La culpa siempre es de los demás: El dolor de una madre española

—¡No es justo, mamá! ¡Siempre me pasa lo mismo porque nadie me entiende!— gritó Lucía, tirando la mochila al suelo del salón. El eco de su voz rebotó en las paredes, llenas de fotos familiares que parecían observarnos con reproche. Yo, sentada en el sofá con el corazón encogido, no supe qué responderle. ¿En qué momento mi hija se convirtió en una joven incapaz de mirarse a sí misma?

Lucía siempre fue una niña sensible. Recuerdo cuando tenía seis años y lloraba porque su amiga Marta no la había invitado a su cumpleaños. Aquella noche, mientras le acariciaba el pelo para consolarla, me prometí que nunca dejaría que se sintiera sola. Quizá ahí empezó todo. Cada vez que algo le salía mal, yo estaba ahí para justificarla: “No te preocupes, cariño, seguro que Marta se ha confundido.” “No pasa nada si has suspendido, la profesora es muy exigente.”

Pero los años pasaron y las excusas se hicieron rutina. Cuando Lucía tenía catorce años y llegó a casa con un suspenso en matemáticas, culpó al profesor: “Es que me tiene manía.” Cuando discutía con su hermano Álvaro, siempre era él quien empezaba: “Mamá, Álvaro me ha quitado el móvil.” Y yo, cansada y con miedo a perder su confianza, le daba la razón.

Mi marido, Antonio, veía las cosas de otra manera. Una tarde, después de una discusión especialmente tensa entre Lucía y Álvaro, me dijo en voz baja:

—Estás criando a una niña que nunca va a saber pedir perdón.

Me dolió escucharlo. ¿No era mi deber protegerla del dolor? ¿No era eso lo que hacían las buenas madres?

El tiempo siguió su curso y Lucía creció. Empezó la universidad en la Complutense y pronto llegaron los problemas: “La profesora de Derecho Civil me odia”, “Mis compañeras son unas falsas”, “El sistema está hecho para que fracase la gente como yo.” Cada vez que la escuchaba, sentía cómo se me apretaba el pecho. Intenté hablar con ella:

—Lucía, ¿no crees que a veces podrías haber hecho algo diferente?

Me miró con rabia y decepción:

—¿Ahora tú también estás en mi contra?

Aquella noche lloré en silencio. Me pregunté si había sido demasiado blanda, si mis abrazos y mis palabras de consuelo habían construido un muro entre ella y la realidad.

Las discusiones se volvieron más frecuentes. Antonio intentaba poner límites:

—Lucía, tienes que asumir tus errores. No puedes ir por la vida culpando a los demás.

Pero ella se encerraba en su habitación y ponía música a todo volumen. Álvaro, más pequeño pero mucho más maduro, me decía:

—Mamá, Lucía nunca pide perdón. Siempre somos los demás los malos.

Un día, después de una pelea especialmente dura —esta vez por un trabajo en grupo que Lucía decía que le habían robado—, me atreví a enfrentarla:

—Lucía, cariño, ¿no crees que deberías hablar con tus compañeros y preguntarles qué ha pasado? Quizá no fue culpa suya…

Ella explotó:

—¡Siempre igual! ¡Nadie me entiende! ¡Ni siquiera tú!

Salió dando un portazo. Me quedé sola en la cocina, mirando el reloj y preguntándome en qué momento mi hija se había convertido en una extraña.

Empecé a observarla con otros ojos. Vi cómo sus amigas se alejaban poco a poco; cómo los profesores ya no le respondían con paciencia; cómo incluso en casa evitábamos ciertos temas para no provocar otra tormenta. Una tarde, mientras recogía su ropa del tendedero, encontré una nota arrugada en el bolsillo de su chaqueta: “Nadie me quiere. Nadie me comprende.”

Sentí un nudo en la garganta. ¿Había sido yo parte del problema? ¿Había confundido amor con sobreprotección?

Intenté acercarme a ella de nuevo. Le propuse ir juntas al Retiro a pasear. Al principio se negó, pero finalmente aceptó. Caminamos en silencio entre los árboles hasta que me armé de valor:

—Lucía, sé que a veces te sientes sola y enfadada con el mundo. Pero todos cometemos errores… incluso yo.

Ella bajó la mirada y murmuró:

—No sé cómo dejar de sentirme así.

La abracé fuerte. Por primera vez en mucho tiempo sentí que mi hija volvía a ser aquella niña vulnerable que solo quería sentirse querida.

Desde entonces intento no justificarla tanto ni protegerla del dolor inevitable de la vida. A veces discutimos; otras veces lloramos juntas. Pero he aprendido que el amor también consiste en dejar espacio para el error y la responsabilidad.

Ahora Lucía está terminando la carrera. No ha cambiado de la noche a la mañana; sigue luchando contra esa tendencia a culpar al mundo. Pero poco a poco empieza a preguntarse si quizá hay algo que pueda hacer diferente.

A veces me pregunto: ¿Dónde está el límite entre proteger y sobreproteger? ¿Cuánto daño puede hacer el miedo de una madre a ver sufrir a su hija? ¿Vosotros también os habéis sentido así alguna vez?