Cincuenta y uno: El precio de volver a amar
—¿Pero cómo se te ocurre, Lucía? ¡A tu edad! —La voz de mi hija Marta retumbó en el salón, tan afilada como el cuchillo con el que cortaba el pan para la cena. Mi nieto, sentado a su lado, bajó la mirada al móvil, fingiendo no escuchar. Mi hijo Álvaro ni siquiera levantó la vista del telediario. Y yo, con las manos temblorosas sobre el mantel de cuadros, sentí que el aire se volvía denso, imposible de respirar.
No era la primera vez que discutíamos. Desde que les conté que estaba saliendo con Manuel, un hombre divorciado de mi barrio, diez años menor que yo y, para colmo, gitano, la casa se había convertido en un campo de batalla. Mi familia, tan moderna para unas cosas y tan antigua para otras, no podía soportar la idea de que su madre —la viuda respetable, la abuela entregada— rompiera todas las normas no escritas del barrio.
—Mamá, ¿de verdad crees que esto es lo mejor para ti? —insistió Marta, cruzando los brazos—. ¿No te das cuenta de lo que va a decir la gente? ¿De lo que van a pensar los vecinos?
Me mordí el labio. Había pasado media vida preocupándome por lo que pensaban los demás: las vecinas del portal, las amigas del club de lectura, incluso la panadera. Pero ahora… ahora sentía una mezcla de vértigo y libertad cada vez que Manuel me cogía de la mano en el parque o me hacía reír con sus historias de juventud.
—No me importa lo que digan —susurré, casi sin voz—. Por primera vez en mucho tiempo, soy feliz.
Álvaro bufó desde el sofá.
—¿Feliz? ¿Con un hombre que ni siquiera conocemos bien? ¿Que tiene fama de problemático? Mamá, por favor…
La palabra «problemático» me dolió más de lo que esperaba. Sabía que Manuel había tenido una vida difícil: trabajos precarios, una familia complicada, prejuicios por todas partes. Pero conmigo era tierno, atento… Me hacía sentir viva.
Esa noche apenas dormí. Me levanté varias veces a mirar por la ventana, como si esperara ver una señal en las luces lejanas de Madrid. Recordé a mi difunto marido, Enrique: un hombre bueno pero frío, incapaz de decir «te quiero» sin ruborizarse. Habíamos compartido treinta años de rutina y silencios. Cuando murió, creí que la vida se había acabado para mí.
Pero entonces apareció Manuel. Nos conocimos en la cola del supermercado. Él bromeó sobre el precio de las naranjas y yo reí como hacía años no lo hacía. Empezamos a vernos para tomar café, luego paseos por el Retiro… Y sin darme cuenta, me enamoré.
El problema era todo lo demás: mis hijos juzgándome, las miradas en misa los domingos, los susurros en la peluquería. Un día incluso encontré una nota anónima en mi buzón: «No des vergüenza a tus nietos».
Me sentí sola. Muy sola. Pero Manuel no se rindió.
—Lucía —me dijo una tarde mientras paseábamos por la Casa de Campo—, yo no quiero ser un problema para ti. Si quieres dejarlo… lo entenderé.
Le miré a los ojos y sentí un nudo en la garganta.
—No quiero dejarlo —respondí—. Por primera vez en mi vida siento que hago algo por mí.
Él sonrió y me besó la frente. En ese momento supe que tenía que luchar por nosotros.
Intenté hablar con mis hijos muchas veces. Les expliqué que no era una locura pasajera ni un capricho de señora mayor aburrida. Les conté cómo Manuel me cuidaba cuando tenía migrañas, cómo me acompañaba al médico o cómo me hacía sentir guapa con solo mirarme.
Pero ellos seguían encerrados en sus prejuicios.
Un domingo decidí invitar a Manuel a comer en casa. Quería que le conocieran de verdad. Marta puso mala cara desde el principio; Álvaro ni siquiera le saludó. La comida fue un desastre: silencios incómodos, preguntas hirientes…
—¿Y tú qué haces exactamente? —preguntó Marta con tono despectivo.
—Trabajo en la construcción —respondió Manuel con calma—. Ahora estoy en paro, pero busco algo fijo.
—Ya…
Sentí vergüenza ajena. Pero Manuel aguantó el tipo y hasta ayudó a recoger la mesa.
Cuando se fue, Marta explotó:
—¡No puedes traer a esa gente aquí! ¡No somos así!
Me temblaron las piernas. «Esa gente»… ¿De verdad mis hijos eran tan cerrados? ¿Tan incapaces de ver más allá del apellido o el color de piel?
Esa noche lloré como hacía años no lloraba. Lloré por mí, por Manuel y por todo lo que había callado durante décadas.
Pasaron semanas sin ver a mis hijos. Me sentía culpable pero también aliviada: podía ser yo misma sin miedo al juicio constante.
Manuel me propuso irnos unos días a Valencia, a ver el mar. Allí, paseando por la playa de la Malvarrosa bajo el sol tibio de octubre, sentí una paz nueva.
—¿Te arrepientes? —me preguntó él mientras recogíamos conchas.
Negué con la cabeza.
—No. Por primera vez no me arrepiento de nada.
Al volver a Madrid encontré una carta de Marta en el buzón. Decía que necesitaba tiempo para entenderme pero que me quería igual. Álvaro seguía distante pero al menos ya no gritaba por teléfono.
La vida siguió su curso: cafés con Manuel en Lavapiés, tardes de cine barato, risas compartidas bajo las luces navideñas de la Gran Vía…
A veces aún siento miedo: miedo al qué dirán, miedo a perder a mi familia. Pero también siento orgullo por haberme atrevido a vivir mi propia historia.
Ahora, sentada frente al ordenador y escribiendo estas líneas para vosotras —mujeres como yo, mujeres invisibles tras los años y los prejuicios— me pregunto:
¿Hasta cuándo vamos a dejar que otros decidan por nosotras? ¿Cuántas veces más vamos a renunciar al amor por miedo al qué dirán?