Cuando el hogar se rompe: Mi vida entre dos casas y un corazón dividido

—¿De verdad vas a dejarme sola con todo esto, Álvaro? —mi voz temblaba mientras sostenía la caja de libros, la última que quedaba por meter en el coche. El piso olía a despedida, a polvo y a promesas rotas.

Álvaro no me miró. Se quedó de pie junto a la puerta, con las llaves en la mano, girándolas nervioso entre los dedos. —Lucía, no puedo. No puedo dejar a mi madre ahora. Está muy mal desde lo de papá…

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Llevábamos meses planeando esta mudanza. Habíamos encontrado un piso pequeño en Lavapiés, cerca de mi trabajo en la biblioteca. Habíamos soñado con pintar las paredes de azul claro y desayunar juntos los domingos en la terraza. Pero ahora, todo se desmoronaba porque su madre, Carmen, no podía quedarse sola.

—¿Y yo? ¿Qué pasa conmigo? —pregunté, la voz rota.

Él bajó la mirada. —No es el momento, Lucía. Lo siento.

No hubo más palabras. Solo el sonido de la puerta cerrándose tras él y el eco de mi respiración acelerada. Me quedé allí, rodeada de cajas y recuerdos, preguntándome en qué momento mi vida se había convertido en esto: una elección entre dos casas, dos familias, y un amor que parecía desvanecerse.

Esa noche dormí en el colchón tirado en el suelo del nuevo piso. El silencio era tan denso que podía oír mis propios pensamientos rebotando por las paredes vacías. ¿Había hecho mal en insistir tanto en mudarnos? ¿Era egoísta por querer una vida juntos lejos de su madre?

Al día siguiente llamé a mi hermana, Marta. Siempre ha sido mi refugio cuando todo va mal.

—¿Pero cómo que se ha quedado con Carmen? —su voz sonaba indignada al otro lado del teléfono—. Lucía, tienes que plantarte. No puedes vivir así, esperando a que él decida si eres su prioridad o no.

—No es tan fácil —susurré—. Carmen está muy sola desde que murió el padre de Álvaro… Y yo sé lo que es perder a alguien.

—Pero tú también existes —insistió Marta—. No puedes desaparecer para que los demás estén bien.

Colgué sintiéndome aún más perdida. Durante días, Álvaro apenas me escribía mensajes cortos: «¿Has comido?», «¿Todo bien en el trabajo?». Pero nunca hablaba de nosotros, ni de cuándo vendría a casa. Empecé a notar cómo la soledad se colaba en cada rincón del piso: la taza de café fría por las mañanas, la cama demasiado grande por las noches.

Una tarde de lluvia, decidí ir a ver a Carmen. Quizá si hablaba con ella podría entender mejor a Álvaro, o al menos encontrar algo de paz.

Me abrió la puerta con su bata de flores y una sonrisa cansada.

—Lucía… ¿Qué haces aquí?

—Quería verte —mentí—. Y hablar contigo.

Nos sentamos en la cocina, rodeadas de fotos antiguas y el aroma a cocido madrileño.

—Sé que lo estás pasando mal —le dije—. Pero también necesito a Álvaro. No puedo seguir sola…

Carmen suspiró largo y tendido. —Yo tampoco quiero retenerlo aquí, hija. Pero desde que se fue su padre… No sé cómo seguir adelante. Álvaro es lo único que me queda.

Vi sus ojos llenos de lágrimas y sentí una punzada de culpa. ¿Cómo podía competir con ese dolor? ¿Cómo pedirle a Álvaro que me eligiera a mí sin sentirme una egoísta?

Salí de esa casa más confundida que nunca. Caminé bajo la lluvia hasta el metro, empapada y temblando, preguntándome si alguna vez podría tener un hogar propio sin sentirme culpable por ello.

Los días pasaron lentos y grises. En el trabajo fingía sonreír mientras ayudaba a los estudiantes a buscar libros o reponía estanterías. Por las noches escribía mensajes largos a Álvaro que nunca enviaba: «Te echo de menos», «¿Recuerdas cuando soñábamos con viajar juntos?», «¿Aún quieres estar conmigo?».

Una noche, después de una discusión por teléfono —la primera vez que realmente alzamos la voz—, Álvaro vino al piso. Traía ojeras profundas y el gesto cansado.

—No sé qué hacer —me confesó—. Siento que si me voy de casa dejo sola a mi madre… Pero si me quedo allí te pierdo a ti.

Me acerqué y le tomé la mano. —No tienes que elegir entre nosotras… Pero tampoco puedes vivir dividido para siempre. Yo también necesito saber si formamos parte del mismo futuro.

Nos abrazamos largo rato, llorando en silencio. Por primera vez sentí que compartíamos el mismo dolor: el miedo a perder lo que amamos, la culpa de no poder estar en dos sitios a la vez.

Esa noche hablamos hasta el amanecer sobre buscar ayuda para Carmen: una cuidadora unas horas al día, más visitas de sus amigas del barrio… Álvaro prometió intentarlo, pero también me pidió paciencia.

Ahora escribo estas líneas sentada en nuestra terraza azul claro, viendo cómo amanece sobre los tejados de Madrid. No sé qué pasará mañana ni si nuestro amor sobrevivirá a tantas pruebas. Pero sí sé que merezco un lugar propio en la vida de quien amo.

¿Hasta cuándo debemos sacrificarnos por los demás antes de pensar en nosotros mismos? ¿Es posible construir un hogar sin sentirnos culpables por dejar atrás lo que nos ata al pasado?