El regalo que rompió mi familia: Historia de un piso en Madrid
—¿De verdad crees que esto es justo, mamá? —grité, con la voz rota, mientras mi hermana Lucía me miraba desde el otro lado del salón, los ojos llenos de lágrimas y rabia.
Mi madre, Mercedes, se quedó callada. Mi padre, Antonio, apretaba los labios y miraba al suelo. El aire en el piso de la calle Alcalá era denso, casi irrespirable. Aquel salón, donde de niñas jugábamos a las casitas y celebrábamos los Reyes Magos, se había convertido en un campo de batalla.
Todo empezó hace un año, cuando mis padres nos llamaron a Lucía y a mí para darnos una noticia: habían decidido adelantarnos la herencia y regalarnos el piso familiar. «Queremos que tengáis algo vuestro, que no os falte nunca un techo en Madrid», dijo mi padre con esa voz suya tan segura. Yo sentí una mezcla de alegría y vértigo. Lucía sonrió, pero sus ojos ya tenían esa sombra que yo conocía tan bien.
Al principio todo fue ilusión. Hablábamos de reformas, de cómo repartiríamos las habitaciones. Pero pronto surgieron las primeras grietas. Lucía quería mudarse con su pareja, Sergio, cuanto antes. Yo acababa de romper con mi novio y necesitaba tiempo para pensar. «No puedes retrasarlo todo por tus dramas», me soltó Lucía una tarde, harta de mis dudas.
Las discusiones se hicieron diarias. Mi madre intentaba mediar: «Sois hermanas, tenéis que entenderos». Pero era imposible. Lucía me acusaba de ser egoísta, yo la veía como una aprovechada. Sergio empezó a meter baza: «Carmen siempre ha sido la favorita». Mi padre, cansado, dejó de hablar del tema y se refugiaba en sus paseos por el Retiro.
Una noche, después de una pelea especialmente dura, Lucía me gritó:
—¡O te decides ya o me quedo yo con todo! ¡No pienso esperar más!
Me encerré en mi habitación y lloré hasta quedarme dormida. Al día siguiente, mi madre me encontró hecha un ovillo en la cama.
—Hija, esto no era lo que queríamos…
—Pues lo habéis conseguido —le respondí sin mirarla—. Habéis conseguido que nos odiemos.
Los meses pasaron y la tensión fue creciendo. Empezamos a hablar solo por WhatsApp, mensajes fríos y cortantes. Las comidas familiares se volvieron incómodas. Mi abuela Rosario preguntaba por qué ya no reíamos juntas. Nadie se atrevía a contarle la verdad.
Un día recibí una llamada inesperada de mi tía Pilar:
—Carmen, ¿qué está pasando entre vosotras? Tu madre está destrozada.
No supe qué decirle. ¿Cómo explicar que el regalo más grande se había convertido en una maldición? Que el piso era ahora un símbolo de todo lo que nos separaba.
La gota que colmó el vaso llegó cuando Lucía propuso vender el piso para repartirse el dinero. Yo me negué en redondo. Ese piso era nuestro hogar, el lugar donde papá nos leía cuentos y mamá preparaba cocido los domingos.
—¡Siempre pensando en ti! —me gritó Lucía—. ¡No tienes derecho a decidir por las dos!
La discusión fue tan fuerte que mi padre tuvo que intervenir:
—¡Basta ya! Si seguís así, lo vendemos nosotros y punto.
Ese día sentí que algo se rompía para siempre. Dejé de hablarle a Lucía durante meses. Mis padres envejecieron de golpe; mi madre dejó de salir con sus amigas y mi padre apenas sonreía.
Una tarde de otoño, volví al piso para recoger unas cosas. El salón estaba vacío, pero aún olía a café y a colonia Nenuco. Me senté en el sofá y lloré como una niña pequeña. Recordé las risas, los juegos, las Navidades… ¿Cómo habíamos llegado hasta aquí?
Esa noche le escribí a Lucía:
—¿De verdad vale la pena perderlo todo por un piso?
Tardó días en responderme. Cuando lo hizo, solo puso: «No lo sé».
Hoy sigo sin saber si algún día podremos perdonarnos del todo. Mis padres han decidido alquilar el piso mientras tanto; dicen que así nadie discute. La familia nunca volvió a ser la misma.
A veces me pregunto si los regalos más grandes no son también las pruebas más duras. ¿Qué haríais vosotros? ¿Vale la pena sacrificar la familia por algo material?