Engañado por mi propia madre: El precio de la verdad
—¿Por qué lo has hecho, mamá? —Mi voz temblaba, aunque intentaba mantenerme firme. El despacho olía a cerrado y a papeles viejos, pero lo que más pesaba era el silencio entre nosotros. Mi madre, Carmen, no levantó la vista de los documentos que tenía delante.
Aquel día, tras el entierro de mi padre, la casa se llenó de familiares y murmullos. Mi hermana Lucía lloraba en la cocina mientras mi tía Pilar intentaba consolarla. Yo me sentía fuera de lugar, como si no perteneciera a ese cuadro familiar. Pero lo peor llegó cuando el notario, don Manuel, pidió hablar conmigo en privado.
—Álvaro, hay algo que debes saber sobre el testamento de tu padre —dijo con voz grave.
Me entregó una copia del testamento. Lo leí dos veces, sin entender. Según ese papel, toda la herencia —la casa en Salamanca, los ahorros de toda una vida y hasta el pequeño viñedo de mi abuelo— pasaba a manos de mi madre. Ni una sola mención a mí o a Lucía. Sentí un frío recorriéndome la espalda.
—¿Está seguro de que esto es lo que mi padre quería? —pregunté, incrédulo.
Don Manuel bajó la mirada. —Solo puedo decirte que este es el documento oficial. Lo firmó tu padre hace tres meses.
Tres meses antes de morir, cuando ya apenas podía hablar por culpa del cáncer. ¿Por qué cambiaría su testamento entonces? ¿Por qué nos dejaría fuera a Lucía y a mí?
Esa noche no dormí. Escuché a mi madre hablar por teléfono en voz baja, cerrando la puerta del salón. Al día siguiente, decidí enfrentarla.
—Mamá, ¿por qué papá cambió el testamento? —le pregunté en la cocina, mientras ella preparaba café como si nada hubiera pasado.
—No es momento para hablar de eso, Álvaro —respondió sin mirarme.
—¿No es momento? ¡Nos has dejado sin nada! —grité, perdiendo el control.
Lucía entró corriendo al oír los gritos. —¿Qué pasa aquí?
—Nada, cariño —dijo mi madre—. Solo estamos hablando.
Pero Lucía ya había visto el testamento. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Por qué nos haces esto? —susurró.
Mi madre se fue al dormitorio y cerró la puerta de un portazo. Lucía y yo nos quedamos en silencio, abrazados en medio del pasillo.
Pasaron los días y la tensión crecía. Los vecinos cuchicheaban sobre nuestra familia: «Dicen que Carmen se ha quedado con todo», «Pobre Lucía, siempre fue la favorita de su padre». Yo no podía soportar la idea de que mi madre nos hubiera traicionado así.
Empecé a investigar por mi cuenta. Revisé los papeles del despacho de mi padre, busqué correos electrónicos y hablé con don Manuel otra vez.
—Álvaro, hay algo raro en esa firma —me confesó el notario una tarde—. Tu padre apenas podía sostener un bolígrafo en esa época.
La sospecha se convirtió en certeza: alguien había falsificado la firma de mi padre. Y solo había una persona con acceso a todo: mi madre.
Confronté a Carmen una vez más. Esta vez no pudo evitarlo.
—¡Lo hice por vosotros! —gritó entre lágrimas—. Tu padre quería dejaros todo, pero yo sabía que no estabais preparados para tanta responsabilidad. Pensé que podría protegeros…
—¿Protegernos? ¡Nos has robado! —le respondí con rabia contenida.
Lucía no podía ni mirarla. Salió corriendo de casa y no volvió en días.
La familia se rompió en mil pedazos. Mi tía Pilar dejó de hablarnos. Los amigos de mi padre nos dieron la espalda. Yo me sentía solo, perdido entre el deseo de justicia y el dolor de haber perdido a mi madre para siempre.
Decidí acudir a un abogado. El proceso fue largo y doloroso: peritos caligráficos, juicios, declaraciones… Mi madre se defendió como pudo, pero las pruebas eran claras. El juez anuló el testamento falso y devolvió la herencia a Lucía y a mí.
Pero nada volvió a ser igual. La relación con mi madre quedó marcada por la desconfianza y el resentimiento. A veces la veo pasear sola por la plaza Mayor, con la mirada perdida. Me duele verla así, pero no puedo olvidar lo que hizo.
Hoy vivo en la casa familiar con Lucía. Hemos intentado reconstruir algo parecido a una familia, aunque las heridas siguen abiertas.
A veces me pregunto si algún día podré perdonar a mi madre. ¿Es posible volver a confiar en alguien que te ha quitado todo? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?