Cuando el corazón y la familia chocan: La decisión que cambió mi vida

—¿Pero tú te crees que esto es un juego, Sergio? —La voz de mi padre retumbó en el salón, haciendo temblar hasta los cuadros de la pared. Mi madre, sentada en el sofá, se tapaba la boca con las manos, los ojos abiertos como platos. Yo apenas podía mirarlos a la cara.

Acababa de soltar la bomba: Lucía, mi novia desde hacía dos años, estaba embarazada. Teníamos veintiún años, estudiábamos ambos en la Universidad Complutense y vivíamos en un barrio obrero de Vallecas. No era el momento, no era el plan, pero ahí estábamos.

—Papá, no voy a casarme —dije, intentando que mi voz no temblara. Sentí la mirada de mi madre, Inés, clavada en mí. Ella siempre había sido mi refugio, pero ahora parecía tan perdida como yo.

—¿Cómo que no? —insistió mi padre, Antonio—. ¡Eso es lo que se hace! Si has sido hombre para acostarte con ella, sé hombre para responder. ¡En mi época esto no pasaba!

—Antonio, por favor —susurró mi madre—. No le grites así.

—¿Y qué quieres que haga, Inés? ¿Mirar para otro lado? ¿Dejar que nuestro hijo haga lo que le dé la gana?

Me sentí pequeño, como cuando era niño y rompía algo sin querer. Pero esto era mucho más grande. Lucía esperaba en su casa, a dos calles de la mía, con los ojos hinchados de llorar y su madre gritándole que yo era un sinvergüenza.

—No quiero casarme porque no estoy preparado —dije al fin—. No quiero arruinarle la vida a Lucía ni a mí mismo. Podemos ser padres sin estar juntos por obligación.

Mi padre bufó y se levantó de golpe, tirando la silla al suelo.

—¡Eso no es ser hombre! —gritó—. ¡Eso es ser un cobarde!

Mi madre se acercó y me abrazó. Sentí sus lágrimas en mi cuello.

—Sergio, cariño… ¿Estás seguro? ¿Has pensado en lo que significa?

—Sí, mamá. Lo he pensado mucho. Quiero estar presente para el bebé, pero no quiero casarme solo porque sí.

Esa noche fue un infierno. Mi padre salió dando un portazo y no volvió hasta la madrugada. Mi madre se quedó conmigo en silencio, acariciándome el pelo como cuando era pequeño.

Al día siguiente, todo el barrio lo sabía. La madre de Lucía vino a casa hecha una furia.

—¡Tu hijo ha destrozado la vida de mi niña! —gritaba desde el portal—. ¡Esto no se va a quedar así!

Mi padre bajó corriendo las escaleras y casi se pegan allí mismo. Los vecinos miraban desde las ventanas; algunos cuchicheaban, otros negaban con la cabeza.

En casa de Lucía las cosas estaban aún peor. Su padre dejó de hablarle y su hermano mayor me amenazó por WhatsApp: “Si no te casas con ella, te vas a enterar”.

Lucía y yo nos veíamos a escondidas en el parque donde nos dimos nuestro primer beso. Ella lloraba mucho y yo sentía que todo era culpa mía.

—¿Y si nos vamos de Madrid? —me preguntó una tarde—. Podemos empezar de cero en otro sitio.

—No puedo dejar a mi familia así —le respondí—. Y tú tampoco puedes huir de la tuya.

La presión aumentaba cada día. Mi padre dejó de hablarme; solo me miraba con desprecio cuando coincidíamos en el pasillo. Mi madre intentaba mediar, pero estaba rota por dentro.

Una tarde, al volver de clase, encontré a mi padre sentado en la cocina con una botella de vino medio vacía.

—Si no te casas con Lucía —dijo sin mirarme—, te vas de esta casa.

Me quedé helado. Mi madre apareció detrás de mí y le suplicó que no hiciera eso.

—Antonio, por favor… Es nuestro hijo…

Pero él estaba decidido.

Esa noche hice la maleta y me fui a casa de un amigo. Lloré como nunca antes lo había hecho. Sentí rabia, miedo y una soledad inmensa.

Pasaron semanas sin hablar con mis padres. Lucía empezó a ir al médico sola; su barriga crecía y yo me sentía cada vez más lejos de todo.

Un día recibí un mensaje de mi madre: “Ven a casa. Tu padre quiere hablar contigo”. Dudé mucho antes de ir, pero necesitaba verlos.

Cuando llegué, mi padre estaba sentado en el salón, serio pero más calmado.

—He pensado mucho —dijo—. No puedo obligarte a casarte si no quieres. Pero tienes que asumir tu responsabilidad como padre.

Asentí en silencio. Mi madre lloraba otra vez, pero esta vez eran lágrimas de alivio.

Con el tiempo, las cosas se fueron calmando. Lucía y yo decidimos criar juntos a nuestro hijo sin casarnos. Nuestros padres tardaron en aceptarlo, pero poco a poco aprendieron a querer a nuestro pequeño Pablo.

A veces me pregunto si tomé la decisión correcta o si fui demasiado egoísta. ¿Es mejor seguir las tradiciones aunque uno no lo sienta? ¿O es más valiente buscar tu propio camino aunque duela?

¿Vosotros qué habríais hecho en mi lugar?