Cinco años después: el eco de una traición
—¿Por qué sigues mirándome así, Lucía? —me preguntó Álvaro, con esa voz cansada que se le ha quedado desde entonces.
No respondí. No podía. Cinco años han pasado desde aquella noche en la que mi mundo se rompió en mil pedazos, pero aún siento el temblor en las manos cada vez que le miro a los ojos. ¿Cómo se aprende a confiar de nuevo cuando la traición te ha calado hasta los huesos?
Recuerdo perfectamente el olor a café frío y el sonido del móvil vibrando sobre la mesa de la cocina. Era una tarde de noviembre, gris y húmeda, como tantas en Madrid. Yo estaba preparando la merienda para nuestros hijos, Marta y Diego, cuando vi el mensaje en la pantalla: “Te echo de menos”. No era mi número. No era mi nombre. El corazón me dio un vuelco tan fuerte que casi dejo caer la taza.
—¿Quién es? —le pregunté esa noche, con la voz temblorosa, mientras los niños dormían al otro lado del pasillo.
Él negó primero. Luego lloró. Luego confesó. Y yo… yo sentí que me arrancaban el alma.
Durante meses, viví en una especie de niebla. Iba al trabajo, recogía a los niños del colegio, ponía lavadoras, cocinaba… pero todo era automático, como si mi cuerpo siguiera adelante mientras mi mente se quedaba anclada en aquel mensaje. Mi madre me decía que pensara en los niños, que no destruyera la familia por un error. Mi hermana, en cambio, me gritaba que le echara de casa, que no merecía ni un minuto más de mi vida.
Pero yo no podía decidir. ¿Cómo se elige entre el dolor y el miedo? ¿Cómo se reconstruye una vida cuando ya no sabes quién eres?
Álvaro intentó todo: cartas, flores, cenas improvisadas, hasta terapia de pareja. Yo asistía a las sesiones como una autómata, escuchando a la psicóloga hablar de “reconstrucción de la confianza”, de “perdón consciente”, de “mirar hacia adelante”. Pero cada vez que él me tocaba el brazo o me sonreía como antes, sentía una punzada en el pecho.
—¿De verdad crees que puedes perdonarme algún día? —me preguntó una noche, con los ojos llenos de lágrimas.
No supe qué responderle entonces. Y cinco años después, sigo sin saberlo.
La vida siguió su curso. Marta empezó el instituto y Diego se apuntó a fútbol. En las reuniones del AMPA fingía ser la madre perfecta, la esposa feliz. Nadie sospechaba nada. En las cenas familiares, mi suegra me miraba con esa mezcla de lástima y reproche que tanto detesto. Mis amigas dejaron de preguntarme cómo estaba; supongo que pensaron que ya lo había superado.
Pero yo no lo he superado. Hay días en los que me despierto y siento que puedo respirar otra vez, que puedo mirar a Álvaro sin recordar su traición. Pero basta un olor, una canción en la radio, una frase suya para que todo vuelva a empezar.
Hace unas semanas, encontré a Marta llorando en su habitación. Me senté a su lado y le pregunté qué le pasaba.
—¿Por qué sigues con papá si no eres feliz? —me soltó de golpe.
Me quedé helada. No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle a mi hija que el miedo a estar sola puede ser más fuerte que el dolor? ¿Cómo contarle que a veces el amor se convierte en costumbre y la costumbre en prisión?
Esa noche hablé con Álvaro. Le dije que necesitaba tiempo, espacio para pensar. Él asintió, resignado.
—Te quiero, Lucía —me dijo—. Pero entiendo si necesitas alejarte.
Me fui a dormir al sofá. Lloré en silencio hasta quedarme dormida.
Desde entonces, he empezado a escribir este diario. No sé si algún día lo leerá alguien más, pero me ayuda a ordenar mis pensamientos. A veces pienso en irme, empezar de cero en otra ciudad, buscar un trabajo lejos de aquí. Otras veces me aferro a los recuerdos felices: los veranos en Asturias, las risas en la playa, los cumpleaños de los niños.
Pero siempre vuelve la misma pregunta: ¿puede el amor sobrevivir a una traición? ¿O solo aprendemos a convivir con las cicatrices?
Hoy he salido a caminar sola por el Retiro. He visto parejas cogidas de la mano y he sentido una punzada de envidia y tristeza. Me he sentado en un banco y he cerrado los ojos, intentando imaginar cómo sería mi vida si tuviera el valor de elegir por mí misma.
¿Y si nunca vuelvo a confiar? ¿Y si me arrepiento toda la vida de no haberme marchado?
Al volver a casa, Álvaro estaba preparando la cena con Diego. Me miró y sonrió tímidamente. Por un momento sentí ternura… pero también miedo.
Quizá algún día encuentre la respuesta. Quizá no.
¿Es posible reconstruir lo que se ha roto? ¿O solo aprendemos a vivir entre los escombros?