Entre la Sombra y la Luz: El Día que Carmen me Salvó de Mí Misma
—¿De verdad crees que esto es amor, Lucía?—. La voz de Carmen retumbó en el pasillo, justo cuando estaba a punto de entrar al salón con la bandeja de tarta. Me detuve en seco. Era la primera vez que me hablaba así, con esa mezcla de ternura y severidad que sólo una madre española puede tener.
Todo había comenzado seis meses atrás, en la oficina del centro de Madrid. Yo era la nueva en el departamento de recursos humanos y, aunque el ambiente era cordial, sentía que no encajaba del todo. Hasta que conocí a Álvaro. Él trabajaba en contabilidad y tenía esa sonrisa fácil, ese aire seguro que tanto atrae cuando una se siente perdida. Pronto empezamos a salir a escondidas, entre cafés rápidos y miradas cómplices en los pasillos.
Mi madre, Mercedes, siempre decía que los hombres como Álvaro traen problemas. «Mucho brillo, poca raíz», solía advertir. Pero yo no quería escucharla. Me aferraba a cada mensaje suyo, a cada promesa de escaparnos juntos a la costa en verano. Cuando me presentó a su familia, sentí que por fin todo encajaba. Su madre, Carmen, era una mujer elegante, de esas que te miran a los ojos y parecen leerte el alma.
La relación avanzó rápido. Álvaro empezó a hablar de boda casi sin conocernos bien. «En septiembre, después de las vacaciones», decía mientras acariciaba mi mano bajo la mesa del restaurante familiar. Yo asentía, aunque por dentro algo se removía. ¿Era amor o miedo a quedarme sola?
Las semanas pasaron y los preparativos se volvieron una avalancha. Mi padre, Antonio, apenas hablaba; mi hermana pequeña, Laura, se burlaba de mi vestido; y mi madre sólo suspiraba resignada. Pero yo seguía adelante, convencida de que el amor lo podía todo.
Una tarde de domingo, mientras ayudaba a Carmen a preparar la comida, ella me miró fijamente. —Lucía, ¿tú eres feliz?— preguntó sin rodeos.
Me quedé muda. Nadie me lo había preguntado así, tan directamente. Carmen dejó el cuchillo sobre la tabla y se sentó frente a mí.
—Mira, hija —dijo—, yo también fui joven y cometí errores por miedo a decepcionar a los demás. Pero el matrimonio no es un juego ni una salida fácil para escapar de la soledad.
Sentí un nudo en la garganta. Recordé las veces que Álvaro me había hecho sentir pequeña con sus bromas delante de sus amigos; las discusiones absurdas por celos; las noches en las que lloraba en silencio para no preocupar a mis padres.
—¿Por qué me dices esto ahora?— logré preguntar.
Carmen suspiró. —Porque te veo igual que yo hace treinta años. Y no quiero que repitas mi historia.
En ese momento entró Álvaro, interrumpiendo la conversación con su habitual despreocupación. —¿Qué hacéis aquí tan serias?— bromeó mientras cogía una aceituna del plato.
Carmen le lanzó una mirada fulminante y él salió del comedor murmurando algo sobre fútbol y amigos. Me sentí más sola que nunca.
Esa noche no pude dormir. Las palabras de Carmen resonaban en mi cabeza como un eco doloroso. ¿Era feliz? ¿O simplemente estaba siguiendo un guion escrito por otros?
Al día siguiente, decidí hablar con Álvaro. Quedamos en una cafetería cerca del Retiro. Él llegó tarde y ni siquiera se disculpó.
—¿Qué pasa ahora?— preguntó con fastidio.
Le conté lo que sentía: mis dudas, mis miedos, las cosas que no funcionaban entre nosotros. Esperaba comprensión o al menos una conversación sincera. Pero él se limitó a encogerse de hombros.
—Pues si no estás segura, mejor lo dejamos —dijo sin mirarme a los ojos.
Sentí cómo se rompía algo dentro de mí. Salí corriendo bajo la lluvia madrileña, sin paraguas ni rumbo fijo. Lloré como no lo hacía desde niña.
Pasaron días antes de atreverme a llamar a Carmen. Ella me recibió con un abrazo cálido y un café recién hecho.
—No te culpes —me susurró—. A veces hay que perderlo todo para encontrarse a una misma.
Mi familia tardó en entenderlo. Mi madre lloró durante semanas; mi padre se encerró en su despacho; Laura me llevó a conciertos para animarme. Pero poco a poco fui recuperando mi vida: volví a pintar, salí con amigas, viajé sola por Andalucía.
Hoy miro atrás y agradezco aquel día en el pasillo con Carmen. Si no hubiera tenido el valor de escucharla —y escucharme— quizás ahora sería una sombra de mí misma.
A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres siguen atrapadas en relaciones por miedo al qué dirán? ¿Cuántas veces callamos nuestra voz interior para no decepcionar a los demás? ¿Y tú? ¿Te has atrevido alguna vez a romper con todo para empezar de nuevo?