Entre el amor y el miedo: Mi embarazo, su rechazo y la familia en guerra

—¿Y ahora qué esperas que haga, Lucía? —me gritó Marcos, con la cara roja y los puños apretados sobre la mesa de formica de la cocina. El reloj marcaba las dos de la madrugada, pero en mi cabeza era como si el tiempo se hubiera detenido justo en ese instante, cuando le dije que estaba embarazada.

No podía dejar de mirarle las manos, temblorosas, ni de escuchar el eco de su madre, Carmen, repitiendo una y otra vez: “Esto no es lo que queremos para ti, hijo. No te dejes atrapar por una situación así”.

Me llamo Lucía, tengo veintiséis años y vivo en un barrio obrero de Madrid. Hasta hace dos meses, mi vida era sencilla: trabajaba en una tienda de ropa en el centro y compartía piso con mi amiga Nuria. Marcos y yo llevábamos juntos casi tres años. Siempre pensé que éramos felices, aunque él nunca quiso hablar de futuro. Yo sí soñaba con una boda sencilla, una casa pequeña y un perro. Ahora, todo eso se había convertido en una pesadilla.

—No sé qué esperas —continuó Marcos, bajando la voz pero sin mirarme a los ojos—. No estoy preparado para ser padre. Ni mucho menos para casarme. ¿Por qué me haces esto?

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. ¿Por qué me haces esto? Como si yo hubiera planeado quedarme embarazada para arruinarle la vida. Me levanté despacio y salí al balcón, buscando aire entre las luces lejanas de la ciudad. El frío de enero me cortó la piel, pero no podía volver a entrar.

A la mañana siguiente, Carmen vino a casa. Ni siquiera llamó antes de entrar. Me encontró sentada en el sofá, abrazando mis rodillas.

—Lucía, tienes que entenderlo —dijo con esa voz suya tan seca—. Marcos es joven, tiene toda la vida por delante. No puede atarse ahora por un error.

—¿Un error? —le respondí con rabia—. ¿Eso es lo que soy para vosotros? ¿Un error?

Ella suspiró y me miró como si fuera una niña caprichosa.

—No es personal. Pero tienes que ser realista. Si decides tener ese niño, será tu responsabilidad.

Me quedé muda. Sentí una mezcla de rabia y vergüenza. ¿Cómo podía ser tan fría? ¿Cómo podía apoyar a su hijo en vez de ayudarme?

Esa tarde, recibí un mensaje inesperado: “Lucía, ¿puedes venir a casa? Necesito hablar contigo. —Antonio”. Era el padre de Marcos. Siempre había sido amable conmigo, pero nunca habíamos hablado a solas.

Fui a su casa con el corazón encogido. Antonio me recibió en el salón, con una taza de café caliente.

—Sé que todo esto es un lío —empezó—. Pero quiero que sepas que no estás sola. Yo también fui padre joven y sé lo que es sentir miedo.

Le miré sorprendida. Nadie me había preguntado cómo me sentía.

—Marcos está asustado —continuó—. Pero eso no justifica que te deje sola en esto. Si decides tener al niño, quiero ayudarte. No permitas que nadie te haga sentir culpable por algo tan bonito como dar vida.

Lloré por primera vez desde que todo empezó. Antonio me abrazó como un padre y sentí un poco de esperanza.

Pero la guerra en la familia solo acababa de empezar.

Marcos se encerró en sí mismo. Apenas me hablaba y cuando lo hacía era para decirme que no estaba preparado, que no quería ser como sus padres, atados por un embarazo inesperado y una boda precipitada. Carmen le apoyaba en todo: “No te dejes manipular”, le decía cada vez que yo intentaba hablar con él.

En el trabajo, mis compañeras cuchicheaban a mis espaldas. Una mañana escuché a Marta decir: “¿Has visto a Lucía? Menudo marrón tiene encima…”. Sentí ganas de desaparecer.

Nuria intentaba animarme: “Tía, eres fuerte. Puedes con esto”. Pero yo solo quería dormir y despertar en otra vida.

Una noche, después de otra discusión con Marcos —esta vez porque le pedí que viniera conmigo a la primera ecografía y se negó—, me fui a casa de mis padres en Vallecas. Mi madre lloró conmigo; mi padre no dijo nada durante horas, hasta que al final murmuró: “Sea como sea, aquí tienes tu casa”.

Pasaron las semanas entre visitas al médico, silencios incómodos y mensajes fríos de Marcos: “¿Cómo estás?”. Nada más.

Un domingo por la tarde, Antonio vino a buscarme para dar un paseo por el Retiro. Caminamos entre los árboles desnudos mientras él hablaba de su juventud, de cómo Carmen nunca quiso casarse pero acabó cediendo por presión familiar.

—No quiero que mi nieto crezca rodeado de reproches —dijo—. Si decides seguir adelante sola, tendrás mi apoyo. Pero también creo que Marcos necesita tiempo para entender lo que siente.

Yo ya no sabía qué sentir. ¿Esperar a que él cambiara? ¿Seguir adelante sola? ¿Abortar? Cada opción era un abismo.

Una tarde cualquiera, mientras doblaba ropa en la tienda, sentí una punzada fuerte en el vientre y tuve que sentarme. El miedo me paralizó: ¿y si perdía al bebé? Llamé a Marcos llorando; no contestó. Llamé a Antonio; vino corriendo y me llevó al hospital.

Todo salió bien, pero esa noche decidí que no podía seguir esperando a nadie más para ser feliz o infeliz.

Al día siguiente cité a Marcos en una cafetería del centro.

—Voy a tener este niño —le dije mirándole a los ojos—. No te pido que te cases conmigo ni que hagas nada que no quieras hacer. Pero quiero saber si vas a estar o no.

Él bajó la mirada y murmuró:

—No lo sé… Necesito tiempo.

Me levanté despacio y salí sin mirar atrás.

Ahora escribo esto desde mi habitación en casa de mis padres. Sigo teniendo miedo, pero también siento una fuerza nueva dentro de mí. No sé si Marcos volverá o si Carmen algún día aceptará a mi hijo como su nieto. Pero sé que no estoy sola: tengo a mi familia, a Antonio… y sobre todo, tengo a este pequeño ser creciendo dentro de mí.

A veces me pregunto: ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar lo inesperado? ¿Por qué el miedo puede más que el amor? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?