Cuando mi madre me dio la espalda: Diario de una madre sola en Madrid
—No puedo, Lucía. Ya te lo he dicho mil veces. No soy una niñera —la voz de mi madre retumbó en el pequeño salón, tan fría como el mármol de la cocina donde se apoyaba.
Me quedé mirándola, con las manos temblorosas y los ojos llenos de súplica. Mis hijos jugaban en la habitación de al lado, ajenos a la tensión que llenaba el aire. Sentí cómo se me encogía el pecho. ¿Cómo podía negarse? ¿Cómo podía mi propia madre darme la espalda ahora que más la necesitaba?
—Mamá, solo te pido un par de horas por las tardes. Tengo que trabajar. No puedo dejar a los niños solos —insistí, casi susurrando, como si hablar más alto pudiera romper lo poco que quedaba entre nosotras.
Ella se cruzó de brazos y desvió la mirada hacia la ventana, donde el cielo de Madrid amenazaba lluvia. —Lucía, yo ya crié a mis hijos. Ahora me toca vivir mi vida. No puedo cargar con tus problemas también.
Sentí una punzada de rabia mezclada con culpa. ¿Era tan egoísta por pedirle ayuda? ¿O era ella la egoísta por negármela? Desde que murió Javier, mi marido, hace ya dos años en ese maldito accidente de tráfico en la M-30, todo se había vuelto cuesta arriba. Yo, que nunca había tenido que preocuparme por nada más que por llevar a los niños al colegio y preparar la cena, ahora me veía obligada a aceptar cualquier trabajo que saliera: limpiar casas, cuidar ancianos, incluso repartir propaganda por los buzones del barrio.
Pero nada era suficiente. El alquiler del piso en Carabanchel subía cada año, los precios del supermercado parecían multiplicarse y las facturas se acumulaban en una montaña silenciosa sobre la mesa del comedor. Y lo peor era esa soledad pegajosa, esa sensación de estar atrapada en un pozo sin fondo mientras todos a mi alrededor seguían con sus vidas.
—¿Sabes lo que es llegar a casa y no tener ni fuerzas para sonreírles a tus hijos? —le solté un día a mi amiga Marta, mientras tomábamos un café rápido en el parque—. Siento que les estoy fallando.
Marta me apretó la mano con fuerza. —No digas eso, Lucía. Eres una madre increíble. Pero tienes que buscar ayuda fuera de tu familia si tu madre no quiere o no puede.
Pero ¿dónde? Las listas de espera para una plaza en la guardería pública eran eternas y las privadas costaban más de lo que ganaba en una semana. A veces pensaba en dejarlo todo y volver al pueblo de donde veníamos, pero allí tampoco tenía nada. Solo recuerdos y una casa vacía.
Una tarde, después de otra discusión con mi madre —esta vez por teléfono— me derrumbé en el baño. Me senté en el suelo frío y lloré hasta quedarme sin lágrimas. Mis hijos llamaban a la puerta: “Mamá, ¿estás bien?”. Me limpié la cara y salí con la mejor sonrisa que pude fingir.
—Claro que sí, cariño —le dije a Paula, la mayor—. Solo estaba cansada.
Paula tiene diez años pero parece mayor desde que falta su padre. A veces la veo mirarme con esos ojos oscuros llenos de preguntas que no sé responder. Los pequeños, Sergio y Ana, aún no entienden del todo lo que ha pasado, pero sienten el vacío igual que yo.
Una noche, mientras cenábamos arroz blanco porque no había para mucho más, Paula me miró muy seria:
—Mamá, ¿por qué abuela no quiere venir nunca?
Me atraganté con el arroz y tuve que beber agua antes de responder.
—Abuela está ocupada, cariño. Pero nosotras podemos con todo, ¿verdad?
Paula asintió sin mucha convicción. Yo también dudaba.
El tiempo pasaba y cada día era una batalla nueva: conseguir que los niños llegaran puntuales al colegio antes de irme corriendo a limpiar el portal de un edificio en Chamberí; volver a casa para prepararles algo rápido de comer; buscar trabajos por internet mientras ellos hacían los deberes; discutir con el casero porque no podía pagarle todo el alquiler ese mes; escuchar los reproches de mi madre al teléfono:
—No puedes seguir así toda la vida, Lucía. Tienes que buscarte un marido o algo estable.
—¿Un marido? —le respondí entre dientes—. Como si fuera tan fácil…
A veces pensaba que mi madre nunca había entendido mi vida ni mis decisiones. Ella siempre fue dura, práctica hasta el extremo. Cuando le dije que quería estudiar Bellas Artes me soltó: “Eso no da de comer”. Cuando me casé con Javier sin su bendición: “Te vas a arrepentir”. Y ahora… ahora simplemente se había cansado de mí.
Pero yo no podía rendirme. Por mis hijos. Por mí misma.
Un día recibí una llamada inesperada del colegio:
—Señora Martín, Paula ha tenido un ataque de ansiedad en clase. ¿Puede venir?
Sentí cómo se me helaba la sangre. Corrí al colegio dejando todo tirado. Encontré a Paula sentada en una silla del despacho de la orientadora, con los ojos rojos y las manos apretadas sobre las rodillas.
—Mamá… —susurró cuando me vio—. No quiero verte triste nunca más.
La abracé tan fuerte como pude y sentí cómo se me rompía algo por dentro. ¿Era yo la causa del dolor de mis hijos? ¿Mi tristeza era contagiosa?
Esa noche llamé a mi madre otra vez. No para pedirle ayuda, sino para decirle lo que sentía:
—Mamá, sé que tienes tu vida y tus razones. Pero necesito que entiendas lo difícil que es esto para mí… para tus nietos también. No te pido dinero ni favores eternos. Solo un poco de apoyo… aunque sea una llamada para preguntar cómo estamos.
Hubo un silencio largo al otro lado del teléfono.
—Lucía… —empezó ella con voz temblorosa—. No sé hacerlo de otra manera…
Colgué sintiendo una mezcla extraña de alivio y tristeza.
Desde entonces he aprendido a pedir ayuda fuera: vecinas que se turnan para recoger a los niños del colegio; madres del AMPA que comparten recetas baratas; incluso el párroco del barrio me consiguió unas horas extra limpiando la iglesia los domingos.
No es fácil. Hay días en los que quiero gritar o desaparecer. Pero cada vez que veo a mis hijos dormir juntos en esa cama pequeña pienso: “Por ellos merece la pena”.
Y aún así me pregunto: ¿Por qué es tan difícil pedir ayuda a quienes más queremos? ¿Cuántas madres como yo hay ahora mismo luchando solas en silencio?