El precio de mi felicidad: Un cumpleaños inolvidable

—¿De verdad, mamá? ¿Vas a gastarte todo ese dinero en una fiesta? —La voz de Luis, mi hijo mayor, retumbó en el salón como un trueno inesperado. Yo sostenía la invitación en mis manos, aún tibia de la impresora, con las letras doradas brillando bajo la luz de la tarde. Carmen, mi nuera, me miraba con una mezcla de incredulidad y reproche desde el otro lado de la mesa.

No respondí enseguida. Sentí cómo el corazón me latía fuerte, como si quisiera salirse del pecho. Setenta años. Setenta años siendo madre, esposa, abuela… y siempre dejando mis sueños para después. Pero esta vez era distinto. Esta vez quería celebrar mi vida, rodeada de amigos y familia, en ese restaurante del centro de Madrid que siempre había soñado.

—Luis, cariño… —intenté explicar—. Es mi cumpleaños. Solo quiero una vez sentirme especial, hacer algo para mí.

Luis resopló y se pasó la mano por el pelo, visiblemente frustrado.

—¿Y nuestro coche? Dijiste que nos ayudarías con la entrada. Sabes que Carmen y yo lo necesitamos para llevar a los niños al colegio y al médico. ¿Ahora qué?

Carmen asintió en silencio, apretando los labios. Sentí una punzada de culpa, pero también una chispa de rebeldía. ¿Por qué siempre tenía que ser yo la que renunciara?

—He pasado toda mi vida pensando en los demás —dije, con la voz temblorosa—. Solo pido una noche para mí. ¿Es tanto pedir?

El silencio cayó como una losa. Luis se levantó bruscamente y salió al balcón. Carmen bajó la mirada y empezó a recoger los platos del almuerzo sin decir palabra.

Esa noche apenas dormí. Me debatía entre la culpa y la ilusión. Recordaba los años de sacrificios: las noches en vela cuando Luis era pequeño y tenía fiebre; los turnos dobles en la panadería para pagarle la universidad; las vacaciones canceladas para ayudarles con la hipoteca. Siempre había sido el pilar de todos, pero ¿quién era yo fuera de ese papel?

Los días previos al cumpleaños fueron un torbellino de emociones. Mi hija menor, Lucía, me llamó desde Barcelona.

—Mamá, ¡por fin te animas! —me dijo entre risas—. Te lo mereces más que nadie.

Su apoyo me reconfortó, pero no podía dejar de pensar en Luis y Carmen. Apenas respondían a mis mensajes. Mis nietos, Pablo y Marta, me enviaron un dibujo por WhatsApp: una tarta enorme con velas y corazones. Me hizo sonreír y llorar al mismo tiempo.

La noche del cumpleaños llegó. El restaurante estaba precioso: luces cálidas, flores frescas, una mesa larga llena de caras conocidas y queridas. Pero faltaban ellos. Luis, Carmen y los niños no vinieron.

Intenté disfrutarlo: bailé con mis amigas del club de lectura, brindé con mis hermanos, escuché emocionada las palabras de Lucía al dedicarme una canción. Pero cada vez que miraba la puerta, esperaba ver entrar a Luis con su sonrisa tímida y a los niños corriendo hacia mí.

Al final de la noche, cuando todos se fueron y el restaurante quedó vacío, me senté sola junto a la ventana. Madrid brillaba bajo las farolas y sentí el peso de la soledad caer sobre mis hombros.

Al día siguiente llamé a Luis. No contestó. Le escribí un mensaje: “Hijo, te quiero mucho. Siento si te he decepcionado.”

Pasaron semanas sin respuesta. Carmen me bloqueó en las redes sociales. Mis amigas me decían que había hecho bien en pensar en mí misma por una vez; Lucía insistía en que Luis acabaría entendiendo… Pero yo no podía dejar de preguntarme si había sido egoísta.

Un domingo cualquiera, mientras regaba las plantas del balcón, oí el timbre. Era Luis. Tenía ojeras y el ceño fruncido.

—¿Puedo pasar? —preguntó sin mirarme a los ojos.

Asentí en silencio y le preparé un café. Nos sentamos frente a frente en la cocina donde tantas veces le curé heridas o le ayudé con los deberes.

—Mamá… —empezó tras un largo silencio—. No entiendo por qué lo hiciste. Siempre has estado ahí para todos…

—Y seguiré estando —le interrumpí suavemente—. Pero también necesito estar para mí alguna vez.

Luis suspiró y se frotó los ojos.

—Carmen está muy dolida… Dice que no le importamos.

Sentí un nudo en la garganta.

—Eso no es verdad —dije—. Os quiero más que a nada en el mundo. Pero también tengo derecho a ser feliz… aunque sea solo una noche.

Luis bajó la cabeza y jugueteó con la taza.

—No sé si puedo perdonártelo todavía —admitió—. Pero… te echo de menos.

Le tomé la mano entre las mías.

—Yo también te echo de menos, hijo.

Nos quedamos así un rato largo, en silencio, dejando que el tiempo hiciera su trabajo.

Ahora han pasado meses desde aquel cumpleaños inolvidable. La relación con Luis y Carmen sigue siendo tensa; ya no soy tan bienvenida en su casa como antes. Pero he aprendido algo importante: mi felicidad también cuenta.

A veces me pregunto si elegí bien o mal; si una noche de alegría merecía el precio de una distancia familiar que aún duele. ¿Cuántas veces puede una madre renunciar a sí misma antes de desaparecer del todo? ¿Y vosotros? ¿Creéis que hice bien en elegir mi propio sueño por una vez?