Cuando el amor se mide en porcentajes: la historia de los García

—¿Me puedes pasar la cuenta de la luz, Ana? —La voz de Luis, mi marido, resonó desde el salón, mientras yo intentaba terminar de planchar las camisas del colegio de los niños.

No contesté. No porque no le oyera, sino porque no podía creer lo que acababa de escuchar. ¿La cuenta de la luz? ¿Ahora también íbamos a dividirlo todo? Sentí un nudo en el estómago. Me giré y le miré desde el pasillo, con la plancha aún en la mano.

—¿Perdona? —pregunté, intentando mantener la calma.

Luis se levantó del sofá, con su portátil bajo el brazo. —He estado pensando que, ya que los dos trabajamos, lo justo sería que cada uno aporte un porcentaje a los gastos. Yo puedo cubrir el 70%, pero necesitaría que tú te encargues del 30% restante.

Me quedé helada. Llevábamos quince años juntos, dos hijos, una hipoteca y miles de recuerdos. Y ahora, ¿íbamos a medir nuestro amor y nuestra vida en porcentajes?

Esa noche no dormí. Me revolvía en la cama, escuchando su respiración tranquila. ¿Cómo habíamos llegado hasta aquí? Recordé cuando éramos jóvenes y compartíamos todo sin pensar en quién ponía más o menos. Pero ahora, con las facturas apilándose y la rutina devorándonos, todo parecía haberse convertido en una transacción.

A la mañana siguiente, mientras preparaba el desayuno para los niños, Luis dejó sobre la mesa una hoja con números: gastos mensuales, porcentajes, sumas y restas. Sentí rabia y tristeza a partes iguales.

—¿De verdad crees que esto es justo? —le pregunté en voz baja, para que los niños no escucharan.

—Ana, solo quiero que todo sea equitativo —respondió él, sin mirarme a los ojos.

Ese día fui al trabajo con el corazón encogido. En la oficina, mis compañeras notaron mi cara larga. Carmen, mi mejor amiga allí, me llevó al baño y me abrazó.

—¿Qué te pasa? —me preguntó.

Le conté todo entre lágrimas. Carmen me miró con incredulidad.

—Pero Ana… ¿y las tareas de casa? ¿Eso también lo vais a dividir?

Y ahí tuve una idea. Si íbamos a medirlo todo en porcentajes, yo también podía hacerlo. Esa noche, después de acostar a los niños, me senté frente a Luis.

—He estado pensando —le dije—. Si yo pago el 30% de los gastos, solo haré el 70% de las tareas domésticas. El otro 30% te toca a ti.

Luis se quedó callado. No supo qué decir. Pero yo estaba decidida.

Durante las siguientes semanas, empecé a dejar de hacer ciertas cosas: no recogía los platos después de cenar tres días a la semana, no lavaba la ropa blanca ni planchaba sus camisas. Los niños empezaron a notar el desorden y Luis se desesperaba buscando calcetines limpios.

Una noche, mientras cenábamos en silencio, nuestro hijo mayor, Pablo, preguntó:

—Mamá, ¿por qué está todo tan desordenado últimamente?

Me mordí el labio para no llorar. Luis bajó la cabeza. Sentí que estábamos arrastrando a nuestros hijos a una guerra absurda.

El fin de semana siguiente, mi suegra vino a casa. Al ver el caos reinante, me llevó aparte.

—Ana, hija, ¿qué está pasando aquí? Esta casa nunca ha estado así…

No supe qué responderle. Me sentí avergonzada y sola. Pero también enfadada por tener que justificarme ante todos.

Esa noche discutimos fuerte. Luis me reprochó que estaba llevando las cosas demasiado lejos.

—¿Demasiado lejos? —le grité—. ¿No te das cuenta de lo humillante que es tener que ponerle precio a todo lo que hago por esta familia?

Luis se quedó en silencio largo rato. Por primera vez le vi dudar.

Los días pasaban y la tensión crecía. Los niños estaban más nerviosos y yo cada vez más cansada. Una tarde, al recoger a Lucía del colegio, me encontré con Marta, otra madre del AMPA.

—Ana, tienes mala cara… ¿todo bien en casa?

Le conté por encima lo que pasaba y ella suspiró:

—En mi casa pasa igual… Mi marido piensa que porque trabajo media jornada tengo que hacerlo todo…

Me di cuenta de que no era la única. Que muchas mujeres españolas vivían lo mismo: esa sensación de estar siempre en deuda, de tener que justificar cada minuto y cada euro invertido en la familia.

Una noche no pude más y rompí a llorar delante de Luis.

—No quiero vivir así —le dije—. No quiero que nuestros hijos piensen que el amor se mide en porcentajes ni que las tareas del hogar son solo cosa mía.

Luis me abrazó por primera vez en semanas. Me pidió perdón entre lágrimas y prometió cambiar.

No fue fácil. Tuvimos que hablar mucho, pedir ayuda e incluso ir a terapia de pareja. Poco a poco fuimos reconstruyendo nuestra relación y aprendiendo a repartir las cargas de otra manera: hablando más y sumando esfuerzos en vez de dividirlos.

Hoy miro atrás y me pregunto: ¿Cuántas familias españolas estarán ahora mismo haciendo cuentas en vez de abrazarse? ¿Cuándo aprenderemos a valorar lo invisible y dejar de medirlo todo en porcentajes?