Cuando Dijo ‘Quiero el Divorcio’: La Noche en que Todo Cambió

—Quiero el divorcio.

Las palabras de Dario rebotaron en las paredes del salón como si fueran piedras. Ni siquiera se había quitado el abrigo. Yo estaba sentada en el sofá, repasando mentalmente la lista de la compra para el día siguiente, cuando su voz cortó el aire. Me quedé helada, con el mando de la tele en la mano y la mirada perdida en el suelo. No supe qué decir. ¿Cómo se responde a algo así después de dieciséis años juntos?

—¿Qué has dicho? —pregunté, aunque lo había escuchado perfectamente.

Dario suspiró, cansado, como si llevara años ensayando ese momento.

—No puedo más, Lucía. No soy feliz. No quiero seguir fingiendo.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Pensé en nuestra hija Sara, que dormía en su habitación, ajena a la tormenta que acababa de estallar en casa. Pensé en mi madre, en sus palabras cuando me casé: “Recuerda, hija, que el amor hay que cuidarlo cada día. Pero si un día te falla, no te olvides de ti misma”.

Me levanté despacio y fui a la cocina. Necesitaba aire, aunque solo fuera el olor a café frío y a pan tostado de la mañana. Dario me siguió, pero no dijo nada. El silencio era tan denso que casi podía tocarlo.

—¿Hay otra? —pregunté al fin, con la voz temblorosa.

Él bajó la mirada. No hizo falta que respondiera. Lo supe en ese instante. Había otra mujer. Quizá llevaba tiempo sospechándolo: mensajes a deshoras, reuniones de trabajo que se alargaban demasiado, esa distancia invisible que se había instalado entre nosotros desde hacía meses.

—¿Quién es? —insistí.

—No importa —dijo él—. Lo importante es que esto no funciona.

Me apoyé en la encimera para no caerme. Recordé todas las veces que discutimos por tonterías: por quién sacaba la basura, por las facturas, por los deberes de Sara. Pensé en las vacaciones en la playa, en los paseos por el Retiro cuando éramos novios, en las noches en vela cuando nació nuestra hija. ¿De verdad todo eso no significaba nada?

Esa noche no dormí. Escuché cómo Dario recogía algunas cosas y salía de casa sin hacer ruido. Me quedé sola en la cama, abrazando la almohada como si fuera un salvavidas. Al amanecer, fui al cuarto de Sara y la vi dormir con una paz que me rompió el alma.

Durante los días siguientes, todo fue una sucesión de llamadas, papeles y lágrimas. Mi madre vino a casa y me abrazó fuerte.

—No estás sola, Lucía —me dijo—. Ahora tienes que ser fuerte por ti y por Sara.

Pero yo no me sentía fuerte. Me sentía vacía, traicionada y ridícula por no haber visto venir lo que estaba pasando delante de mis narices. En el colegio, las otras madres me miraban con compasión o curiosidad mal disimulada. Algunas se acercaban:

—¿Cómo estás? Si necesitas hablar…

Yo sonreía y asentía, pero por dentro solo quería gritar.

Una tarde, mientras recogía a Sara del conservatorio —le encanta tocar el piano— me preguntó:

—Mamá, ¿por qué papá ya no vive con nosotras?

Me temblaron las manos al volante.

—A veces los mayores dejamos de entendernos —le dije—. Pero papá te quiere mucho y siempre estará ahí para ti.

Ella asintió seria y miró por la ventana. Me pregunté si algún día podría perdonarme por no haber sabido protegerla de todo esto.

Las semanas pasaron y Dario venía a ver a Sara los fines de semana. Al principio era incómodo; luego aprendí a fingir una cordialidad que no sentía. Él traía regalos y sonrisas forzadas. Yo me refugiaba en el trabajo y en las tardes de parque con mi hija.

Una noche, después de acostar a Sara, me senté con mi madre en la cocina.

—¿Tú cómo lo superaste cuando papá se fue? —le pregunté.

Ella suspiró y me acarició la mano.

—No se supera del todo —dijo—. Aprendes a vivir con ello. Y un día te das cuenta de que puedes volver a reírte sin sentirte culpable.

Pensé en eso mucho tiempo. Empecé a salir a caminar por el barrio después de cenar. A veces me cruzaba con vecinos que me saludaban con una mezcla de lástima y respeto. Otras veces veía parejas jóvenes riendo y sentía una punzada de rabia y nostalgia.

Un sábado por la mañana, mientras Sara jugaba con su amiga Carmen en el parque, vi a Dario llegar con una mujer rubia de unos treinta años. Se acercaron a nosotras y él hizo las presentaciones:

—Lucía, ella es Patricia.

La saludé con una sonrisa tensa. Patricia parecía nerviosa; evitaba mirarme a los ojos. Sara corrió hacia su padre y le abrazó fuerte.

Esa noche lloré como no lo había hecho desde niña. No era solo por Dario; era por todo lo que habíamos perdido: la familia, los planes, los domingos de tortilla y siesta viendo películas antiguas.

Con el tiempo aprendí a vivir con la ausencia. Empecé a salir con amigas del trabajo: tapas los viernes en La Latina, cine los sábados por la tarde. Descubrí que podía reírme otra vez; incluso empecé a mirar a otros hombres sin sentirme culpable.

Pero cada vez que veía a Sara mirar fotos antiguas o preguntar cuándo volveríamos a ir todos juntos al zoo, sentía una punzada en el pecho.

Ahora han pasado dos años desde aquella noche. Dario vive con Patricia en un piso cerca del centro; Sara va alternando entre nuestras casas y parece adaptarse mejor de lo que yo esperaba. A veces pienso que los niños son más fuertes que nosotros.

Aún así, hay noches en las que me despierto sobresaltada y me pregunto: ¿En qué momento dejamos de querernos? ¿Podría haber hecho algo para evitarlo? ¿O simplemente hay cosas que están destinadas a romperse?

Quizá nunca tenga respuestas claras. Pero he aprendido algo: aunque te rompan el corazón, siempre puedes volver a empezar.

¿Y vosotros? ¿Alguna vez habéis sentido cómo se desmorona vuestra vida en un solo instante? ¿Creéis que es posible volver a confiar después de una traición así?