Cuando el Amor se Rompe en Casa: La Noche que Descubrí la Traición

—¿Por qué huele a perfume aquí? —me pregunté en voz baja, cerrando la puerta de casa con las llaves aún temblando entre mis dedos. Era la una de la madrugada y acababa de regresar del hospital, donde nuestra hija Lucía llevaba tres días ingresada por una neumonía que nos tenía el alma en vilo. Mi marido, Álvaro, había insistido en quedarse en casa esa noche porque, según él, necesitaba descansar para poder estar fuerte por la mañana. Yo, agotada y con el corazón encogido, acepté sin sospechar nada.

Pero al entrar, el salón estaba iluminado y había dos copas de vino sobre la mesa. El televisor encendido mostraba una película romántica. Y entonces la vi: una bufanda roja, de mujer, sobre el respaldo del sofá. Mi mente se negó a aceptar lo obvio. Caminé despacio hacia el dormitorio y escuché risas ahogadas tras la puerta. Me temblaban las piernas.

—¿Álvaro? —mi voz sonó débil, casi infantil.

La puerta se abrió de golpe y él apareció, despeinado y con la camisa mal abrochada. Detrás de él, una mujer rubia, joven, que intentaba cubrirse con las sábanas.

—¡No es lo que parece! —balbuceó Álvaro, pero ni siquiera él se lo creía.

No recuerdo cómo salí de allí. Solo sé que corrí escaleras abajo, llorando en silencio para no despertar a los vecinos. Caminé hasta el hospital, donde Lucía dormía conectada a una máquina que le ayudaba a respirar. Me senté a su lado y le acaricié el pelo, sintiendo que el mundo se desmoronaba bajo mis pies.

Al día siguiente, llamé a mi madre. Necesitaba su apoyo, su abrazo, su voz firme diciéndome que todo iría bien. Pero cuando le conté lo sucedido, su respuesta me dejó helada.

—Hija, los hombres son así. No vayas a hacer una tragedia por una tontería. Piensa en Lucía. No puedes permitirte un divorcio ahora —me dijo con ese tono seco que siempre usaba cuando quería cerrar una conversación.

—¿Una tontería? ¡Mamá, me ha traicionado en nuestra propia casa mientras nuestra hija está enferma! —grité entre sollozos.

—No seas dramática, Carmen. Tu padre también tuvo sus cosas y aquí seguimos. Hay cosas peores —sentenció antes de colgar.

Me sentí más sola que nunca. En el hospital, las enfermeras me miraban con compasión mientras yo intentaba mantenerme entera por Lucía. Pero por dentro estaba rota. Álvaro me mandó mensajes pidiéndome perdón, jurando que había sido un error, que no volvería a pasar. Pero yo ya no podía mirarle igual.

Durante los días siguientes, mi madre insistió en que debía perdonar y seguir adelante «por el bien de la niña». Mis amigas me decían que era una locura aguantar algo así, que debía pensar en mí misma por una vez. Pero yo solo veía a Lucía, tan frágil y pequeña en esa cama de hospital.

Una tarde, mientras le leía un cuento a Lucía y ella jugaba con mis dedos, Álvaro apareció con flores y una caja de bombones. Se arrodilló junto a la cama y me miró con ojos suplicantes.

—Carmen, te juro que fue un error. No sé qué me pasó. Estaba solo, asustado… No quiero perderte ni perder a Lucía —dijo en voz baja.

Le miré largo rato sin decir nada. Por un momento recordé nuestro primer beso en la Plaza Mayor de Salamanca, las noches de verano paseando por el río Tormes, las promesas de amor eterno bajo las estrellas. ¿Dónde había quedado todo eso?

Esa noche no dormí. Pensé en mi madre y en cómo había soportado las infidelidades de mi padre durante años «por el bien de la familia». Pensé en todas las veces que había visto a mi madre llorar en silencio mientras preparaba la cena o planchaba camisas ajenas. ¿Era ese el destino que quería para mí? ¿Para Lucía?

Cuando Lucía mejoró y nos dieron el alta, volví a casa solo para recoger algunas cosas. Álvaro intentó abrazarme pero yo me aparté.

—Necesito tiempo —le dije—. Y tú también deberías pensar en lo que has hecho.

Me fui a casa de mi amiga Marta, quien me acogió sin hacer preguntas. Allí lloré todo lo que no había llorado en el hospital. Marta me preparó chocolate caliente y me dejó dormir en su sofá mientras ella cuidaba de Lucía para que yo pudiera descansar unas horas seguidas por primera vez en semanas.

Los días pasaron y mi madre seguía llamando para decirme que debía volver con Álvaro «por las apariencias» y porque «una mujer sola no es nada». Cada llamada era una puñalada más.

Un día decidí enfrentarla cara a cara. Fui a su casa y la encontré viendo la televisión como si nada hubiera pasado.

—Mamá, ¿de verdad crees que debo perdonar esto? ¿De verdad crees que vivir así es mejor para Lucía? —le pregunté con la voz temblorosa.

Ella suspiró y bajó el volumen.

—La vida no es fácil para nadie, Carmen. Hay que saber aguantar —dijo sin mirarme.

—¿Y tú eres feliz? —le pregunté casi en un susurro.

No respondió. Solo vi cómo se le humedecían los ojos antes de volver la vista al televisor.

Salí de allí sintiendo una mezcla de rabia y compasión por ella… y por mí misma.

Hoy escribo esto desde el pequeño piso de Marta, con Lucía dormida a mi lado y el corazón aún hecho trizas pero con una extraña sensación de libertad. No sé qué pasará mañana ni si podré perdonar alguna vez a Álvaro o a mi madre por no estar cuando más las necesitaba. Pero sí sé que no quiero vivir una vida de resignación ni enseñarle eso a mi hija.

¿De verdad debemos aguantarlo todo «por el bien de la familia»? ¿O ha llegado el momento de romper cadenas y buscar nuestra propia felicidad? ¿Qué haríais vosotros si estuvierais en mi lugar?