El día que dejé a mi madre en la residencia: ¿Podré perdonarme algún día?

—No me dejes aquí, hijo. Por favor, no lo hagas—. La voz de mi madre, Carmen, temblaba mientras apretaba mi mano con una fuerza que no recordaba en sus últimos años. Sus ojos, grandes y oscuros como los de una niña asustada, me miraban suplicantes desde la silla de ruedas. Yo sentía el corazón encogido, como si alguien lo estuviera exprimiendo con rabia. Afuera llovía, y las gotas golpeaban los cristales del vestíbulo de la residencia con un ritmo que parecía marcar el final de una era.

No sé cómo llegué a ese punto. Supongo que todo empezó cuando papá murió hace tres años. Mi hermana Lucía y yo nos repartimos las visitas y los cuidados, pero pronto la vida —el trabajo, los hijos, las facturas— empezó a comerse nuestro tiempo y nuestra paciencia. Mamá se volvió cada vez más dependiente: primero fueron las caídas, luego los olvidos, después las noches en vela porque confundía el día con la noche y se levantaba a buscar a papá por la casa.

—No puedo más, Diego —me dijo Lucía una tarde, con los ojos rojos y la voz rota—. No puedo dejar a los niños solos ni pedirle más días al jefe. Y tú tampoco puedes seguir así. Mamá necesita cuidados que nosotros no podemos darle.

Yo asentí en silencio. Tenía razón. Pero saberlo no hacía menos dolorosa la decisión. Durante semanas busqué alternativas: cuidadoras a domicilio, centros de día, incluso intenté convencerme de que podríamos turnarnos mejor. Pero cada vez que veía a mamá desorientada, cada vez que la encontraba llorando en el pasillo porque no recordaba dónde estaba el baño, sentía que la estaba perdiendo poco a poco.

El día que la llevé a la residencia fue un miércoles gris de noviembre. Recuerdo el olor a lejía y café recalentado en el aire, las paredes llenas de fotos de otros ancianos sonrientes y los pasillos demasiado limpios. La directora, Mercedes, intentó tranquilizarnos:

—Aquí estará bien atendida, Diego. Podéis venir cuando queráis. Tenemos actividades todos los días y personal especializado.

Pero nada de eso importaba cuando vi la expresión de mamá al darse cuenta de que no volvería a casa. Me abrazó tan fuerte que casi me rompió el alma.

—¿Por qué me haces esto? —susurró.

No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle que no podía más? ¿Cómo decirle que el amor no siempre basta?

Esa noche no dormí. Me levanté varias veces para mirar su foto en la mesilla y recordar su voz cantando nanas cuando era pequeño. Me sentí un traidor. Al día siguiente, Lucía me llamó:

—¿Has dormido algo?

—Nada —le contesté—. ¿Y tú?

—Tampoco. Los niños preguntan por la abuela.

Durante semanas fui a verla cada dos días. Al principio me recibía con reproches:

—¿Por qué no me llevas a casa? Aquí nadie me conoce. No quiero estar rodeada de viejos.

Yo intentaba animarla:

—Mamá, aquí tienes compañía, médicos… En casa estarías sola muchas horas.

Pero ella solo lloraba o se quedaba mirando por la ventana. A veces me sentaba en el coche después de visitarla y gritaba hasta quedarme sin voz. Otras veces simplemente lloraba en silencio mientras veía cómo las familias paseaban por el parque con sus mayores cogidos del brazo.

En Navidad intentamos llevarla a casa unas horas. Fue un desastre: se puso nerviosa, rompió una taza y gritó que quería volver a ver a papá. Lucía y yo nos miramos sin saber qué hacer.

—Quizá es mejor así —dijo ella al dejarla de nuevo en la residencia—. No podemos cuidarla como necesita.

Pero yo seguía sintiéndome un cobarde.

Un día encontré a mamá más tranquila. Una auxiliar llamada Rosario le leía poemas y ella sonreía débilmente. Me acerqué y Rosario me dijo:

—Carmen tiene días malos y otros mejores. Lo importante es que sepa que no está sola.

Me sentí agradecido pero también celoso: otra persona ocupaba mi lugar en su corazón.

El tiempo pasó y aprendí a vivir con la culpa como quien aprende a caminar con una piedra en el zapato: nunca desaparece del todo, pero te acostumbras al dolor. A veces sueño con mamá joven, riendo en la playa de Benidorm cuando íbamos todos juntos de vacaciones; otras veces sueño con su mirada triste el día que cerré la puerta de la residencia tras de mí.

Hoy he ido a verla otra vez. Me ha reconocido y me ha sonreído un instante antes de perderse en sus recuerdos confusos. Le he cogido la mano y le he contado historias del pasado, aunque no sé si me escucha realmente.

Al salir he visto a otras familias en el vestíbulo: algunos discuten entre ellos sobre quién debe venir más veces; otros lloran en silencio; otros miran el móvil para distraerse del dolor. Todos compartimos esa herida invisible.

Me pregunto si algún día podré perdonarme por haber dejado a mi madre aquí. ¿Hice lo correcto o simplemente busqué una salida fácil? ¿Cuántos hijos en España viven este mismo dilema cada día?

¿Y vosotros? ¿Creéis que uno puede perdonarse alguna vez por tomar una decisión así?