La herida invisible: Cuando el amor de una madre no basta
—¿Por qué no puedes ayudarme, mamá? Los padres de Álvaro siempre nos dan algo, aunque no se lo pidamos. —La voz de Lucía retumbó en el salón, rebotando en las paredes desnudas de mi piso en Vallecas.
Me quedé helada, con la taza de café temblando entre mis manos arrugadas. No era la primera vez que Lucía me lo decía, pero esta vez sentí que cada palabra era un cuchillo. ¿Cómo podía explicarle que mi pensión apenas me alcanza para pagar la luz y el gas? ¿Cómo hacerle entender que, a mis setenta años, ya no tengo fuerzas para más?
—Lucía, hija, sabes que si pudiera te daría el mundo —le respondí, intentando que mi voz no se quebrara—. Pero no puedo competir con los padres de Álvaro. Ellos tienen negocios, yo solo tengo recuerdos y una pensión.
Ella bufó y apartó la mirada. Sentí que se me partía el alma. Recordé cuando era pequeña y me abrazaba diciendo que yo era su heroína. ¿En qué momento dejé de serlo?
Mi marido, Manuel, murió hace diez años. Nos costó mucho tener a Lucía; después de tres abortos y un sinfín de tratamientos, llegó cuando yo tenía cuarenta y cinco años. Fue mi milagro tardío. Por ella trabajé hasta los sesenta y ocho limpiando casas ajenas, ahorrando cada euro para que pudiera estudiar en la universidad. Pero ahora parece que nada de eso importa.
—Mamá, no entiendes cómo está todo hoy en día. Los alquileres suben, la guardería de Sofía cuesta un dineral… —insistió Lucía, con ese tono entre reproche y súplica.
—¿Y crees que para mí es fácil? —le respondí, alzando la voz por primera vez—. ¿Tú sabes lo que es mirar el monedero y contar las monedas para ver si llegas a fin de mes? ¿O tener que elegir entre comprar medicinas o fruta?
Se hizo un silencio incómodo. Lucía miró su móvil, como si buscara refugio en otra realidad.
—No es justo que me compares con los padres de Álvaro —continué, más calmada—. Ellos han tenido suerte, han trabajado en buenos puestos, han invertido bien… Yo solo tuve mis manos y mi voluntad.
Vi cómo se le humedecían los ojos. Por un momento pensé que iba a disculparse, pero en vez de eso murmuró:
—A veces siento que no te importo tanto como a ellos les importa Álvaro.
Esa frase me atravesó como una lanza. ¿Cómo podía pensar eso? ¿No veía todo lo que había hecho por ella?
Me levanté despacio y fui a la cocina a preparar más café. Necesitaba tiempo para recomponerme. Mientras el agua hervía, recordé tantas noches sin dormir, preocupada por su fiebre o por sus exámenes. Recordé cómo me partí la espalda fregando escaleras para pagarle aquel viaje de fin de curso a Granada.
Cuando volví al salón, Lucía seguía allí, pero ya no era mi niña pequeña: era una mujer cansada, madre de una niña preciosa pero agobiada por las facturas y las expectativas.
—Lucía —dije suavemente—, sé que la vida es difícil. Pero yo también tengo mis límites. No puedo darte lo que no tengo.
Ella suspiró y se encogió de hombros.
—Es solo que… a veces siento que estoy sola en esto.
Me acerqué y le tomé la mano.
—Nunca estarás sola mientras yo viva. Pero tendrás que entender que mi ayuda no siempre será dinero. A veces será cuidar de Sofía cuando puedas trabajar extra, o escucharte cuando estés triste.
Vi cómo luchaba con sus emociones. Finalmente asintió, aunque sin mucha convicción.
—¿Sabes qué me duele? —le confesé—. Que pienses que valgo menos como madre porque no puedo darte dinero. El amor no se mide en billetes.
Ella bajó la cabeza y murmuró:
—Lo sé… Perdona, mamá. Es solo que todo me supera últimamente.
Nos abrazamos en silencio. Sentí su cuerpo temblar contra el mío y quise creer que aún podía protegerla del mundo, aunque fuera solo con mis brazos viejos.
Esa noche, después de que se fue, me senté junto a la ventana a mirar las luces lejanas de Madrid. Pensé en todas las madres como yo: invisibles, juzgadas por lo que no pueden dar en vez de por lo que han dado toda la vida.
¿En qué momento dejamos de ser suficientes para nuestros hijos? ¿Por qué pesa más el dinero que el sacrificio?
Quizá algún día Lucía entienda todo lo que he hecho por ella. O quizá nunca lo haga. Pero yo seguiré aquí, con mi amor incondicional y mi humilde pensión.
¿De verdad una madre debe ser medida por lo que puede dar económicamente? ¿O hay algo más profundo que une a una familia?