Un Matrimonio Forzado: La Vida que Nunca Elegí
—¿Y ahora qué vamos a hacer, Tomás? —La voz de Lucía temblaba, apenas un susurro en la cocina de sus padres, mientras el reloj marcaba las dos de la madrugada. Yo tenía veintitrés años y sentía que el mundo se me venía encima.
No podía dejar de mirar el test de embarazo sobre la mesa. Era positivo. Lucía y yo apenas llevábamos tres meses saliendo; nos conocíamos poco más que de vista del instituto y alguna que otra fiesta en el pueblo. Pero esa noche, nuestras vidas cambiaron para siempre.
—No lo sé, Lucía… No lo sé —respondí, con la voz rota. Sabía lo que venía después: la conversación con mis padres, la mirada decepcionada de mi madre, el silencio sepulcral de mi padre. Y, sobre todo, el juicio inapelable de los padres de Lucía, que ya nos miraban como si fuéramos dos críos irresponsables.
La noticia corrió como la pólvora por el barrio. En menos de una semana, ya todos sabían que Lucía estaba embarazada y que yo era el padre. En mi casa, mi madre lloraba en silencio mientras planchaba mi camisa para la boda civil. Mi padre no decía nada, pero su ceño fruncido era suficiente para entender lo que pensaba: «Esto no es lo que esperaba de ti».
La boda fue pequeña, casi clandestina. Solo los familiares más cercanos y algún amigo del pueblo. Nadie sonreía de verdad. Lucía llevaba un vestido sencillo, blanco roto, y yo un traje prestado por mi primo Álvaro. Recuerdo el momento en que el juez nos preguntó si aceptábamos casarnos: sentí un nudo en la garganta tan fuerte que apenas pude decir «sí».
Los primeros meses fueron una pesadilla. Lucía lloraba cada noche, yo me refugiaba en el trabajo en el taller mecánico de mi tío. No hablábamos más allá de lo imprescindible: las compras, las citas médicas, los preparativos para la llegada del bebé. Nuestros padres nos visitaban a menudo, trayendo comida y consejos no solicitados.
—Tenéis que aprender a ser una familia —decía mi suegra, mientras colocaba mantas en la cuna del bebé.
—Esto es lo correcto —repetía mi madre, como si quisiera convencerse a sí misma más que a mí.
Cuando nació nuestra hija, Paula, sentí algo parecido a la felicidad por primera vez en meses. Era pequeña, frágil, pero tenía unos ojos enormes que parecían mirarme con una mezcla de reproche y esperanza. Lucía y yo compartimos una sonrisa tímida en el hospital, pero fue efímera. La realidad volvió pronto: seguíamos siendo dos desconocidos obligados a convivir.
Con el tiempo, intentamos construir algo parecido a una vida juntos. Nos mudamos a un piso pequeño en Vallecas; yo seguí trabajando en el taller y Lucía encontró un empleo a media jornada en una tienda de ropa. Paula crecía sana y alegre, ajena a las tensiones entre sus padres.
Pero la presión nunca desapareció. Cada comida familiar era una prueba: comentarios velados sobre cómo debíamos educar a Paula, consejos sobre cómo mantener viva la chispa del matrimonio (¿qué chispa?), preguntas incómodas sobre cuándo vendría el segundo hijo.
—No entiendo por qué estáis siempre tan serios —decía mi tía Carmen—. Deberíais estar agradecidos por tener una familia tan bonita.
Yo asentía en silencio, tragando las palabras que realmente quería decir: que no era feliz, que sentía que estaba viviendo la vida de otro, que cada día me costaba más mirar a Lucía sin sentir culpa y resentimiento.
Una noche, después de acostar a Paula, me atreví a hablar con Lucía:
—¿Tú eres feliz? —le pregunté sin rodeos.
Ella me miró sorprendida, como si nunca se hubiera planteado esa pregunta.
—No lo sé… Supongo que esto es lo que toca —respondió encogiéndose de hombros—. ¿Y tú?
Negué con la cabeza. Por primera vez en años sentí que podía ser sincero con alguien.
—Siento que estoy atrapado —confesé—. Que nunca elegí nada de esto.
Lucía suspiró y se sentó a mi lado en el sofá. Nos quedamos en silencio largo rato. Al final, ella dijo algo que nunca olvidaré:
—Quizá deberíamos dejar de vivir para los demás y empezar a pensar en nosotros mismos.
Esa frase me persiguió durante semanas. Empecé a replantearme todo: mi trabajo, mi matrimonio, incluso mi relación con mis padres. ¿Qué sentido tenía seguir fingiendo? ¿Por qué debía sacrificar mi felicidad —y la de Lucía— solo para cumplir con las expectativas de una sociedad que ni siquiera se molestaba en preguntar cómo estábamos realmente?
Un domingo por la tarde, mientras paseábamos con Paula por el parque del Retiro, tomé una decisión. Me detuve frente a Lucía y le dije:
—No quiero seguir así. No quiero que nuestra hija crezca pensando que esto es normal.
Lucía asintió con lágrimas en los ojos. Sabíamos lo que significaba: separarnos sería un escándalo en nuestras familias, pero era la única forma de darnos una oportunidad real de ser felices.
El proceso fue duro: discusiones interminables con nuestros padres (“¡Estáis destrozando la familia!”, gritó mi madre), noches sin dormir pensando si estábamos haciendo lo correcto… Pero poco a poco aprendimos a convivir como padres separados y no como pareja forzada.
Hoy, años después, sigo viendo a Paula cada semana. Mi relación con Lucía es cordial; incluso hemos aprendido a reír juntos por cosas pequeñas. Mis padres aún no lo entienden del todo, pero he aprendido a vivir con ello.
A veces me pregunto cómo habría sido mi vida si hubiera tenido el valor de decir «no» desde el principio. ¿Cuántos vivimos atrapados por las expectativas ajenas? ¿Cuándo aprenderemos a elegir nuestro propio camino?