La herencia que me destrozó: Todo para ella, nada para mí

—¿Cómo que todo es para ella?—. Mi voz temblaba mientras sostenía el sobre con el testamento, las manos frías y sudorosas. La notaria, una mujer de rostro severo y gafas gruesas, me miró con una mezcla de lástima y profesionalidad. Mi hija Lucía, sentada a mi lado, me apretó la mano, pero yo apenas sentía su contacto. El despacho olía a madera vieja y a papeles antiguos, y en ese instante, el mundo se me vino abajo.

Nunca imaginé que el final de mi historia con Fernando sería así. Treinta años juntos, tres hijos, una casa en Chamberí que restauramos con nuestras propias manos, veranos en la costa de Cádiz, domingos de cocido y risas. Todo eso, ahora, parecía una mentira cruel. Porque allí, en ese papel sellado y firmado por mi marido antes de morir, no había ni una sola mención a mí. Todo lo dejaba a una tal Carmen López. ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué él le había dado todo lo que era nuestro?

—Mamá, seguro que es un error—susurró Lucía, pero yo ya sabía que no lo era. Fernando siempre fue meticuloso, incapaz de dejar nada al azar. Si había puesto ese nombre en su testamento, era porque así lo quería.

Esa noche no dormí. Me senté en la cocina, mirando la taza de café frío y preguntándome en qué momento empezó a alejarse de mí. Recordé la última vez que hablamos antes de que el cáncer se lo llevara: «Te quiero, Ana. Siempre te he querido». ¿Era verdad? ¿O ya entonces pensaba en Carmen López?

Los días siguientes fueron un torbellino de llamadas, abogados y preguntas sin respuesta. Mi hijo mayor, Álvaro, se encerró en su habitación y no quiso hablar del tema. Mi hija menor, Sofía, lloraba en silencio cada vez que veía una foto de su padre. Yo solo sentía rabia y una tristeza tan profunda que me dolía respirar.

Una tarde, decidí buscar a Carmen López. No podía seguir viviendo con esa incertidumbre. Fui al despacho del abogado de Fernando y le exigí una explicación.

—Señora Ana, entiendo su dolor—me dijo el abogado, don Manuel, un hombre mayor con voz cansada—pero su marido fue muy claro en sus deseos. Carmen López es la beneficiaria universal.

—¿Quién es ella?—pregunté casi gritando.

Don Manuel suspiró y bajó la mirada.

—Es… una mujer a la que su marido ayudó mucho en los últimos años. No puedo decirle más.

Salí de allí temblando de ira. ¿Ayudó? ¿Eso significaba que era su amante? ¿O algo peor? La duda me devoraba por dentro.

Esa noche discutí con Álvaro.

—¡Papá nunca haría algo así!—gritó él.

—¡Pues lo ha hecho! ¡Nos ha dejado sin nada!—le respondí entre lágrimas.

Lucía intentó mediar:

—Mamá, tenemos que saber quién es esa mujer. Quizá haya una explicación.

Pero yo ya no quería explicaciones. Quería justicia. Quería mi vida de vuelta.

Pasaron semanas hasta que logré encontrar a Carmen López. Vivía en un piso modesto en Vallecas. Cuando abrí la puerta y me vio, sus ojos se llenaron de sorpresa y miedo.

—¿Eres Ana?—preguntó con voz temblorosa.

Asentí sin poder hablar.

Me invitó a pasar y me ofreció un café. Su casa estaba llena de fotos de niños pequeños y dibujos en las paredes. Allí supe la verdad: Carmen era madre soltera de dos niños con discapacidad. Fernando la había conocido en la asociación donde hacía voluntariado los últimos años de su vida. Le había prometido ayudarla si algún día faltaba.

—Nunca tuvimos nada—me dijo Carmen entre lágrimas—Solo fue un amigo para mí y mis hijos. Me ayudó cuando nadie más lo hacía.

Sentí una mezcla de alivio y dolor aún más profundo. Fernando nunca me contó nada de esto. ¿Por qué no confió en mí? ¿Por qué no compartió su decisión?

Volví a casa destrozada. Mis hijos no entendían nada; yo tampoco. La herencia estaba perdida para nosotros, pero lo peor era la sensación de haber vivido una vida llena de secretos.

Con el tiempo, intenté perdonar a Fernando. Comprendí que quizá quiso hacer algo bueno antes de morir, pero nunca pensó en el daño que nos causaría a nosotros. La confianza se rompió para siempre.

Hoy sigo viviendo en el mismo piso pequeño al que tuve que mudarme tras perder la casa familiar. Trabajo como dependienta en una tienda del barrio y veo a mis hijos luchar cada día por salir adelante. A veces pienso en Fernando y me pregunto si realmente me quiso o si siempre hubo una parte de él que nunca conocí.

¿De verdad merece la pena confiar ciegamente en alguien? ¿Qué haríais vosotros si os pasara algo así?