El mensaje que rompió mi posparto: una noche en el hospital de Salamanca

—¿Por qué no está aquí todavía? —me pregunté, mirando el reloj de la pared blanca y fría del hospital Clínico de Salamanca. El dolor del parto aún me recorría el cuerpo, pero lo que más me dolía era la ausencia de Sergio. Había salido a buscar algo de cenar, o eso dijo, hacía ya más de una hora. La pequeña Lucía dormía en la cuna transparente junto a mi cama, ajena al caos que se avecinaba.

El móvil de Sergio vibró sobre la mesilla. No suelo mirar sus cosas, pero necesitaba saber la hora y el mío estaba sin batería. Lo cogí con manos temblorosas, aún torpes por la epidural. En la pantalla apareció un mensaje: “¿Ya ha nacido? ¿Cuándo vas a venir? Te echo de menos. —Marta”.

Sentí un escalofrío. Marta. La misma Marta que siempre decía que era solo una amiga del trabajo. La misma que le mandaba memes a las dos de la mañana y que, según él, tenía novio en Barcelona. ¿Por qué le preguntaba si ya había nacido nuestra hija? ¿Por qué le decía que lo echaba de menos?

No pude evitarlo. Abrí la conversación. Había decenas de mensajes: bromas privadas, fotos, confesiones… Y uno, enviado apenas media hora antes: “Ojalá estuvieras aquí conmigo esta noche. No sabes lo difícil que es verte con ella y fingir que no siento nada”.

Me quedé helada. El corazón me latía tan fuerte que temí despertar a Lucía. Cerré los ojos y respiré hondo, intentando no llorar. No podía permitirme una crisis ahora. No delante de mi hija recién nacida.

En ese momento, la puerta se abrió y Sergio entró con una bolsa de comida rápida y una sonrisa cansada.
—¿Qué tal está mi princesa? —dijo, acercándose a Lucía y dándole un beso en la frente.

Yo lo miré en silencio, apretando el móvil entre las sábanas.
—¿Y tú? —preguntó, notando mi expresión.

—Bien —mentí—. Solo cansada.

Durante unos minutos fingí normalidad mientras él me contaba cómo había tardado porque había mucha cola en el McDonald’s y porque su madre lo había llamado para preguntar por Lucía. Cada palabra suya era como una aguja clavándose en mi piel.

No pude más.
—¿Quién es Marta? —solté de golpe.

Sergio se quedó pálido. Bajó la mirada y se sentó en la silla junto a la cama.
—Ya te lo he dicho mil veces… Es solo una amiga del trabajo.

Le lancé el móvil encima de la mesa.
—He visto los mensajes. No me mientas más.

El silencio se hizo eterno. Solo se oía el pitido lejano de las máquinas del hospital y la respiración suave de Lucía.

—No quería que te enteraras así… —murmuró al fin—. Pero no es lo que piensas.

—¿Ah, no? ¿Entonces qué es? ¿Por qué le dices que la echas de menos mientras yo estoy aquí sola, con tu hija recién nacida?

Las lágrimas empezaron a caerme por las mejillas. Me sentía ridícula, rota y furiosa al mismo tiempo.

Sergio intentó acercarse, pero levanté la mano para detenerlo.
—No quiero verte ahora mismo. Vete.

Él dudó un segundo, pero finalmente recogió sus cosas y salió sin decir palabra. Me quedé sola con Lucía, sintiendo que el mundo se me venía encima.

Las horas siguientes fueron un infierno. Mi madre llegó por la mañana para conocer a su nieta y notó enseguida que algo iba mal.
—¿Qué ha pasado, hija?

No pude ocultarlo más y rompí a llorar en sus brazos.
—Me ha engañado, mamá. Justo hoy… justo cuando más lo necesitaba.

Mi madre me abrazó fuerte y me susurró:
—Ahora tienes que ser fuerte por Lucía. No estás sola.

Pasaron los días y Sergio intentó hablar conmigo varias veces. Me mandaba mensajes pidiéndome perdón, jurando que no había pasado nada físico con Marta, que solo era una tontería emocional porque se sentía perdido con todo lo del embarazo y el miedo a ser padre. Pero yo ya no podía confiar en él.

La familia empezó a opinar: mi hermana Laura decía que lo echara de casa sin contemplaciones; mi padre, más pragmático, sugería que pensara en Lucía antes de tomar decisiones drásticas; mi abuela Carmen rezaba para que todo se arreglara «por el bien de la niña».

Yo solo quería dormir sin despertarme con el corazón encogido. Quería volver a sentirme segura en mi propia casa, en mi propia piel.

Una tarde, mientras paseaba con Lucía por la Plaza Mayor, me encontré con Marta. Iba sola, con gafas de sol enormes y cara de no haber dormido en días. Dudé si acercarme o no, pero ella me vio primero y vino hacia mí.

—Lo siento mucho —me dijo sin rodeos—. No debí meterme donde no me llamaban. Sergio estaba muy perdido y yo también… pero nunca quise hacerte daño.

No supe qué contestar. Solo asentí y seguí caminando, sintiendo una mezcla extraña de alivio y rabia.

Con el tiempo, aprendí a convivir con el dolor y la desconfianza. Decidí darme un tiempo para pensar qué quería hacer con mi vida y con la de Lucía. Sergio seguía insistiendo en volver, prometiendo cambiar, pero yo ya no era la misma mujer ingenua de antes del parto.

A veces me pregunto si hice bien en alejarme o si debería haber luchado más por nuestra familia. Pero cuando veo a Lucía sonreírme cada mañana, sé que tengo que ser fuerte por las dos.

¿De verdad merecemos sacrificar nuestra dignidad por miedo a estar solas? ¿O es mejor empezar de cero aunque duela? ¿Qué haríais vosotras en mi lugar?