El último mensaje de Sergio

—¡Mamá, no llegues tarde otra vez! —me gritó Sergio desde la puerta mientras yo buscaba las llaves entre el caos de mi bolso.

—Sergio, cariño, hoy me toca el turno de noche. Te dejo la cena hecha y no te acuestes tarde, ¿vale?—le respondí, forzando una sonrisa mientras sentía el peso de la culpa por no poder estar más tiempo con él.

No sabía que esas serían nuestras últimas palabras cara a cara.

Esa noche, el hospital estaba más lleno que nunca. Entre pacientes, gritos y el olor a desinfectante, apenas tuve tiempo de mirar el móvil. Cuando por fin salí, a las dos y media de la madrugada, la ciudad dormía bajo una lluvia fina y persistente. Subí al coche y puse la radio para no sentirme tan sola. El trayecto a casa era siempre igual: la carretera nacional, los campos oscuros y la sensación de que todo podía cambiar en un segundo.

Al acercarme al kilómetro 18, vi las luces azules de la Guardia Civil y una fila de coches parados. Un agente me hizo señas para que redujera la velocidad.

—¿Qué ha pasado? —pregunté bajando la ventanilla.

—Accidente grave. Circule con precaución y no se detenga —me respondió con voz cansada.

Obedecí. Miré por el retrovisor y vi una ambulancia, un coche destrozado y una bicicleta tirada en la cuneta. Sentí un escalofrío, pero seguí adelante. Pensé en Sergio, en cómo le gustaba salir con sus amigos en bici por esa misma carretera. Pero era tarde… él tenía que estar en casa.

Apenas crucé la puerta de casa, el móvil vibró. Era un número desconocido. Contesté con el corazón encogido.

—¿Señora Martín? Soy el doctor Ramiro del Hospital General. Su hijo Sergio ha sufrido un accidente…

El mundo se detuvo. No recuerdo cómo llegué al hospital. Solo recuerdo correr por los pasillos, gritar su nombre y ver a mi exmarido, Luis, con los ojos rojos y las manos temblorosas.

—¿Por qué estaba fuera? ¡Te dije que no le dejaras salir! —le grité sin poder contenerme.

—No lo sabía… Pensé que estaba en su cuarto —balbuceó Luis, derrotado.

Entré en la UCI y vi a Sergio conectado a máquinas, tan pequeño bajo las sábanas blancas. Su cara estaba llena de rasguños y su pierna derecha envuelta en vendas ensangrentadas. Me senté a su lado y le cogí la mano fría.

—Mamá está aquí, mi vida… No te vayas —susurré entre lágrimas.

Las horas pasaron lentas. Los médicos iban y venían con palabras técnicas que no quería escuchar: traumatismo craneoencefálico, hemorragia interna, pronóstico reservado. Yo solo quería que abriera los ojos y me dijera que todo era una pesadilla.

En la sala de espera, mi madre llegó con mi hermana Lucía. Nos abrazamos fuerte, llorando juntas como cuando éramos niñas y teníamos miedo a la oscuridad.

—¿Por qué le dejaste salir tan tarde? —me reprochó Lucía con voz rota.

—No lo sabía… Yo solo quería darle un poco de libertad —me defendí, sintiendo cómo la culpa me ahogaba.

Luis se sentó a mi lado y rompió el silencio:

—Sergio me mandó un mensaje antes de salir: “Papá, voy a casa de Marcos a estudiar para el examen”. Yo pensé que era responsable…

—¡Era un niño! —grité— ¡Nuestro niño!

La noche se hizo eterna. En algún momento me quedé dormida en una silla incómoda. Soñé con Sergio pequeño, corriendo por el parque del Retiro con su bici nueva, riendo a carcajadas mientras yo le perseguía.

A las seis de la mañana, el doctor Ramiro apareció con cara grave.

—Lo siento mucho… Hemos hecho todo lo posible.

Sentí que me arrancaban el alma. Luis cayó de rodillas al suelo. Mi madre se tapó la boca para no gritar. Yo solo pude mirar al techo blanco y preguntarme en qué momento perdí a mi hijo.

Los días siguientes fueron un borrón de visitas, llamadas y pésames. El colegio organizó una misa en su honor; sus amigos dejaron flores y cartas junto a su pupitre vacío. Yo no podía entrar en su habitación sin romperme en mil pedazos: su sudadera favorita sobre la silla, los libros abiertos sobre la mesa, el casco de bici colgado en la pared.

Una tarde encontré su móvil entre las sábanas. Dudé antes de encenderlo. Había mensajes sin leer: “¿Llegaste bien?”, “Te esperamos en casa”, “No tardes mucho”. El último era mío: “Te quiero”. Nunca lo leyó.

Luis y yo nos culpábamos mutuamente por todo: por trabajar demasiado, por confiar demasiado, por no haber estado allí cuando más nos necesitaba. La familia se fracturó; cada uno buscaba consuelo donde podía. Mi madre rezaba; Lucía organizaba todo para que yo no tuviera que pensar; yo solo lloraba y miraba fotos antiguas intentando recordar su voz.

El pueblo entero hablaba del accidente: que si los jóvenes van demasiado rápido en bici, que si los conductores no respetan los límites, que si los padres deberíamos controlar más a nuestros hijos. Nadie sabía lo que era perderlo todo en un segundo.

Hoy han pasado tres meses. Sigo pasando cada día por ese kilómetro maldito cuando vuelvo del hospital. A veces paro el coche y bajo a mirar las flores marchitas junto a la cuneta. Me pregunto si podría haber hecho algo diferente; si debería haberle prohibido salir; si debería haberme saltado ese turno para estar con él.

A veces sueño que Sergio entra por la puerta gritando: “¡Mamá! ¿Qué hay de cenar?”. Y entonces despierto sola, con el eco de su voz flotando en el silencio.

¿De verdad podemos proteger siempre a quienes amamos? ¿O solo nos queda aprender a vivir con el dolor de lo inevitable?