El Heredero Desagradecido: Codicia y Venganza en la Familia García
—¿De verdad vas a dejarme aquí, hijo?— La voz de mi padre, Don Manuel, temblaba mientras sostenía mi mano con una fuerza que no le recordaba desde que era niño. El olor a desinfectante y sopa recalentada impregnaba el aire de la residencia San Isidro, en las afueras de Salamanca. Yo aparté la mirada, fingiendo buscar algo en el móvil.
—Papá, es lo mejor para ti. Aquí te cuidarán bien. Además, con tu pensión y la venta del piso de la abuela, no te faltará de nada —mentí, sabiendo que ese dinero ya tenía otro destino: mi nuevo ático en el centro y el coche que siempre había querido.
Mi hermana Lucía no pudo venir. O eso dijo. En realidad, llevaba semanas sin hablarme desde que le propuse vender la casa familiar. «No tienes corazón, Álvaro», me gritó por teléfono. «Papá no es un mueble viejo que puedas dejar en cualquier parte». Pero yo ya había tomado una decisión. Siempre fui el responsable, el que se encargaba de todo cuando mamá murió. ¿No merecía una recompensa?
Esa noche, al volver a casa, abrí una botella de vino caro y brindé por mi futuro. Por fin podría dejar atrás los sacrificios y las deudas. Pero el teléfono sonó antes de que pudiera dar el primer sorbo.
—Álvaro, soy el abuelo Ramón —dijo la voz grave al otro lado—. Quiero verte mañana en mi despacho. Hay asuntos familiares que discutir.
El abuelo Ramón era un hombre duro, forjado en los años del hambre y la posguerra. Siempre decía que la familia era lo único sagrado. Yo sabía que no aprobaba lo que había hecho con mi padre, pero nunca se atrevió a enfrentarse a mí directamente. Hasta ahora.
Al día siguiente, entré en su despacho con el corazón encogido. Las paredes estaban cubiertas de fotos antiguas: bodas, bautizos, comuniones… La historia de los García enmarcada en madera oscura.
—Siéntate —ordenó sin mirarme—. ¿Sabes por qué te he llamado?
—Supongo que por lo de papá —respondí, intentando sonar seguro.
—No solo por eso. He hablado con Lucía. Está destrozada. Y tú… tú solo piensas en el dinero —me acusó con una frialdad que me heló la sangre.
—Abuelo, yo solo quiero lo mejor para todos…
—¡Mentira! —golpeó la mesa con el bastón—. Eres igual que tu tío Ernesto: ambicioso y egoísta. Pero te equivocas si crees que todo te pertenece.
Me lanzó un sobre amarillo. Dentro había una copia del testamento familiar. Mi nombre no figuraba como heredero principal; todo pasaría a Lucía si algo le ocurría a mi padre.
—¿Qué… qué significa esto? —balbuceé.
—Que la familia no es un negocio, Álvaro. Y hasta que no aprendas eso, no tendrás nada.
Salí de allí tambaleándome, sintiendo cómo mi mundo se desmoronaba. Durante días evité llamar a Lucía o visitar a mi padre. Me refugié en fiestas y compras compulsivas, intentando llenar el vacío con lujos efímeros.
Pero la culpa es un veneno lento. Una tarde lluviosa recibí una llamada de la residencia: mi padre había tenido una caída y pedía verme. Dudé en ir, pero algo dentro de mí —quizás la voz de mamá— me empujó a hacerlo.
Cuando llegué, Don Manuel estaba sentado junto a la ventana, mirando cómo las gotas resbalaban por el cristal.
—Sabía que vendrías —susurró sin mirarme—. ¿Recuerdas cuando eras pequeño y te caíste del columpio? Lloraste tanto… pero yo te levanté y te dije: «Los García nunca se rinden».
Me senté a su lado y sentí cómo las lágrimas me quemaban los ojos.
—Lo siento, papá. He sido un imbécil… Pensé que podía controlarlo todo, pero solo he conseguido hacer daño.
Él me tomó la mano con ternura.
—Aún puedes arreglarlo. Habla con tu hermana. Vuelve a casa.
Esa noche llamé a Lucía. Al principio no quiso escucharme, pero insistí hasta que aceptó verme en una cafetería del centro.
—No sé si podré perdonarte —me dijo entre lágrimas—. Nos has traicionado a todos.
—Lo sé —admití—. Pero quiero cambiar las cosas. Papá necesita estar en casa, con nosotros. Y yo… yo necesito recuperar a mi familia más que cualquier herencia.
Lucía me miró largo rato antes de asentir lentamente.
Juntos organizamos el regreso de Don Manuel al piso familiar. El abuelo Ramón vino a visitarnos poco después, llevando consigo una caja llena de cartas y fotos antiguas.
—Esto es lo único que importa —dijo mientras nos abrazaba—: los recuerdos y el amor que compartimos.
El dinero puede comprar muchas cosas, pero nunca podrá sanar un corazón roto ni devolver el tiempo perdido.
Ahora, cada vez que paseo con mi padre por el parque o comparto un café con Lucía en la terraza, siento una paz que nunca conocí cuando solo pensaba en herencias y propiedades.
A veces me pregunto: ¿cuántas familias se rompen por culpa del dinero? ¿Cuántos hijos olvidan lo esencial por perseguir una fortuna efímera? ¿Y tú? ¿Qué elegirías si tuvieras que decidir entre tu familia y tu ambición?