Flores en el rellano: Cuando la amabilidad se convierte en tormenta
—¿Otra vez flores, Lucía? —La voz de Ricardo retumbó en el pasillo, tan fría como la cerámica bajo mis pies. Yo sostenía el ramo de lirios blancos que Tomás, nuestro nuevo vecino del tercero, acababa de dejarme en la puerta. Aún podía oler su perfume mezclado con el aroma dulce del chocolate que acompañaba la nota: “Para alegrar el día”.
No supe qué decir. Me limité a mirar el suelo, sintiendo cómo la tensión se colaba entre las paredes de nuestro piso en Chamberí. Ricardo cerró la puerta con un golpe seco y se fue directo al salón, sin mirarme.
No era la primera vez. Desde que Tomás se mudó hace dos meses, su amabilidad había sido constante: saludos cordiales, ayuda con las bolsas del supermercado, alguna conversación ligera sobre el tiempo o el fútbol. Pero las flores y los bombones… eso era nuevo. Y Ricardo, que siempre había sido celoso —aunque nunca lo admitiera—, empezó a mirarme con una mezcla de sospecha y tristeza.
Esa noche, mientras cenábamos tortilla y ensalada en silencio, no aguanté más.
—¿De verdad crees que hay algo entre Tomás y yo? —pregunté, rompiendo el hielo con la voz temblorosa.
Ricardo dejó el tenedor en el plato y me miró fijamente.
—No lo sé, Lucía. Pero no entiendo por qué le dejas que te regale cosas. ¿Te parece normal?
Me sentí pequeña, como una niña pillada en falta. Pero también me hervía la sangre. ¿Acaso no confiaba en mí después de veinticinco años juntos? ¿Tanto daño le hacía un simple ramo?
—Es solo un detalle. No tiene importancia —intenté justificarme.
—¿Y si fuera al revés? ¿Si una vecina me trajera regalos cada semana?
No supe qué responder. Quizá yo también me habría sentido incómoda. Pero no era lo mismo… ¿o sí?
La discusión quedó flotando en el aire como una nube negra. Esa noche dormimos espalda contra espalda, cada uno aferrado a su orgullo y a sus miedos.
Al día siguiente, mientras barría el rellano, Tomás salió de su piso con una sonrisa amable.
—Buenos días, Lucía. ¿Le gustaron las flores?
Sentí la mirada de Ricardo desde la mirilla. Tragué saliva.
—Sí, muchas gracias… pero no hacía falta —dije bajando la voz.
Tomás pareció notar mi incomodidad.
—Perdón si he molestado. Solo quería ser amable. Mi madre siempre decía que un detalle puede alegrar el día a cualquiera.
Le sonreí con cortesía y me metí en casa lo más rápido posible. Cerré la puerta y me apoyé contra ella, sintiendo que el corazón me latía demasiado deprisa.
Esa tarde, mi hermana Carmen vino a tomar café. Le conté lo que pasaba, buscando consuelo o quizá una perspectiva diferente.
—¿Y tú qué sientes por Tomás? —preguntó sin rodeos.
—Nada. Es solo un vecino simpático. Pero me hace sentir viva… como si alguien me viera de verdad después de tanto tiempo.
Carmen asintió en silencio. Sabía lo difícil que había sido para mí superar la monotonía de los últimos años: los hijos ya mayores viviendo fuera, Ricardo cada vez más distante, las rutinas asfixiantes del trabajo y la casa.
—A veces los detalles más pequeños sacan a la luz lo que llevamos dentro —dijo ella antes de marcharse.
Esa noche, Ricardo y yo volvimos a discutir. Esta vez fue más duro.
—¿Por qué no puedes decirle que pare? —me exigió.
—Porque no quiero ser grosera. No quiero hacerle daño a nadie —contesté entre lágrimas.
—¿Y a mí? ¿No me haces daño a mí?
Me quedé muda. No había pensado en eso. O quizá sí, pero no quería admitirlo.
Los días siguientes fueron un infierno silencioso. Ricardo apenas me hablaba; yo evitaba cruzarme con Tomás en el portal. Empecé a sentirme culpable por algo que ni siquiera entendía del todo.
Una tarde de lluvia, mientras recogía la ropa del tendedero comunitario, Tomás apareció con un paraguas enorme.
—¿Puedo ayudarte?
Negué con la cabeza, pero él insistió.
—Lucía, sé que he causado problemas sin querer. Si quieres que deje de traerte cosas, solo dímelo.
Le miré a los ojos y vi sinceridad. No había dobles intenciones, solo una soledad parecida a la mía.
—Gracias por tu amabilidad, Tomás. Pero creo que es mejor que no sigas…
Él asintió y se marchó bajo la lluvia. Sentí una punzada de tristeza y alivio al mismo tiempo.
Esa noche busqué a Ricardo en el dormitorio. Me senté junto a él en la cama y le tomé la mano.
—He hablado con Tomás. No volverá a traerme nada —le dije suavemente.
Ricardo suspiró y por primera vez en semanas vi lágrimas en sus ojos.
—No quiero perderte, Lucía… pero tengo miedo de que ya te haya perdido hace tiempo.
Nos abrazamos como dos náufragos aferrados a la última tabla de salvación. Lloramos juntos por todo lo que habíamos callado: los años perdidos, los sueños olvidados, el miedo a no ser suficientes el uno para el otro.
Ahora miro las flores marchitas sobre la mesa y me pregunto: ¿Es tan fácil romper lo construido durante toda una vida por culpa de un gesto inocente? ¿O es que ya había grietas esperando cualquier excusa para abrirse del todo?