¿Quién soy yo cuando todo lo que sé desaparece?

—¿Por qué tienes esa cara, Felipe? —me preguntó mi madre mientras cenábamos tortilla de patatas y el telediario murmuraba de fondo.

No podía responder. Tenía el móvil bajo la mesa, la pantalla aún iluminada con la búsqueda que lo había cambiado todo: «Felipe Martín García». No era el único. Había otro Felipe Martín García, nacido el mismo día que yo, en el mismo hospital de Chamberí. Pero ese Felipe… no era yo. O eso creía.

Mi corazón latía tan fuerte que apenas escuchaba la voz de mi madre. Mi padre, como siempre, callado, cortando la tortilla en trozos perfectos. Yo no podía dejar de mirarles, preguntándome si de verdad eran mis padres. ¿Cómo se pregunta algo así? ¿Cómo se enfrenta uno a la sospecha de que toda su vida es una mentira?

Esa noche no dormí. Me levanté varias veces, abrí el cajón donde mi madre guardaba los papeles importantes y busqué mi partida de nacimiento. Allí estaba: «Felipe Martín García, hijo de Carmen García López y Antonio Martín Ruiz». Todo parecía normal. Pero algo no encajaba. El hospital, la fecha… y ese otro Felipe en internet, con una historia parecida a la mía.

A la mañana siguiente, mientras desayunábamos churros con chocolate, solté la pregunta como quien lanza una piedra al agua:

—Mamá, ¿alguna vez has tenido que ocultarme algo importante?

Mi madre dejó la taza temblando sobre el plato. Mi padre levantó la vista del periódico por primera vez en años.

—¿A qué viene eso ahora, hijo? —preguntó él, con voz grave.

—Nada, es solo curiosidad —mentí.

Pero ya no podía parar. Durante días, investigué todo lo que pude sobre ese otro Felipe. Fotos antiguas en foros de antiguos alumnos, comentarios en redes sociales… Hasta que encontré una imagen: dos bebés idénticos en brazos de una enfermera del Hospital Clínico San Carlos. La fecha: 14 de marzo de 1997. Mi cumpleaños.

El miedo me paralizó. ¿Y si tenía un hermano gemelo? ¿Y si me habían separado de él al nacer? ¿Y si ni siquiera era hijo de mis padres?

No podía seguir viviendo con esa duda. Una tarde lluviosa, enfrenté a mi madre en la cocina:

—Mamá, necesito saber la verdad. ¿Soy adoptado? ¿Tengo un hermano gemelo?

El silencio fue tan denso que sentí que me ahogaba. Mi madre se apoyó en la encimera y empezó a llorar. Mi padre entró justo entonces y se quedó helado al vernos.

—Carmen…

Ella asintió y me miró con los ojos rojos:

—No eres adoptado, Felipe… pero sí tienes un hermano gemelo. Lo perdimos en el hospital. Hubo un error… nos dijeron que había muerto al nacer. Nunca supimos más.

Me temblaban las manos. No podía creerlo.

—Pero… hay alguien con mi nombre, mi fecha de nacimiento…

Mi padre se sentó a mi lado y me tomó la mano:

—Hijo, cuando nacisteis hubo mucho caos. Nos dijeron que uno de los bebés no sobrevivió. Tu madre nunca lo superó del todo…

Mi madre sollozaba:

—Siempre sentí que faltaba algo… o alguien.

No sabía si gritar o abrazarles. Sentía rabia, tristeza y una extraña esperanza. ¿Y si ese otro Felipe era mi hermano? ¿Y si aún podía encontrarle?

Pasé semanas buscando pistas. Contacté con el hospital, hablé con antiguos empleados, incluso escribí a foros de madres que habían dado a luz allí ese año. Un día recibí un mensaje privado:

«Hola Felipe. Creo que tenemos mucho de qué hablar. Yo también he sentido toda mi vida que me falta una parte.»

Era él. Se llamaba Álvaro ahora —sus padres le cambiaron el nombre al adoptarle— pero su cara era idéntica a la mía.

Quedamos en una cafetería cerca del Retiro. Cuando le vi entrar, sentí como si me mirara en un espejo. Nos abrazamos sin decir palabra.

—¿Tú también sentías que algo no encajaba? —me preguntó Álvaro.

—Siempre —respondí.

Pasamos horas hablando de nuestras vidas paralelas: él creció en Salamanca, yo en Madrid; él amaba el fútbol, yo la música; pero ambos teníamos la misma risa nerviosa y el mismo lunar bajo el ojo izquierdo.

Decidimos contarles a nuestras familias lo que habíamos descubierto. Mis padres lloraron al verle; los padres adoptivos de Álvaro también.

Pero no todo fue fácil. Mi madre se sintió culpable por años de silencio; Álvaro tuvo miedo de perder a sus padres adoptivos; yo me preguntaba si alguna vez podría sentirme completo.

La familia se volvió un campo de batalla silencioso: reproches velados, miradas tristes, conversaciones interrumpidas por lágrimas o silencios incómodos.

Un domingo, mientras paseábamos por el parque del Oeste, Álvaro me dijo:

—¿Crees que algún día podremos ser una familia normal?

No supe qué responderle. Quizá nunca seríamos normales, pero al menos ahora sabíamos quiénes éramos realmente.

Hoy sigo buscando respuestas: ¿Quién soy yo cuando todo lo que sé desaparece? ¿Somos lo que nos cuentan o lo que descubrimos por nosotros mismos? ¿Qué haríais vosotros si vuestra vida entera resultara ser un secreto bien guardado?