El Último Invierno de Carmen

—¿Pero cómo se te ocurre, mamá? —La voz de Lucía retumbó en el salón, rebotando entre las paredes cubiertas de fotos antiguas y recuerdos polvorientos—. ¿A tu edad? ¿En serio?

Me quedé quieta, con las manos temblorosas sobre el respaldo del sillón. El reloj de pared marcaba las seis y cuarto, y fuera caía una lluvia fina que empañaba los cristales. Mi nieto Pablo, con apenas diecisiete años, me miraba con una mezcla de curiosidad y vergüenza. Mi hijo mayor, Antonio, apretaba los labios, incapaz de mirarme a los ojos.

—No entiendo por qué os sorprende tanto —dije al fin, intentando que mi voz no se quebrara—. ¿Acaso creéis que porque tengo setenta y ocho años ya no puedo sentir?

Lucía bufó y se cruzó de brazos. —No es eso, mamá. Pero… ¿qué dirá la gente? ¿Qué va a pensar la familia? ¿Y si solo te quiere por tu pensión?

Sentí un nudo en la garganta. Recordé a Manuel, mi marido durante cincuenta años, su risa contagiosa y su manera de acariciarme el pelo cuando creía que nadie miraba. Hacía ya ocho años que se había ido, y desde entonces la casa se había llenado de un silencio espeso. Hasta que conocí a Ramón.

Ramón tenía ochenta y dos años y una mirada azul que parecía atravesar las nubes más grises. Nos conocimos en el centro de mayores del barrio, jugando al dominó. Al principio solo compartíamos partidas y cafés, pero poco a poco nuestras conversaciones se hicieron más largas, más profundas. Hablábamos de nuestros miedos, de las ausencias, de los sueños que aún nos quedaban por cumplir.

—¿Y si me equivoco? —me pregunté en voz alta aquella tarde—. ¿Y si esto no es amor, sino solo miedo a la soledad?

Antonio suspiró y se sentó a mi lado. —Mamá… Solo queremos protegerte. No queremos verte sufrir otra vez.

—¿Y si no me protegéis, sino que me encerráis? —respondí, sintiendo cómo las lágrimas me ardían en los ojos—. ¿No os dais cuenta de que llevo años sobreviviendo, pero no viviendo?

El silencio cayó como una losa. Pablo se levantó y me abrazó por detrás, apoyando la barbilla en mi hombro.

—Abuela, si te hace feliz… yo quiero conocerle.

Sonreí entre lágrimas. Lucía se secó los ojos disimuladamente y Antonio asintió con resignación.

Esa noche apenas dormí. Me debatía entre la culpa y la esperanza. Recordaba las tardes paseando con Ramón por la Plaza Mayor, las risas compartidas en el mercado, el temblor de su mano al rozar la mía. ¿Era posible volver a enamorarse después de toda una vida? ¿O era solo un espejismo?

La noticia corrió como la pólvora entre mis hermanas y vecinas. En el supermercado, notaba las miradas furtivas y los susurros a mi paso.

—¿Has visto a Carmen? Dicen que tiene novio… ¡A su edad!

Una mañana recibí la visita de mi hermana pequeña, Rosario.

—Carmen —me dijo mientras removía el café—. Yo solo quiero verte feliz. Pero ten cuidado. La gente es mala.

—La gente siempre ha hablado —le respondí—. Cuando me casé con Manuel dijeron que era demasiado joven. Cuando tuve a Antonio dijeron que era demasiado pronto. Ahora dicen que soy demasiado vieja para amar…

Rosario sonrió con tristeza y me apretó la mano.

El día que presenté a Ramón a mi familia fue un torbellino de emociones. Lucía le miraba con recelo; Antonio apenas le dirigió la palabra; pero Pablo le hizo preguntas sobre su infancia en Zamora y acabaron riendo juntos.

Después de la comida, Ramón me susurró al oído:

—No te preocupes, Carmen. Yo también tengo miedo. Pero contigo siento que aún me queda vida por delante.

Aquella noche decidimos casarnos. No por papeles ni por dinero; sino para gritarle al mundo que aún éramos capaces de amar.

La boda fue sencilla: una ceremonia civil en el ayuntamiento, rodeados solo por mis hijos, Pablo y Rosario. Lucía lloró durante todo el acto; Antonio me abrazó fuerte al salir; Pablo nos lanzó arroz con una sonrisa enorme.

Al volver a casa, encontré una carta bajo la puerta: “Carmen, nunca es tarde para ser feliz. Gracias por enseñarnos que el amor no tiene edad.” No supe quién la escribió, pero la guardo como un tesoro.

Hoy escribo estas líneas sentada junto a Ramón, viendo caer la lluvia sobre Salamanca. A veces pienso en todo lo que tuve que enfrentar para llegar hasta aquí: prejuicios, soledad, miedo al qué dirán… Pero también pienso en todo lo que he ganado: una nueva familia, una nueva ilusión.

¿De verdad hay una edad para dejar de amar? ¿O somos nosotros quienes nos ponemos límites por miedo al qué dirán?