Entre regalos y silencios: el día que mi madre eligió a mi hermana

—¿Dónde están los regalos de Lucas y Martina?— pregunté, con la voz temblorosa, mientras recorría el salón de casa de mi madre, buscando las cajas envueltas en papel azul que había dejado la noche anterior. Mi madre, sentada en la mesa, ni siquiera levantó la vista del café. Mi hermana Clara, con su sonrisa de siempre, estaba ya ayudando a sus gemelos a abrir paquetes.

—Ay, Isabel, no te pongas así. Los niños de Clara no tenían nada especial este año y pensé que no pasaba nada si compartían— dijo mi madre, como si estuviera hablando del pan del desayuno y no de los regalos que yo había comprado con tanto esfuerzo para mis hijos.

Sentí un nudo en la garganta. Lucas me miraba desde el pasillo, con los ojos grandes y húmedos, mientras Martina se aferraba a mi pierna. Los gemelos de Clara reían y jugaban con el tren eléctrico y la muñeca que yo había elegido para mis hijos. No podía creerlo. ¿Cómo podía mi madre hacerme esto? ¿Por qué siempre era Clara la que recibía todo?

Desde pequeña, supe que en casa había dos varas de medir. Clara era la niña perfecta: buenas notas, sonrisa fácil, nunca discutía. Yo era la rebelde, la que preguntaba demasiado, la que se marchó a Madrid para estudiar periodismo y volvió con dos hijos y un divorcio a cuestas. Pero nunca imaginé que esa diferencia llegaría a herir también a mis propios hijos.

—Mamá, esos regalos eran para Lucas y Martina. Los compré yo— insistí, intentando mantener la calma.

Mi madre suspiró, como si le pesara tener que explicarse.

—Isabel, no seas dramática. Tus hijos tienen de todo. Los de Clara han pasado un año difícil con lo del trabajo de su padre…

—¿Y qué culpa tienen mis hijos?— respondí, alzando la voz sin querer.

El silencio cayó como una losa sobre el salón. Mi padre miró hacia otro lado. Clara abrazó a sus gemelos y me lanzó una mirada de reproche, como si yo fuera una egoísta por reclamar lo que era justo.

Me fui al baño y cerré la puerta tras de mí. Me miré en el espejo: ojos rojos, rabia contenida. Recordé todas las veces que mi madre había preferido a Clara: cuando le regaló el anillo de la abuela sin consultarme, cuando le guardaba el mejor trozo de tarta en los cumpleaños, cuando me decía que debía aprender de ella. Pero ahora era diferente. Ahora eran mis hijos los que sufrían esa injusticia.

Volví al salón y recogí a Lucas en brazos. Martina tiró de mi mano.

—Mamá, ¿por qué los primos tienen nuestros juguetes?— susurró.

No supe qué decirle. No quería que pensaran que su abuela no los quería tanto como a sus primos. No quería transmitirles ese dolor antiguo que yo llevaba dentro desde niña.

—Vamos a casa— dije finalmente.

Mi madre ni siquiera se levantó para despedirse. Clara me siguió hasta la puerta.

—Isabel, no montes un drama por unos juguetes. Siempre tienes que hacerte la víctima— murmuró.

La miré con una mezcla de tristeza y rabia.

—No es por los juguetes, Clara. Es por todo lo demás.

Salimos al frío de enero. Caminamos hasta el coche en silencio. Lucas lloraba bajito; Martina apretaba los puños.

Esa noche, mientras acostaba a los niños, sentí una soledad inmensa. Pensé en llamar a mi madre, pedirle una explicación más profunda, pero algo dentro de mí se rompió. ¿Por qué tenía yo que mendigar cariño o justicia? ¿Por qué tenía que ser siempre yo la que cedía?

Los días siguientes fueron un desfile de mensajes tensos en el grupo familiar de WhatsApp. Mi madre me escribió: «No quiero más discusiones por tonterías». Clara mandó fotos de los gemelos jugando con los regalos «de Reyes» y mi padre puso un emoticono triste. Nadie preguntó cómo estaban Lucas y Martina.

En el trabajo, apenas podía concentrarme. Mis compañeros hablaban del partido del domingo o del último escándalo político; yo solo podía pensar en cómo explicarle a mis hijos que a veces la familia duele más que cualquier otra cosa.

Una tarde, recogiendo a Martina del colegio, me encontré con Carmen, una madre del AMPA.

—Te noto apagada, Isa. ¿Todo bien?

No pude evitarlo: le conté lo ocurrido entre lágrimas. Carmen me abrazó fuerte y me dijo:

—No eres la única. En mi casa siempre fue igual con mi hermano mayor. Pero tus hijos te tienen a ti; eso es lo importante.

Esa noche decidí escribirle una carta a mi madre. No para enviarla —sabía que no serviría de nada— sino para vaciarme por dentro:

«Mamá,
No sé si alguna vez entenderás lo mucho que duele sentirme menos importante para ti. No sé si alguna vez verás el daño que haces cuando eliges siempre a Clara. Pero quiero que sepas que ya no voy a permitir que mis hijos crezcan sintiendo lo mismo que yo sentí toda mi vida…»

Guardé la carta en un cajón y abracé fuerte a Lucas y Martina antes de dormir.

Han pasado semanas desde aquel día y aún no he vuelto a casa de mis padres. Mis hijos preguntan por sus abuelos; yo les digo que pronto iremos, aunque no sé si es verdad. A veces pienso en perdonar; otras veces creo que es mejor poner distancia para protegernos.

Me pregunto si alguna vez mi madre entenderá lo que ha hecho o si seguiré siendo siempre «la hija difícil». ¿Es posible romper el ciclo del favoritismo familiar? ¿O estamos condenados a repetir las heridas generación tras generación?

¿Vosotros qué haríais? ¿Perdonaríais o pondríais límites? ¿Cómo se cura una herida así?