La Última Carta de Lucía

—¿Por qué siempre tienes que ser tú la que decide todo, Elena? —grité, con la voz rota por el cansancio y la rabia, mientras la lluvia golpeaba los cristales de la cocina.

Mi hermana me miró desde el otro lado de la mesa, con los ojos enrojecidos y las manos temblorosas. El olor a café frío y humedad llenaba el aire. Afuera, el viento azotaba los viejos muros de la casa de nuestra madre, esa casa que ahora era el epicentro de nuestra guerra silenciosa.

—No lo entiendes, Lucía. Yo me quedé aquí cuando tú te fuiste a Madrid. Yo cuidé de mamá hasta el final —susurró Elena, casi sin voz.

Sentí un nudo en el estómago. Tenía razón. Yo había huido del pueblo en cuanto pude, buscando aire, futuro, cualquier cosa que no oliera a resignación. Pero ahora estaba aquí, sentada frente a ella, discutiendo sobre quién tenía derecho a decidir el destino de la casa donde crecimos.

Todo empezó esa misma tarde, cuando encontré la carta. Estaba escondida entre las páginas de un libro de poemas de Machado, uno de los favoritos de mamá. La caligrafía temblorosa me hizo temblar a mí también:

«Queridas hijas,

Si estáis leyendo esto, es que ya no estoy. No quiero que esta casa os separe. Aquí está todo lo que fui y lo que soñé para vosotras. No dejéis que el pasado os robe el futuro. Perdonadme por lo que no supe daros. Os quiero.

Mamá»

Me quedé helada. ¿Perdonarla? ¿Por qué? ¿Por las veces que gritó en silencio? ¿Por las tardes enteras en las que no supo abrazarnos porque el dolor le podía más? Miré a Elena y sentí una punzada de compasión y rabia al mismo tiempo.

—¿La has leído? —le pregunté, extendiéndole la carta.

Elena negó con la cabeza. Sus ojos se llenaron de lágrimas al leerla. Por un momento, el tiempo pareció detenerse. Solo éramos dos niñas asustadas, buscando una señal de amor en medio del naufragio.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó ella, con voz quebrada.

No supe qué responderle. La casa estaba llena de fantasmas: las discusiones por dinero cuando papá se fue, los silencios eternos en la mesa, las risas ahogadas en el patio trasero cuando creíamos que nadie nos veía. Y ahora, la amenaza del banco: si no pagábamos la deuda antes del mes siguiente, perderíamos todo.

—Podríamos venderla —sugerí, casi en un susurro.

Elena se levantó bruscamente. La silla chirrió sobre el suelo de baldosas.

—¡Eso es lo único que te importa! ¡Irte otra vez! —me gritó.

—No es eso… —intenté explicarme—. Es que no podemos con esto solas. No tenemos dinero, Elena. Yo apenas llego a fin de mes en Madrid y tú…

—¿Y yo qué? ¿Que trabajo en la farmacia del pueblo y gano una miseria? ¡Al menos estoy aquí! ¡Al menos no huyo!

Me mordí el labio para no llorar. Recordé a mamá sentada junto a la ventana, mirando el campo dorado al atardecer. Siempre decía que algún día todo sería más fácil. Pero nunca lo fue.

Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama vieja de mi infancia, escuchando los truenos y pensando en todo lo que habíamos perdido: a mamá, a papá, a nosotras mismas.

Por la mañana, bajé a la cocina y encontré a Elena preparando café. No hablamos mucho. El silencio era espeso como la niebla del río en invierno.

A media mañana llegó don Manuel, el notario del pueblo. Traía papeles para firmar y una mirada compasiva.

—Vuestras madre dejó claro que quería que vosotras decidierais juntas —dijo con voz grave—. Pero si no llegáis a un acuerdo…

Elena y yo nos miramos. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que estábamos en el mismo bando: dos náufragas aferradas al último tablón.

—¿Y si intentamos alquilarla este verano? —propuse—. Podríamos arreglarla un poco y ver si conseguimos algo de dinero para pagar la deuda.

Elena dudó unos segundos y luego asintió.

—Pero solo si tú te quedas conmigo hasta entonces —dijo—. No quiero hacerlo sola.

Me temblaron las manos al aceptar. Sabía que sería difícil: volver a convivir, enfrentarnos a los recuerdos y a los vecinos curiosos, trabajar juntas como cuando éramos niñas recogiendo almendras en septiembre.

Durante semanas limpiamos juntas cada rincón: quitamos telarañas del desván, pintamos las paredes desconchadas, plantamos geranios en las ventanas como hacía mamá. Entre risas nerviosas y discusiones tontas, algo empezó a cambiar entre nosotras.

Una tarde, mientras colgábamos sábanas al sol, Elena me confesó algo que nunca imaginé:

—Mamá me contó antes de morir que siempre tuvo miedo de perderte —susurró—. Que te veía tan fuerte… pero también tan sola.

Me quedé sin palabras. Siempre pensé que era yo la que tenía miedo de quedarme sola aquí, atrapada en este pueblo donde todos saben tu nombre pero nadie conoce tu historia.

El verano llegó y con él los primeros inquilinos: una pareja mayor de Salamanca que buscaba tranquilidad lejos del bullicio. Verlos disfrutar del jardín donde jugábamos de niñas me hizo entender algo: quizá mamá tenía razón al pedirnos perdón y pedirnos que nos perdonáramos nosotras también.

Elena y yo seguimos discutiendo a veces —es imposible no hacerlo cuando hay tanto dolor acumulado— pero ahora sabemos escucharnos. La casa sigue en pie, como nosotras, resistiendo las tormentas.

A veces me pregunto si algún día podré volver a Madrid sin sentirme culpable o si Elena podrá irse sin miedo a perderlo todo. Pero por primera vez en mucho tiempo siento esperanza.

¿Es posible reconstruir lo que una vez se rompió? ¿O hay heridas familiares que nunca terminan de cerrarse?