El peso de mis prejuicios: La historia de una madre española ante la boda de su hijo

—No lo entiendo, Álvaro. ¿Por qué te empeñas en complicarte la vida? —Mi voz temblaba, pero no era de tristeza, sino de rabia contenida. Mi hijo me miraba desde el otro lado de la mesa del comedor, ese mismo donde tantas veces le ayudé con los deberes o le curé las rodillas peladas. Ahora, con veintisiete años, parecía un extraño.

—Mamá, no es complicarme la vida. Estoy enamorado de Lucía. Y sí, tiene una hija, pero eso no cambia nada —me respondió con una calma que solo consiguió enfurecerme más.

Me levanté bruscamente, haciendo que la silla chirriara contra el suelo de gres. Miré por la ventana: la plaza del barrio de Chamberí seguía igual que siempre, pero dentro de mí todo era un torbellino. ¿Cómo podía mi hijo repetir mi historia? ¿No había aprendido nada de lo que yo sufrí criando sola a un niño en una sociedad que todavía susurra a tus espaldas?

Recuerdo cuando el padre de Álvaro se fue. Tenía apenas tres años y yo veinticinco. Mi madre me ayudó como pudo, pero nunca dejó de recordarme que la vida sería cuesta arriba. Y lo fue. Trabajé limpiando casas, luego en una panadería del barrio. Cada vez que veía a las madres en el parque con sus maridos, sentía una punzada de envidia y rabia. Pero siempre pensé que todo ese sacrificio serviría para que mi hijo tuviera una vida mejor.

Por eso, cuando me dijo que quería casarse con Lucía, una chica dulce pero marcada por la etiqueta de «madre soltera», sentí que todo mi esfuerzo se desmoronaba. ¿Por qué iba a elegir él ese camino? ¿Por amor? ¿No sabía lo que le esperaba?

—No quiero verte sufrir como yo sufrí —le dije una noche, después de cenar. Él suspiró y me tomó la mano.

—Mamá, Lucía no es papá. Y yo no soy tú. No tienes que protegerme de la vida —me contestó con ternura.

Pero yo no podía evitarlo. Empecé a poner excusas para no ver a Lucía ni a su hija, Marta. Cuando venían a casa, fingía dolores de cabeza o me encerraba en la cocina. Mi hermana Pilar me llamaba exagerada.

—Carmen, deja al chaval vivir su vida. Lucía es buena chica y Marta es un sol —me decía por teléfono.

Pero yo no podía. Sentía que si aceptaba esa relación, estaba aceptando también todo el dolor y las miradas de lástima que había soportado durante años.

El día que Álvaro me anunció que se iban a casar por lo civil en el ayuntamiento de Madrid, apenas pude mirarle a los ojos.

—¿Vas a venir? —me preguntó con voz baja.

—No lo sé —mentí.

La boda fue sencilla. Yo no fui. Me quedé en casa, mirando fotos antiguas de Álvaro cuando era niño. Lloré como hacía años que no lloraba. Pilar vino a verme después y me echó en cara mi actitud.

—Te vas a arrepentir, Carmen. El amor no entiende de etiquetas ni de historias pasadas —me dijo antes de marcharse.

Pasaron los meses y mi relación con Álvaro se enfrió. Apenas venía a verme y cuando lo hacía, notaba la distancia en sus gestos. Una tarde de otoño, recibí una llamada inesperada.

—Carmen, soy Lucía. Álvaro ha tenido un accidente con la moto —su voz temblaba.

El corazón se me paró. Corrí al hospital y allí estaba él, con el brazo escayolado y algunos rasguños. Lucía y Marta estaban a su lado. Cuando entré en la habitación, Marta me miró con esos ojos grandes y sinceros.

—¿Tú eres la abuela Carmen? —me preguntó con una sonrisa tímida.

Sentí una vergüenza profunda. Me acerqué a Álvaro y le acaricié el pelo como cuando era pequeño.

—Lo siento —susurré.

Él me miró y vi en sus ojos todo el dolor que le había causado.

—Mamá, solo quiero que seas parte de mi vida… de nuestra vida —me dijo.

A partir de ese día intenté cambiar. Empecé a conocer a Lucía y a Marta. Descubrí que Lucía era fuerte y generosa; Marta era alegre y cariñosa. Poco a poco fui formando parte de esa nueva familia, aunque nunca pude borrar del todo el daño causado por mi rechazo inicial.

Ahora escribo estas palabras desde la soledad de mi piso en Chamberí. Álvaro y Lucía han formado su propia familia y yo soy una abuela presente, pero siempre siento que algo se rompió entre nosotros por culpa de mis prejuicios y miedos.

A veces me pregunto: ¿cuántas veces dejamos que el pasado nos impida abrazar el futuro? ¿Cuánto daño hacemos por miedo a repetir viejas heridas? Ojalá hubiera entendido antes que el amor no se hereda ni se impone: solo se acepta.