Por qué mi hijo me dijo que no estoy invitada a su boda: El dolor de una madre y la promesa de un mañana
—Mamá, no quiero que vengas a la boda.
La frase retumbó en el salón como un trueno en pleno agosto madrileño. Pablo, mi hijo, mi único hijo, me miraba con los ojos bajos, incapaz de sostener mi mirada. Yo tenía las manos húmedas, apretando el borde de la mesa como si pudiera evitar que el suelo se abriera bajo mis pies.
—¿Cómo dices? —logré articular, aunque sentía la garganta cerrada.
Él suspiró, se pasó la mano por el pelo, ese gesto nervioso que tenía desde niño—. Es mejor así, mamá. No quiero líos ese día.
Me quedé en silencio. Recordé la primera vez que le llevé al Retiro, con seis años, cuando su padre ya se había ido. Recuerdo cómo le prometí que nunca le faltaría nada. Trabajé en dos turnos en el hospital de La Paz, limpiando habitaciones y cambiando sábanas mientras él dormía en casa de mi hermana Carmen. Nunca tuve tiempo para mí, ni para amigos, ni para rehacer mi vida. Todo era para Pablo.
Pero los años pasaron y algo se rompió entre nosotros. Cuando llegó la adolescencia, Pablo empezó a encerrarse en su cuarto, a contestar con monosílabos. Yo intentaba acercarme: «¿Qué tal en el instituto?», «¿Quieres cenar conmigo esta noche?». Siempre la misma respuesta: «Estoy cansado» o «Tengo cosas que hacer».
A veces escuchaba cómo hablaba por teléfono con su padre, ese hombre que solo llamaba en Navidad o cuando el Atleti ganaba un partido importante. Pablo reía con él de una forma que nunca hacía conmigo. Me dolía, pero me callaba. No quería ser la madre pesada, la que reprocha, la que ahoga.
El día que me dijo que se iba a vivir con Lucía, su novia, sentí orgullo y miedo a partes iguales. Le ayudé a buscar piso en Vallecas, le llevé tuppers de lentejas y croquetas cada domingo. Pero poco a poco las visitas se hicieron más espaciadas. Un domingo no estaba; otro tenía planes; otro simplemente no contestó al teléfono.
Hasta hoy. Hoy que me ha dicho que no quiere que vaya a su boda.
—¿He hecho algo mal? —pregunté al fin, con la voz rota.
Pablo levantó la cabeza y vi lágrimas en sus ojos—. Mamá, es que… Lucía no quiere problemas. Dice que siempre estás juzgando todo, que te metes demasiado en nuestras cosas.
Me quedé helada. ¿Juzgar? ¿Meterme? Solo quería lo mejor para él. ¿Era tan grave preguntar si estaban seguros de casarse tan jóvenes? ¿O si podían permitirse ese viaje de luna de miel a Menorca?
—No lo hago por mal —susurré—. Solo quiero ayudarte.
—A veces no necesitamos ayuda, mamá —dijo él—. Solo queremos vivir nuestra vida.
Sentí una punzada de rabia y tristeza mezcladas. ¿Tanto había fallado como madre? ¿Había sido demasiado protectora? ¿Demasiado sola?
Esa noche llamé a Carmen. Ella siempre ha sido mi refugio.
—¿Pero cómo te va a decir eso tu propio hijo? —exclamó—. Si tú te has dejado la piel por él.
—Quizá me equivoqué —admití—. Quizá le he querido tanto que le he asfixiado.
Carmen suspiró al otro lado del teléfono—. Los hijos son así, Mercedes. Se olvidan de todo lo que hemos hecho por ellos hasta que les toca vivirlo en carne propia.
No dormí esa noche. Me levanté temprano y fui al mercado de Maravillas como cada sábado. Compré tomates para hacer gazpacho y pan recién hecho, aunque sabía que comería sola. Vi parejas jóvenes riendo, madres con niños pequeños corriendo entre los puestos. Sentí un vacío inmenso.
Al volver a casa encontré una carta bajo la puerta. Era de Pablo.
«Mamá,
Sé que esto te duele y no sabes cuánto me duele a mí también. Pero necesito espacio para construir mi vida con Lucía sin sentirme juzgado o controlado. No es culpa tuya ni mía; simplemente hemos cambiado y ahora necesito ser yo quien tome mis propias decisiones.
Te quiero mucho, aunque ahora no lo parezca.
Pablo»
Leí la carta varias veces. Lloré hasta quedarme sin lágrimas. Luego encendí la radio y escuché una canción antigua de Joan Manuel Serrat que hablaba de madres e hijos distanciados por el tiempo y los errores.
Pasaron los días y el dolor se fue transformando en resignación. Empecé a salir más con Carmen, a apuntarme a clases de pintura en el centro cultural del barrio. Poco a poco aprendí a estar sola sin sentirme vacía.
El día de la boda llegó y me fui a pasear por el parque del Oeste. Vi parejas haciéndose fotos entre los rosales y pensé en Pablo vestido de traje, nervioso quizá, feliz quizá. Recé por él en silencio.
Esa noche recibí un mensaje: «Gracias por entenderlo, mamá».
No sé si algún día Pablo y yo volveremos a ser como antes. Pero he aprendido que el amor de una madre también consiste en dejar ir, aunque duela más que cualquier sacrificio hecho antes.
¿Hasta dónde debemos llegar las madres para proteger a nuestros hijos sin perderlos? ¿Es posible querer demasiado? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?