Mi marido me pidió que le devolviera todo lo que gastó en nuestra vida juntos
—¿Me puedes firmar esto, Lucía? —me preguntó Sergio, dejando sobre la mesa un sobre blanco con mi nombre escrito en su letra apretada y nerviosa.
Era martes por la noche y la televisión murmuraba de fondo. Yo acababa de llegar del trabajo, agotada tras una jornada interminable en la gestoría. Ni siquiera me había quitado el abrigo cuando vi el sobre. Mi hija, Marta, hacía los deberes en la cocina y mi suegra, Carmen, veía su telenovela en el salón. El ambiente estaba cargado de una tensión sorda, como si todos supieran algo que yo ignoraba.
—¿Qué es esto? —pregunté, intentando mantener la voz firme.
Sergio evitó mirarme a los ojos. Se frotó las manos, nervioso, y suspiró.
—Es solo un acuerdo. Para que quede claro lo que hemos gastado estos años… y lo que me corresponde si… bueno, si las cosas no van bien.
Sentí un frío recorrerme la espalda. Abrí el sobre y vi varias hojas impresas: una lista interminable de gastos, desde la hipoteca hasta la compra semanal en Mercadona, pasando por los regalos de Reyes para Marta y hasta las cenas de aniversario. Todo sumado, con mi nombre al margen.
—¿Me estás pidiendo que te devuelva esto? —susurré, incrédula.
Él asintió, sin levantar la cabeza.
—No es justo que yo haya puesto más dinero todos estos años. Si nos separamos… quiero lo mío.
Me quedé sin palabras. Recordé todas las veces que renuncié a horas extra para cuidar de Marta cuando estaba enferma; los domingos en casa de su madre porque él decía que era importante para la familia; los veranos sin vacaciones porque había que ahorrar para el coche nuevo. ¿Eso no contaba?
—¿Y todo lo que yo he hecho? —mi voz temblaba—. ¿El tiempo? ¿El cuidado? ¿Las noches sin dormir?
Sergio apretó los labios.
—Eso no se puede medir en euros, Lucía.
Me reí, amarga. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. En ese momento entró Carmen al salón, con su andar lento y su mirada inquisitiva.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó, mirando alternativamente a su hijo y a mí.
—Nada, mamá —respondió Sergio rápido—. Cosas nuestras.
Pero Carmen no era tonta. Se acercó a mí y me puso una mano en el hombro.
—¿Te ha hecho daño? —me susurró al oído.
Negué con la cabeza, aunque por dentro sentía que me había roto algo muy profundo.
Esa noche apenas dormí. Escuchaba los pasos de Sergio en el pasillo, su respiración pesada al otro lado de la cama. Pensé en llamar a mi hermana Ana, pero era tarde y no quería preocuparla. Me sentí sola como nunca antes.
Al día siguiente, en la oficina, no podía concentrarme. Mi compañera Pilar notó mi cara desencajada y me llevó a tomar un café al bar de abajo.
—¿Qué te pasa? —insistió.
No pude evitarlo: rompí a llorar delante de ella.
—Sergio me ha pedido que le devuelva todo lo que ha gastado en casa… como si yo fuera una extraña —sollozaba—. Como si todo lo que hemos vivido juntos no valiera nada.
Pilar me abrazó fuerte.
—Eso es muy feo, Lucía. Pero tienes que pensar en ti y en Marta. No puedes dejar que te humille así.
Volví a casa esa tarde con una decisión tomada: hablaría con Ana. Ella siempre había sido mi apoyo, incluso cuando mis padres murieron y nos quedamos solas en Madrid. Quedamos en una cafetería cerca de Sol. Cuando le conté todo, Ana apretó los dientes.
—No le firmes nada —me dijo tajante—. Si quiere cuentas, que las saque él también: ¿cuánto vale tu tiempo? ¿Cuánto vale criar a su hija? ¿Cuánto vale tu salud mental?
Me sentí un poco más fuerte al escucharla. Pero al volver a casa, encontré a Sergio sentado en la mesa del comedor con Marta a su lado. Ella tenía los ojos rojos de llorar.
—¿Por qué os vais a separar? —me preguntó mi hija con voz temblorosa.
Sentí una punzada en el pecho. Miré a Sergio suplicando ayuda, pero él solo bajó la mirada.
—No lo sé, cariño —le dije abrazándola—. A veces los mayores no sabemos entendernos.
Esa noche discutimos hasta las tres de la mañana. Sergio decía que estaba harto de ser siempre el que pagaba más; yo le recordaba todo lo que había sacrificado por la familia. Gritamos tanto que Carmen tuvo que intervenir:
—¡Basta ya! Estáis destrozando a Marta… y a vosotros mismos.
Al día siguiente pedí cita con una abogada. No quería guerra, pero tampoco iba a dejarme pisotear. La abogada me escuchó con atención y me explicó mis derechos: «En España, Lucía, el trabajo doméstico cuenta; la ley reconoce tu esfuerzo».
Por primera vez en semanas sentí un atisbo de esperanza. Empecé a guardar recibos, a anotar todo lo que hacía cada día: desde llevar a Marta al médico hasta limpiar la casa o ayudarla con los deberes. Me di cuenta de cuánto valía mi tiempo… y mi dignidad.
Sergio intentó convencerme varias veces de firmar el acuerdo. Incluso Carmen se puso de mi parte:
—Hijo, esto no es justo para Lucía ni para tu hija. El dinero va y viene; la familia es lo importante.
Pero él estaba cegado por el rencor o el miedo; nunca lo supe del todo.
Finalmente, tras meses de discusiones y lágrimas, decidimos separarnos legalmente. No fue fácil: hubo reproches, silencios largos y miradas llenas de dolor. Pero también hubo alivio: por fin podía respirar sin sentirme juzgada ni menospreciada.
Hoy vivo con Marta en un piso pequeño cerca del Retiro. Trabajo más horas, sí; pero duermo tranquila. A veces veo a Sergio por el barrio: parece más solo que nunca. Carmen viene a vernos los domingos y Ana sigue siendo mi roca.
A veces me pregunto: ¿por qué confundimos el amor con las cuentas pendientes? ¿Cuándo dejamos de ser compañeros para convertirnos en enemigos? ¿Os ha pasado algo parecido alguna vez?