Mi hija se llama Libertad: Una historia de nombres, prejuicios y coraje

—¿Pero cómo se te ocurre ponerle ese nombre a tu hija? —La voz de mi madre, Carmen, retumbó en la cocina, tan afilada como el cuchillo con el que cortaba cebolla para la cena. Mi padre, Antonio, ni siquiera levantó la vista del periódico, pero noté cómo apretaba los labios. Mi hermana Lucía, sentada a mi lado, me miró con una mezcla de compasión y miedo, como si yo fuera una bomba a punto de estallar.

Respiré hondo. Tenía a Libertad en brazos, apenas dos semanas de vida, dormida y ajena al huracán que su nombre había desatado. Aún recordaba la emoción de escribirlo en el registro civil: Libertad Martín Sánchez. Un nombre que para mí significaba todo lo que había soñado para ella: fuerza, independencia, esperanza. Pero para otros… para muchos otros, era una provocación.

Todo empezó cuando subí una foto de Libertad a Instagram. «Bienvenida al mundo, Libertad», escribí. En menos de una hora, los comentarios comenzaron a arder:

—¿En serio? ¿No pensaste en el bullying que sufrirá?
—Eso no es un nombre, es una declaración política.
—Pobre niña, ya le has arruinado la vida.

Al principio intenté ignorarlo. Pero los mensajes privados eran peores. Gente que no conocía me insultaba, me llamaba irresponsable, incluso loca. Una tal María del Mar me escribió: «Hazle un favor y cámbiale el nombre antes de que sea tarde». Lloré esa noche, abrazada a mi hija, preguntándome si había cometido un error.

Mi marido, Diego, intentó animarme:
—Hazel, no les hagas caso. Es nuestro derecho elegir el nombre que queramos.
—Pero… ¿y si tienen razón? —susurré—. ¿Y si le hago daño sin querer?

Diego me abrazó fuerte.
—Libertad es precioso. Y tú eres valiente por defenderlo.

Pero la presión no venía solo de desconocidos. En la siguiente comida familiar, mi madre no pudo contenerse:
—¿No podías haber elegido algo más normal? Marta, Ana… incluso Pilar. ¿Por qué tienes que ser siempre tan diferente?

Sentí cómo se me encendían las mejillas.
—Porque quiero que mi hija crezca sabiendo que puede ser quien quiera ser. Que su nombre sea su bandera, no su condena.

Mi padre dejó el periódico y me miró por primera vez.
—En este país ser diferente nunca ha sido fácil —dijo en voz baja—. Pero tampoco lo fue para nosotros cuando te llamamos Hazel.

Me quedé callada. Era cierto: mi propio nombre siempre había sido motivo de bromas en el colegio. «¿Eres inglesa?», «¿Por qué no te llamas María como todo el mundo?». Pero también era cierto que aprendí a defenderme, a sentirme orgullosa de mi rareza.

Esa noche no pude dormir. Miraba a Libertad y pensaba en su futuro: ¿sería fuerte como yo? ¿O le dolería cada burla, cada mirada extraña? ¿Había sido egoísta al elegir un nombre tan cargado?

Al día siguiente recibí un mensaje inesperado. Era de Ana Belén, una antigua compañera del instituto:

«He visto lo que te están diciendo por el nombre de tu hija. Mi madre se llama Paz y siempre le dijeron cosas feas… pero ella dice que su nombre le dio alas. No cambies nada.»

Ese mensaje fue como un bálsamo. Empecé a recibir otros parecidos: mujeres que se llamaban Esperanza, Consuelo, Aurora… Todas habían sufrido comentarios pero ninguna se arrepentía de su nombre.

Decidí responder públicamente a las críticas en Instagram:

«A quienes critican el nombre de mi hija: Libertad es más que una palabra. Es un deseo, una promesa y un homenaje a todas las mujeres valientes de este país. No pienso avergonzarme ni cambiarlo por miedo al qué dirán. Ojalá algún día dejemos de juzgar lo diferente y aprendamos a celebrarlo.»

El post se hizo viral. Recibí cientos de mensajes de apoyo y también algunos más duros todavía. Pero algo había cambiado en mí: ya no sentía miedo ni vergüenza.

Unos días después, mi madre vino a casa con una caja antigua bajo el brazo. Dentro había cartas de mi abuela Rosalía, escritas durante la dictadura. En una de ellas leía: «Sueño con un país donde mis hijas puedan llamarse como quieran sin miedo».

Mi madre lloró mientras me abrazaba.
—Quizá tengas razón —susurró—. Quizá ya era hora de que alguien se atreviera.

Ahora Libertad tiene seis meses y sonríe cada vez que escucha su nombre. A veces pienso en todo lo que tendrá que enfrentar por ser distinta… pero también sé que tendrá raíces fuertes y alas grandes.

¿De verdad es tan peligroso ser diferente en España? ¿O es precisamente eso lo que necesitamos para cambiar las cosas? ¿Vosotros qué pensáis?