Entre flores y silencios: la historia de Lucía en el barrio de Chamberí
—¿Otra vez flores, Lucía? ¿Y ahora qué excusa tienes?— La voz de Sergio retumbó en el pasillo, tan fría como el mármol de la entrada. Yo sostenía el ramo de lirios blancos, aún envuelto en papel celofán, y sentí que el corazón se me encogía. No era la primera vez. Desde hacía semanas, cada martes y jueves, alguien dejaba flores o una caja de bombones en la alfombrilla de nuestra puerta. Siempre con una nota sencilla: «Para alegrarte el día».
Al principio pensé que era una broma. Quizá alguna vecina mayor, como doña Carmen del tercero, que siempre me decía que le recordaba a su hija. Pero pronto descubrí la verdad: era Marcos, el vecino del ático. Un hombre amable, divorciado, con una sonrisa tímida y una mirada que parecía buscar algo más que amistad. Lo supe porque un día, al abrir la puerta, lo encontré allí, con las manos llenas de margaritas y los ojos llenos de esperanza.
—No quiero incomodarte, Lucía —me dijo en voz baja—. Solo pensé que te gustaría. No tienes por qué aceptarlas si no quieres.
Me quedé paralizada. No supe qué decirle. Sentí vergüenza, rabia y una pizca de miedo. ¿Qué pensaría Sergio si se enteraba? ¿Y si ya lo sospechaba? Desde hacía meses, nuestro matrimonio era una cuerda tensa a punto de romperse. Las discusiones eran cada vez más frecuentes: por el dinero, por el trabajo, por la falta de tiempo juntos. Y ahora esto.
Esa noche, Sergio llegó tarde del trabajo. Yo había dejado las flores en el cubo de basura, pero el olor persistía en el aire. Cuando entró en la cocina y vio la caja de bombones sobre la mesa, supe que no había escapatoria.
—¿De verdad crees que soy idiota? —me espetó—. ¿Quién te manda esto? ¿Te hace gracia verme así?
Intenté explicarle que no tenía nada que ver conmigo, que yo no había hecho nada para animar a Marcos. Pero Sergio no escuchaba. Sus celos eran como un muro imposible de escalar.
—¡Pues ve con él si tanto te gusta! —gritó antes de salir dando un portazo.
Me quedé sola, temblando, con las lágrimas resbalando por mis mejillas. ¿Cómo habíamos llegado hasta aquí? Recordé los primeros años juntos, cuando paseábamos por el Retiro cogidos de la mano y soñábamos con tener una familia. Ahora solo quedaban reproches y silencios incómodos.
Al día siguiente, bajé al portal y me encontré con Marcos junto a los buzones.
—Lucía, lo siento mucho —me dijo—. No quería causarte problemas.
—Por favor, Marcos —le susurré—. No puedo aceptar más regalos. Mi marido está… muy enfadado.
Él asintió, avergonzado. Me miró con una mezcla de tristeza y resignación.
—Solo quería ser amable. Pero entiendo… No volverá a pasar.
Subí las escaleras sintiéndome culpable por algo que no había buscado. Pero los días siguientes no mejoraron las cosas en casa. Sergio apenas me hablaba. Dormíamos espalda contra espalda y evitábamos mirarnos a los ojos.
Una tarde, mientras preparaba la cena, escuché a Sergio hablando por teléfono en el salón.
—No puedo más, mamá —decía—. Lucía ya no es la misma. Hay algo raro con ese vecino… Sí, el del ático.
Sentí una punzada en el pecho. ¿Ahora también involucraba a su madre? La señora Pilar nunca me había aceptado del todo; siempre decía que yo «no era suficiente» para su hijo.
Esa noche hubo otra discusión. Sergio me acusó de buscar atención fuera del matrimonio, de no valorar lo que teníamos.
—¿Por qué no puedes ser como antes? —me preguntó con los ojos llenos de rabia y tristeza—. ¿Por qué tienes que provocar a ese hombre?
No supe qué responderle. Yo tampoco era la misma de antes; la rutina y los problemas nos habían cambiado a los dos.
Pasaron los días y los regalos cesaron, pero la desconfianza quedó flotando en el aire como un perfume amargo. Intenté hablar con Sergio, sugerirle ir a terapia de pareja o pasar más tiempo juntos, pero él se encerró aún más en sí mismo.
Una tarde lluviosa de noviembre, recibí una carta anónima en el buzón: «No te mereces lo que tienes». Reconocí la letra temblorosa de doña Pilar. Me sentí humillada y sola; ni siquiera podía contar con mi propia familia política.
El barrio seguía su curso: los niños jugando en la plaza de Olavide, las vecinas cotilleando en la panadería, los abuelos paseando bajo los plátanos del bulevar. Pero yo me sentía invisible, atrapada entre las paredes de un piso donde ya no quedaba amor.
Una noche decidí salir a caminar sola por Madrid. Crucé la Gran Vía bajo las luces de neón y me senté en un banco frente al Palacio de Cibeles. Lloré hasta quedarme sin fuerzas.
Al volver a casa encontré a Sergio dormido en el sofá, abrazado a una almohada como si fuera un salvavidas. Me acerqué despacio y le acaricié el pelo.
—¿En qué momento dejamos de ser nosotros? —susurré sin esperar respuesta.
Hoy escribo estas líneas sin saber qué pasará mañana. ¿Podremos reconstruir lo que se ha roto? ¿O es mejor aceptar que hay heridas que nunca sanan?
¿Vosotros qué haríais? ¿Hasta dónde se puede perdonar cuando la confianza se ha perdido?