“No soy la niñera de nadie”: El verano en que mi suegra nos dejó tirados

—¡No soy la niñera de nadie! —gritó Carmen, mi suegra, mientras cerraba la puerta de casa con un portazo que hizo temblar los cristales del salón. Me quedé paralizada en el pasillo, con la lista de la compra en una mano y el móvil en la otra, escuchando cómo sus pasos se alejaban por la escalera. Mi marido, Luis, apareció detrás de mí, con la cara desencajada y los ojos clavados en el suelo.

—¿Pero qué le pasa ahora? —le susurré, intentando no perder los nervios delante de los niños.

Luis se encogió de hombros. —Dice que está harta, que este verano se va a Benidorm con sus amigas y que no piensa quedarse aquí cuidando de los niños mientras nosotros trabajamos.

Me mordí el labio. Era la tercera vez en dos semanas que Carmen montaba una escena parecida. Desde que nació nuestra segunda hija, Lucía, hace seis meses, todo parecía ir cuesta abajo. Yo había vuelto a trabajar en la gestoría del barrio tras la baja maternal, y Luis seguía con sus turnos interminables en el hospital. La única razón por la que podíamos sobrevivir era porque Carmen venía cada mañana a las ocho para quedarse con Lucía y recoger a Pablo del colegio.

Pero ahora… ahora Carmen se iba. Y no solo eso: lo hacía con reproches, como si nosotros fuéramos unos desagradecidos por pedirle ayuda.

—¿Y qué hacemos ahora? —pregunté, sintiendo cómo una ola de ansiedad me subía por el pecho.

Luis no contestó. Se fue al dormitorio y cerró la puerta. Me quedé sola en el pasillo, escuchando a Pablo reírse desde el salón mientras veía dibujos animados. Sentí una rabia sorda mezclada con culpa. ¿Era tan terrible pedir ayuda a la abuela? ¿No era eso lo normal en cualquier familia?

Esa noche apenas dormí. Daba vueltas en la cama, repasando mentalmente todas las opciones: pagar una guardería privada (imposible con nuestros sueldos), pedirle favores a las vecinas (todas tenían sus propios líos), o reducir mi jornada (lo que supondría renunciar a mi ascenso). Al final, me levanté antes de que sonara el despertador y preparé el desayuno en silencio.

Luis bajó tarde, con ojeras profundas y el ceño fruncido. No hablamos del tema hasta que los niños se fueron a dormir esa noche.

—¿Por qué siempre tengo yo que ser la mala? —le solté de golpe—. Tu madre hace lo que le da la gana y yo tengo que cargar con todo.

Luis suspiró.—No es tan fácil. Ella también tiene derecho a vivir su vida…

—¿Y nosotros? ¿No tenemos derecho a respirar? ¿A no estar agotados todo el día?

La discusión subió de tono. Acabamos gritándonos cosas feas, palabras que nunca antes habíamos dicho. Me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin lágrimas.

Los días siguientes fueron un caos. Llamé a mi hermana Ana, pero ella vivía en Valencia y solo podía venir un fin de semana al mes. Intenté organizarme con las madres del colegio, pero nadie podía comprometerse más allá de algún favor puntual. Empecé a llegar tarde al trabajo, a olvidar citas importantes, a perder los nervios con los niños por tonterías.

Una tarde, mientras recogía a Pablo del colegio, me encontré con Marta, una madre del AMPA.

—Te veo cansada —me dijo—. ¿Todo bien?

No pude evitarlo: me eché a llorar allí mismo, delante del colegio, mientras Marta me abrazaba torpemente.

—Mi suegra se ha ido de vacaciones y nos ha dejado tirados —sollozaba—. No sé cómo vamos a salir adelante.

Marta me invitó a un café y me contó su propia historia: su madre nunca le ayudó con los niños porque decía que ya había criado a los suyos y ahora le tocaba disfrutar. Me sentí menos sola al escucharla.

Esa noche hablé con Luis más tranquila. Decidimos turnarnos para cuidar de los niños: él pediría unos días libres en el hospital y yo intentaría teletrabajar cuando pudiera. No era la solución ideal, pero al menos era algo.

Las semanas pasaron lentas y pesadas. Carmen nos mandaba fotos desde Benidorm: en la playa con sus amigas, tomando cañas al atardecer, sonriendo como si nada le preocupara. Cada vez que veía esas imágenes sentía una mezcla de rabia y envidia. ¿Por qué ella podía permitirse ese lujo y yo no?

Un día recibí una llamada inesperada: mi jefe quería hablar conmigo. Entré en su despacho temblando.

—Marina —me dijo—, sé que estás pasando un momento complicado. Pero necesitamos que estés al cien por cien aquí. Si no puedes…

No terminó la frase. Salí del despacho sintiéndome derrotada. ¿Cómo podía elegir entre mi trabajo y mis hijos? ¿Por qué nadie hablaba nunca de lo difícil que era ser madre trabajadora en España?

Esa noche discutí otra vez con Luis. Él decía que estaba haciendo todo lo posible, pero yo sentía que todo el peso caía sobre mí. Empecé a preguntarme si realmente valía la pena tanto esfuerzo.

El verano terminó y Carmen volvió de Benidorm como si nada hubiera pasado. Trajo regalos para los niños y nos abrazó como si fuéramos una familia feliz. Yo no pude evitar mirarla con resentimiento.

Un domingo, durante la comida familiar, Carmen soltó:

—Bueno, ya estoy aquí otra vez para ayudaros… aunque espero que no os hayáis acostumbrado demasiado a mi ausencia.

Luis me miró de reojo; yo apreté los labios para no decir nada. Por dentro sentía ganas de gritarle todo lo que había pasado ese verano: las noches sin dormir, las lágrimas en el baño, el miedo constante a perder mi trabajo.

Ahora han pasado meses desde aquel verano infernal. Carmen sigue viniendo algunos días, pero ya no confío en ella como antes. He aprendido a pedir ayuda fuera de la familia y a aceptar que no todo tiene solución fácil.

A veces me pregunto: ¿por qué se espera siempre que las mujeres lo aguantemos todo? ¿Por qué nadie habla del precio real de intentar ser buena madre, buena esposa y buena trabajadora al mismo tiempo? ¿Os habéis sentido alguna vez así?