¿Hasta dónde llega el amor propio? Mi batalla con mi suegra durante el embarazo

—¿Otra vez comiendo, Lucía? Así no me extraña que hayas engordado tanto —escuché la voz de Carmen, mi suegra, retumbando en la cocina mientras me llevaba una tostada a la boca. Me quedé paralizada, con la mantequilla a medio untar, sintiendo cómo la vergüenza y la rabia me subían por el pecho. Mi marido, Álvaro, estaba en el salón, fingiendo no oír nada, absorto en el telediario.

No era la primera vez. Desde que supimos que estaba embarazada, Carmen había encontrado mil maneras de recordarme que no era suficiente: ni suficientemente delgada, ni suficientemente organizada, ni suficientemente buena para su hijo. Al principio intenté ignorarlo. Pensaba que eran cosas de madres protectoras, que con el tiempo se suavizaría. Pero cada día era una gota más en un vaso que ya rebosaba.

Recuerdo la primera vez que me sentí realmente sola en esta casa. Fue hace dos meses, cuando Carmen vino a «ayudarme» con los preparativos del bebé. «¿Vas a poner la cuna ahí? No pega nada con las cortinas. Y esa ropa… ¿no tienes miedo de que el niño salga friolero?» Yo asentía, tragando saliva, mientras ella reorganizaba todo a su gusto. Álvaro solo decía: «Déjala, mamá, Lucía sabe lo que hace». Pero su voz era débil, casi inaudible.

Hoy, sin embargo, algo dentro de mí se rompió. Tal vez fue el cansancio, las hormonas o simplemente el hartazgo. Dejé la tostada sobre el plato y me giré hacia ella:

—Carmen, por favor, basta ya. Estoy haciendo lo mejor que puedo y tus comentarios no ayudan en nada.

Ella me miró como si hubiera cometido una herejía. —¿Perdona? Solo intento ayudarte. Si no aceptas consejos es tu problema.

—No son consejos —le respondí con voz temblorosa—. Son críticas constantes. Me hacen sentir mal y no quiero seguir así.

El silencio se hizo espeso. Álvaro apareció en la puerta, con cara de susto. —¿Qué pasa aquí?

—Nada —dijo Carmen, apretando los labios—. Tu mujer está demasiado sensible.

Me sentí diminuta. Las lágrimas amenazaban con salir, pero me negué a llorar delante de ella. Salí al balcón y respiré hondo, mirando el cielo gris de Madrid. ¿Era yo la exagerada? ¿Debería haberme callado?

Esa noche apenas pude dormir. Álvaro se tumbó a mi lado y me acarició el pelo.

—No quiero que estés mal —susurró—. Pero sabes cómo es mi madre…

—¿Y tú? ¿Vas a seguir permitiendo que me trate así?

No respondió. El silencio fue su respuesta.

Al día siguiente Carmen actuó como si nada hubiera pasado. Preparó la comida y puso la mesa para los tres. Durante la comida lanzó otra pulla:

—En mis tiempos no nos quejábamos tanto estando embarazadas. Ahora todo son dramas.

No contesté. Me limité a mirar mi plato y contar hasta diez. Álvaro intentó cambiar de tema hablando del trabajo, pero yo ya no escuchaba.

Por la tarde llamé a mi madre. Le conté todo entre sollozos.

—Hija, tienes derecho a poner límites —me dijo—. No estás sola.

Pero sí me sentía sola. En esta casa, en este barrio donde todos parecen saber cómo debe ser una buena madre y una buena nuera.

La semana siguiente fue un desfile de indirectas y silencios incómodos. Carmen empezó a decirle a las vecinas que yo era «demasiado moderna», que no sabía cuidar de una casa ni de un marido. Una tarde escuché cómo le decía a su amiga Pilar en el portal:

—Esta juventud… todo lo quieren fácil.

Me hervía la sangre, pero fingí no oír nada.

El colmo llegó un sábado por la mañana. Carmen entró en nuestra habitación sin llamar y me encontró llorando sentada en la cama.

—¿Otra vez llorando? Así va a salir el niño, todo llorón.

Me levanté de un salto.

—¡Basta ya! —grité—. No quiero que vuelvas a hablarme así nunca más.

Carmen se quedó helada. Álvaro apareció corriendo.

—¿Qué pasa ahora?

—Tu madre no me respeta —dije entre lágrimas—. O esto cambia o me voy a casa de mis padres hasta que nazca el niño.

Álvaro se quedó pálido. Carmen salió dando un portazo.

Esa noche dormí sola en el sofá del salón. Álvaro no dijo nada durante días. El ambiente era irrespirable.

Finalmente, una tarde se sentó a mi lado y me cogió la mano.

—No quiero perderte —me dijo—. Voy a hablar con mi madre.

No sé qué le dijo exactamente, pero desde entonces Carmen empezó a evitarme. Ya no hacía comentarios directos, pero su frialdad era evidente. La tensión seguía ahí, como una nube negra sobre nuestras cabezas.

El día que nació nuestro hijo, Carmen vino al hospital con flores y una sonrisa forzada.

—Enhorabuena —me dijo—. Espero que seas tan buena madre como dices.

No respondí. Sostuve a mi bebé y sentí una mezcla de orgullo y miedo.

Ahora, meses después, sigo preguntándome si hice lo correcto enfrentándome a ella. ¿Era necesario romper la paz familiar para defender mi dignidad? ¿O debí aguantar por el bien de todos?

A veces me miro al espejo y me pregunto: ¿Hasta dónde debemos ceder por mantener la armonía? ¿Y cuándo es el momento de decir basta?