La verdad detrás de la sonrisa de Lucía
—¿Por qué no vienes a tomar un café conmigo esta tarde? —le pregunté a Lucía, apoyada en el quicio de su puerta, mientras ella intentaba ocultar el temblor de sus manos tras una sonrisa forzada.
Era una tarde húmeda de abril en Madrid, y el olor a lluvia se colaba por las ventanas del edificio. Yo siempre había admirado a Lucía: su melena oscura perfectamente peinada, su manera de saludar a todos en el portal, la elegancia con la que paseaba a su perrita Lola por la acera. Pero desde que se casó con Álvaro, algo en ella se había marchitado. Ya no quedábamos para charlar en la terraza ni se reía con esa carcajada contagiosa que hacía eco en el patio interior.
—Hoy no puedo, Carmen, tengo que preparar la cena —me respondió bajando la mirada, como si temiera que alguien la estuviera escuchando.
No era la primera vez que me rechazaba. Antes de la boda, Lucía era la alegría del bloque: organizaba cenas improvisadas, ayudaba a los vecinos mayores con la compra y siempre tenía tiempo para escuchar los problemas ajenos. Pero ahora parecía vivir en una burbuja de silencio y prisas. Su rostro, antes luminoso, estaba surcado por ojeras y líneas de preocupación. Nadie quería hablar del tema, pero todos lo notaban.
Una noche, mientras sacaba la basura, escuché voces elevadas tras la puerta de Lucía. No eran gritos, pero sí un tono cortante y frío que me heló la sangre. Me quedé paralizada unos segundos, hasta que la puerta se abrió de golpe y Lucía salió corriendo escaleras abajo. La seguí sin pensarlo.
—¿Estás bien? —le pregunté cuando la alcancé en el portal.
Ella negó con la cabeza y rompió a llorar. Me abrazó con fuerza y sentí cómo su cuerpo temblaba entero. No hacía falta que dijera nada: su dolor era evidente.
—No puedo más, Carmen —susurró entre sollozos—. Álvaro no es como todos creen. Me controla todo: lo que visto, con quién hablo, hasta lo que cocino. Si llego tarde del trabajo, me monta una escena. Si sonrío demasiado a alguien en el supermercado, me acusa de coquetear. No sé cómo he llegado hasta aquí.
Me quedé muda. Siempre pensé que los problemas graves solo ocurrían en las noticias o en familias desestructuradas, no en nuestro barrio tranquilo de Chamberí. Pero ahí estaba Lucía, rota por dentro mientras todos admiraban su «matrimonio perfecto».
Durante semanas intenté convencerla de que pidiera ayuda. Le hablé del 016, del centro de la mujer del distrito, incluso le ofrecí mi casa para quedarse si lo necesitaba. Pero ella tenía miedo: miedo al qué dirán, miedo a decepcionar a sus padres —tan orgullosos de su yerno abogado— y miedo a quedarse sola.
Una tarde de domingo, mientras tomábamos café en mi cocina con las cortinas cerradas, Lucía me confesó algo que me dejó helada:
—A veces pienso que sería más fácil si me pasara algo grave. Así al menos tendría una excusa para irme sin sentirme culpable.
Me costó dormir esa noche. Pensé en todas las veces que había visto a Lucía sonreír para las fotos familiares, en las cenas de Navidad donde Álvaro le cogía la mano delante de todos mientras por debajo de la mesa le apretaba los dedos hasta hacerle daño. Pensé en su madre, tan orgullosa de tener una hija «bien casada», y en su padre, que nunca preguntaba nada porque «en todas las casas cuecen habas».
El día que Lucía desapareció del edificio fue un lunes cualquiera. Nadie supo nada durante días. Álvaro puso cara de preocupación y dijo que se había ido a casa de una amiga porque estaba «estresada». Pero yo sabía la verdad: Lucía había reunido el valor para marcharse sin mirar atrás.
Semanas después recibí una carta suya desde Valencia. Me contaba que estaba viviendo con una prima lejana y que por primera vez en años podía dormir tranquila. Había denunciado a Álvaro y estaba recibiendo ayuda psicológica. Me agradecía por haber estado ahí cuando nadie más quiso ver lo que pasaba.
Ahora, cada vez que veo una pareja aparentemente feliz paseando por el barrio, no puedo evitar preguntarme qué historias se esconden detrás de esas sonrisas perfectas. ¿Cuántas Lucías habrá en mi edificio? ¿Cuántas mujeres siguen atrapadas por miedo al qué dirán?
A veces me pregunto si podríamos hacer más como vecinos, como amigos o incluso como desconocidos para romper ese silencio cómplice que permite que tantas mujeres sufran en soledad.
¿Y vosotros? ¿Habéis conocido alguna vez una historia así? ¿Qué haríais si vuestra mejor amiga os confesara algo parecido?