La esposa de mi hermano y el secreto que destrozó mi familia

—¿Por qué no puedes mirarme a los ojos, Sergio? —La voz de Carmen, mi mujer, retumbó en la cocina mientras yo fingía buscar algo en el frigorífico. El olor a café recién hecho no lograba tapar el nudo en mi estómago. No podía mirarla. No después de lo que había pasado anoche.

Todo comenzó hace seis meses, cuando mi hermano menor, Álvaro, apareció en casa de mis padres con Lucía. Era una tarde de domingo en Madrid, con ese sol de invierno que apenas calienta pero te obliga a entrecerrar los ojos. Lucía era distinta a todas las mujeres que había conocido: elegante, con una risa contagiosa y una mirada que parecía atravesarte. Desde el primer momento, sentí algo extraño, una especie de electricidad incómoda.

—Sergio, ¿puedes ayudarme con las copas? —me pidió Lucía esa primera tarde, apartándome del bullicio familiar. En la cocina, mientras buscábamos vasos en los armarios altos, nuestras manos se rozaron y ella sonrió, como si compartiéramos un secreto. Me sentí un adolescente torpe, y odié esa sensación.

Durante semanas intenté evitarla. Carmen notó mi nerviosismo y lo atribuyó al trabajo. Yo dirigía una pequeña empresa de reformas y últimamente los pagos llegaban tarde. Pero la verdad era otra: cada vez que Lucía venía a casa o coincidíamos en alguna comida familiar, sentía que el aire se volvía más denso.

Un día, después de una comida en casa de mis padres, Lucía me pidió que la acercara a su piso porque Álvaro se había ido antes por una urgencia. El trayecto fue tenso. Ella hablaba de cosas triviales —el tráfico en la M-30, el último libro que había leído— pero yo apenas podía concentrarme.

—¿Te pasa algo conmigo? —preguntó de repente, mirándome fijamente cuando aparqué frente a su portal.

—No… es solo que… —balbuceé, incapaz de articular lo que sentía.

Ella se inclinó y me besó. Fue un beso rápido, casi robado, pero suficiente para encender una chispa que llevaba meses gestándose. Me aparté bruscamente.

—Esto no puede ser —susurré.

—Ya lo sé —respondió ella—. Pero tampoco podemos fingir que no pasa nada.

Esa noche no dormí. Miraba a Carmen, tan tranquila a mi lado, y me sentía el peor ser humano del mundo. Pero la semilla ya estaba plantada.

A partir de ahí todo fue cuesta abajo. Lucía y yo empezamos a vernos a escondidas: cafés rápidos en Lavapiés, paseos por el Retiro donde nadie nos conocía. Cada encuentro era un subidón de adrenalina y culpa. Yo intentaba convencerme de que podía controlarlo, que era solo una fase absurda, pero cada vez estaba más enganchado a ella.

Mientras tanto, mi relación con Carmen se deterioraba. Ella me preguntaba si había otra mujer y yo lo negaba todo. Mis hijos adolescentes apenas me dirigían la palabra; estaban demasiado ocupados con sus móviles y sus vidas digitales para notar el caos emocional en casa.

Un día, Carmen encontró un mensaje en mi móvil: “Te echo de menos”, firmado por Lucía. No hubo gritos ni escenas dramáticas; solo silencio y una mirada rota.

—¿Es Lucía? —preguntó con voz temblorosa.

No pude mentirle más. Asentí y vi cómo se le caía el mundo encima.

La noticia explotó en la familia como una bomba. Álvaro vino a buscarme al trabajo y me pegó un puñetazo delante de todos mis empleados.

—¡Eres un traidor! ¡Mi propio hermano! —gritó antes de marcharse dando un portazo.

Mis padres dejaron de hablarme. Mi madre lloraba cada vez que me veía; mi padre ni siquiera me miraba a la cara. Mis hijos se fueron a vivir con Carmen a casa de sus abuelos durante semanas.

Lucía intentó convencerme de que podíamos empezar de cero juntos, pero yo ya no sabía quién era ni qué quería. Había destruido todo por una pasión fugaz y ahora solo quedaba el vacío.

Una noche, sentado solo en el salón con una copa de vino barato, pensé en todo lo que había perdido: la confianza de mi familia, el respeto de mis hijos, la complicidad con mi hermano… ¿Merecía la pena?

Hoy vivo solo en un piso pequeño cerca del Manzanares. Veo a mis hijos los fines de semana y Carmen ha rehecho su vida poco a poco. Álvaro no me ha perdonado y dudo que algún día lo haga. Lucía desapareció; dicen que se fue al norte buscando empezar de nuevo.

A veces me pregunto si todos somos capaces de traicionar lo más sagrado por un instante de locura. ¿Qué haríais vosotros si os encontraseis ante una tentación así? ¿Se puede reconstruir una familia después de romperla en mil pedazos?