
—Mamá dice que no hace falta…
Sentí una rabia sorda hacia Lucía, pero también hacia mí misma por no saber cómo acercarme a mi nieto sin romper las reglas impuestas.
En el grupo de amigas del barrio todas tenían opiniones distintas:
—Eso es cosa de ahora, Carmen. Los jóvenes solo piensan en el dinero—decía Pilar.
—Quizá deberías adaptarte y regalarle experiencias—sugería Mercedes.
Pero ninguna respuesta calmaba mi inquietud.
El día del cumpleaños de Hugo llegó y fui con las manos vacías por primera vez. Le di un sobre con dinero y él lo miró sin entender muy bien qué significaba aquello. Lucía sonrió satisfecha; Andrés evitó mi mirada.
Esa noche soñé con mi madre envolviendo regalos para mis hijos, con risas y carreras por el pasillo. Me desperté con lágrimas en los ojos y una pregunta clavada en el alma: ¿Estamos perdiendo la esencia del amor familiar por miedo a acumular cosas?
Hoy sigo sin saber si hice lo correcto. Veo a Hugo crecer entre normas y cuentas bancarias, y me pregunto si algún día entenderá que detrás de cada regalo había una abuela intentando decirle «te quiero» a su manera.
¿De verdad es tan difícil encontrar un equilibrio entre tradición y modernidad? ¿O simplemente estamos olvidando lo importante mientras discutimos por lo superficial?