Mi padre quiere mi perdón, pero ¿puedo dárselo?
—¿Por qué no puedes simplemente dejarlo estar, Daniel? —La voz de mi madre retumbó en la cocina, mientras yo apretaba los puños sobre la mesa de formica, sintiendo el temblor en mis dedos.
No respondí. Miré el reloj de pared, ese que siempre marcaba las comidas en casa, y pensé en cuántas veces había esperado a mi padre en esa misma mesa. Esperado en vano. Él llegaba tarde, o no llegaba. Y cuando estaba, era como si no estuviera: su mirada perdida en el televisor, su voz solo para regañar o pedir silencio.
—No es tan fácil, mamá —susurré finalmente—. No puedo olvidar todo lo que pasó solo porque ahora él quiera hablar.
Mi madre suspiró, cansada. Ella siempre fue el puente roto entre nosotros, intentando unir dos orillas que nunca se tocaron. Pero ahora, después de tantos años, mi padre había llamado. No para felicitarme por mi nuevo trabajo en la librería del barrio, ni para preguntarme por mi vida. Llamó para decirme que estaba enfermo y que quería verme.
Recuerdo perfectamente la última vez que hablamos antes de su llamada. Fue en la boda de mi hermana Lucía, hace cinco años. Él me saludó con un apretón de manos frío y una sonrisa forzada. Durante la comida, apenas cruzamos palabra. Yo me fui temprano, con la excusa de un compromiso, pero en realidad era incapaz de soportar su presencia.
Ahora, sentado en la cocina de mi madre en Vallecas, sentía cómo el pasado me apretaba el pecho. Mi infancia fue una sucesión de silencios y ausencias: partidos de fútbol a los que nunca vino, notas del colegio que nunca le importaron, cumpleaños sin su abrazo. Recuerdo una vez, tendría yo ocho años, que le pedí que me ayudara con los deberes de matemáticas. Él ni siquiera levantó la vista del periódico.
—Estoy ocupado —dijo entonces—. Pregúntale a tu madre.
Esa frase se me quedó grabada como una sentencia. Desde entonces dejé de pedirle cosas. Aprendí a no esperar nada de él.
Pero ahora él esperaba algo de mí: mi perdón.
—¿Vas a ir a verle? —preguntó Lucía por teléfono esa noche. Su voz sonaba preocupada.
—No lo sé —respondí—. No sé si puedo.
Ella guardó silencio unos segundos antes de decir:
—No tienes que hacerlo por él. Hazlo por ti.
Esa noche apenas dormí. Me revolvía en la cama pensando en todo lo que podría decirle si le veía: el dolor, el rencor, las preguntas sin respuesta. ¿Por qué nunca fuiste un padre para mí? ¿Por qué me ignoraste? ¿Por qué ahora?
Al día siguiente caminé hasta su piso en Carabanchel. El portal olía a humedad y lejía. Subí las escaleras con el corazón desbocado. Cuando abrí la puerta, me encontré con un hombre envejecido, mucho más pequeño de lo que recordaba. Sus ojos grises buscaban los míos con una mezcla de miedo y esperanza.
—Hola, Daniel —dijo con voz ronca.
Me quedé en el umbral unos segundos antes de entrar.
El piso estaba igual que siempre: muebles viejos, fotos familiares llenas de polvo. En una esquina vi una foto mía de niño, con el uniforme del colegio. Me sorprendió verla allí.
Nos sentamos frente a frente en el salón. Él empezó a hablar despacio, como si cada palabra le costara un mundo.
—Sé que no he sido un buen padre —dijo—. Sé que te fallé muchas veces… demasiadas. No tengo excusas.
Sentí un nudo en la garganta. Quise gritarle todo lo que había guardado durante años, pero solo pude susurrar:
—¿Por qué ahora?
Él bajó la mirada.
—Estoy enfermo —admitió—. El médico dice que… bueno, que no me queda mucho tiempo. Y no quiero irme sin intentar arreglar las cosas contigo.
Me quedé callado. Por un momento sentí compasión, pero enseguida volvió el resentimiento.
—¿Y crees que con una conversación se arregla todo? —pregunté, casi sin querer.
Él negó con la cabeza.
—No espero que me perdones hoy ni mañana… Solo quería pedirte perdón y decirte que te he echado de menos todos estos años, aunque no supiera demostrarlo.
Me levanté y caminé hacia la ventana. Afuera llovía sobre Madrid y las luces de los coches se reflejaban en los charcos del asfalto. Pensé en todas las veces que había soñado con este momento: él pidiéndome perdón y yo sintiéndome liberado. Pero la realidad era mucho más compleja.
—No sé si puedo perdonarte —admití finalmente—. No sé si quiero hacerlo siquiera.
Él asintió despacio.
—Lo entiendo —susurró—. Solo quería decírtelo antes de que sea demasiado tarde.
Salí del piso con el corazón hecho trizas. Caminé bajo la lluvia hasta perderme entre las calles del barrio. Pensé en mi madre, en Lucía, en todos los silencios compartidos durante años. Pensé en lo difícil que es romper el ciclo del rencor cuando las heridas son tan profundas.
Esa noche llamé a Lucía y le conté todo. Ella lloró al otro lado del teléfono y yo también lloré, por primera vez en mucho tiempo.
Han pasado semanas desde aquel encuentro y sigo sin saber qué hacer. Mi padre sigue enfermo y yo sigo atrapado entre el deseo de cerrar heridas y el miedo a abrirlas aún más.
A veces me pregunto: ¿es posible perdonar de verdad cuando nunca hubo amor? ¿O hay heridas que simplemente nunca sanan?
¿Vosotros qué haríais? ¿Se puede reconstruir una relación cuando solo quedan ruinas?