El silencio de los domingos: La historia de Mateo
—No, Mateo, este fin de semana no podemos. Lo siento, de verdad. —La voz de mi madre al teléfono era tan fría como el mármol de la tumba de Clara. Ni siquiera intentaba disimularlo ya.
Colgué sin decir nada más. Lucas, mi hijo, me miraba desde el sofá con esos ojos grandes y oscuros que había heredado de su madre. Tenía siete años y llevaba meses preguntando por qué nunca íbamos a casa de los abuelos, por qué nadie venía a buscarle para pasar el sábado en el parque o para comer paella los domingos. Yo no sabía cómo explicarle que, desde que Clara murió, todo se había roto.
Recuerdo el día del funeral como si fuera ayer. Mi suegra, Carmen, me abrazó fuerte, pero supe en ese instante que algo se había quebrado entre nosotros. Mi padre, Antonio, apenas me miró a los ojos. Todos lloraban por Clara, pero nadie parecía pensar en Lucas y en mí. Nos quedamos solos en medio de la multitud.
Antes, todo era diferente. Clara y yo éramos inseparables. Nos conocimos en la universidad de Salamanca; ella estudiaba Filología y yo Derecho. Nos casamos jóvenes y tras años de intentos fallidos, nació Lucas. Fue un milagro para nosotros, el niño más deseado del mundo. Nuestros padres lo adoraban: cada Navidad era una competición para ver quién le compraba el mejor regalo, cada verano una pelea por llevárselo al pueblo.
Pero la enfermedad de Clara lo cambió todo. El cáncer llegó como un ladrón en la noche y nos robó la alegría poco a poco. Durante meses, viví entre hospitales y farmacias, mientras mis padres y suegros discutían sobre tratamientos y cuidados. Todos querían tener razón, pero nadie escuchaba realmente a Clara ni a mí.
—Mateo, tienes que ser fuerte por Lucas —me repetía mi madre—. Pero no puedes dejar que Carmen meta tanto las narices en vuestra casa.
—Mateo, tu madre siempre ha sido una entrometida —decía Carmen—. Si no fuera por ella, Clara estaría mejor atendida.
Yo solo quería paz. Pero la paz nunca llegó.
Cuando Clara murió, las discusiones se convirtieron en silencios incómodos. Nadie quería hablar del dolor ni del vacío que había dejado. Mis padres dejaron de venir a casa; mis suegros solo llamaban para preguntar por Lucas, pero nunca para ofrecerse a ayudar realmente.
Un día, después del colegio, Lucas me preguntó:
—Papá, ¿por qué la abuela Carmen no viene a verme? ¿He hecho algo malo?
Sentí un nudo en la garganta. ¿Cómo explicarle que los adultos también se equivocan? ¿Que a veces el dolor nos hace egoístas?
Intenté acercarme a mis padres varias veces. Les propuse que Lucas pasara un fin de semana con ellos en Madrid, como antes. Siempre tenían una excusa: que si estaban cansados, que si tenían médicos o que si el piso estaba en obras. Lo mismo con Carmen y Julián, mis suegros: nunca había un buen momento para recibirnos en su casa de Ávila.
Empecé a notar cómo Lucas se volvía más callado. Ya no hablaba tanto en clase; su profesora me llamó preocupada:
—Mateo, Lucas está triste. Dice que echa de menos a su familia.
Me sentí culpable. ¿Había hecho algo mal? ¿Era yo el motivo por el que nadie quería vernos? Empecé a repasar cada conversación, cada discusión durante la enfermedad de Clara. Quizá fui demasiado duro con mis padres cuando se empeñaron en decidir por nosotros; tal vez Carmen nunca me perdonó que no aceptara su ayuda económica.
Una tarde de otoño, después de recoger a Lucas del colegio, me atreví a llamar a mi padre.
—Papá, Lucas quiere verte. Solo eso —le dije sin rodeos.
Hubo un silencio largo al otro lado.
—Mateo… No sé si es buena idea ahora mismo. Tu madre no está bien y…
—¿Y qué pasa conmigo? ¿Y con tu nieto? —le interrumpí—. ¿Vais a esperar a que crezca sin vosotros?
Colgó sin responderme.
Esa noche lloré solo en la cocina mientras Lucas dormía. Me sentí más solo que nunca.
Los meses pasaron y nada cambió. Los domingos eran los peores: veía a las familias paseando por El Retiro o comiendo juntas en las terrazas mientras Lucas y yo compartíamos un bocadillo en un banco cualquiera.
Un día recibí una carta de Carmen. Decía que le dolía mucho todo lo que había pasado, pero que no podía soportar vernos porque le recordábamos demasiado a Clara. Que necesitaba tiempo para sanar.
Me enfadé al principio, pero luego entendí su dolor. Todos estábamos rotos por dentro y nadie sabía cómo recomponerse.
Lucas creció rápido; aprendió a vivir con la ausencia de sus abuelos y yo aprendí a ser padre y madre al mismo tiempo. Pero nunca dejé de preguntarme si algún día podríamos volver a ser una familia.
Hoy Lucas tiene trece años y sigue preguntando por sus abuelos de vez en cuando. Yo sigo sin poder hablar de Clara sin que se me quiebre la voz.
A veces me pregunto: ¿Por qué dejamos que el orgullo y el dolor nos separen tanto? ¿Cuántas familias españolas viven así, rotas por dentro pero aparentando normalidad? ¿Y si mañana ya es tarde para pedir perdón?