Más allá del sabor: El precio de la perfección
—¿Otra vez has comprado tomates de invernadero, Carmen? —La voz de Luis retumbó en la cocina, cortando el aire como un cuchillo. Yo, con las manos aún húmedas por lavar la lechuga, sentí cómo se me encogía el estómago.
—No había de los otros, Luis. Era eso o nada —respondí, intentando sonar tranquila, aunque por dentro hervía de rabia y cansancio.
Él resopló, se acercó al bol y examinó los tomates como si fueran sospechosos de algún crimen. —Siempre te da igual. Pero yo te he dicho mil veces que los tomates de invernadero no saben a nada. ¿Por qué no puedes hacer las cosas bien?
Me mordí el labio para no gritarle que llevaba todo el día trabajando en la oficina, que había corrido al supermercado antes de que cerrara y que, sinceramente, lo último que me apetecía era discutir por un puñado de tomates. Pero no dije nada. Me limité a seguir cortando cebolla, con los ojos llenos de lágrimas que ya no sabía si eran por la cebolla o por la impotencia.
Luis siempre había sido exigente con la comida. Decía que era porque su madre, Mercedes, cocinaba como los ángeles y que él había crecido con el paladar educado. Yo, en cambio, venía de una familia donde la comida era sencilla y abundante, pero nunca motivo de discusión. En casa de mis padres, si había lentejas, todos comíamos lentejas y punto. Nadie se quejaba.
Pero con Luis todo era diferente. Cada comida era una prueba. Si el pescado no estaba en su punto, si la ensalada tenía demasiada sal, si el pan no era del día… Siempre había algo que no estaba bien. Al principio me esforzaba por complacerlo; buscaba recetas nuevas, iba a mercados lejanos para encontrar los ingredientes más frescos. Pero con el tiempo, mi entusiasmo se fue apagando y solo quedó el cansancio.
Aquella noche, mientras removía la sopa y sentía su mirada clavada en mi nuca, pensé en lo mucho que habíamos cambiado. Recordé nuestros primeros meses juntos, cuando cualquier cosa que cocinara le parecía deliciosa porque lo importante era estar juntos. ¿En qué momento se había convertido todo en una competición?
—¿Vas a ponerle ajo? —preguntó Luis, interrumpiendo mis pensamientos.
—Sí, como siempre —contesté sin mirarlo.
—Pues no pongas mucho. Ya sabes que me repite.
Me giré y le miré a los ojos. —¿Por qué no cocinas tú? —solté de repente, sorprendida incluso por mi propio atrevimiento.
Luis frunció el ceño. —Porque tú eres la que tiene tiempo para estas cosas. Yo trabajo muchas horas.
—Yo también trabajo muchas horas —repliqué—. Y aun así vengo corriendo para que tengas la cena lista cuando llegues.
El silencio se hizo espeso entre nosotros. Luis se encogió de hombros y salió del comedor sin decir nada más. Me quedé sola en la cocina, escuchando el burbujeo de la sopa y preguntándome en qué momento había empezado a sentirme tan sola estando acompañada.
La cena fue un desfile de silencios incómodos y miradas esquivas. Luis apenas probó la sopa y apartó los tomates con gesto despectivo. Yo comí en silencio, masticando la rabia junto con el pan duro del día anterior.
Después de cenar, recogí los platos mientras él se encerraba en el despacho a ver las noticias. Me apoyé en la encimera y dejé que las lágrimas corrieran libres por mis mejillas. No era solo por los tomates ni por la sopa ni por el ajo. Era por todo lo que habíamos dejado de ser.
Esa noche apenas dormí. Di vueltas en la cama mientras Luis roncaba a mi lado, ajeno a mi desvelo. Pensé en mi madre, en cómo siempre encontraba tiempo para reírse aunque las cosas fueran mal. Pensé en mi padre, que nunca le exigió nada a nadie salvo respeto y cariño. Y pensé en mí misma, en la Carmen que fui antes de conocer a Luis: alegre, espontánea, capaz de reírse de sus propios errores.
A la mañana siguiente, mientras preparaba café, Luis entró en la cocina sin mirarme.
—Hoy comeré fuera —dijo secamente.
No respondí. Solo asentí con la cabeza y seguí removiendo el café. Sentí un peso enorme sobre los hombros, como si cada palabra no dicha se hubiera convertido en una piedra más en mi espalda.
Esa tarde llamé a mi hermana Lucía. Hacía semanas que no hablábamos porque siempre encontraba alguna excusa para no contarle lo mal que iban las cosas con Luis.
—¿Qué te pasa? —preguntó Lucía nada más escuchar mi voz temblorosa.
—No puedo más —susurré—. Siento que todo lo hago mal y que nada es suficiente para él.
Lucía guardó silencio unos segundos antes de responder:
—Carmen, tú vales mucho más que unos tomates o una sopa perfecta. No puedes vivir intentando complacer a alguien que nunca está satisfecho.
Sus palabras me golpearon como un jarro de agua fría. Lloré durante minutos al teléfono mientras ella me escuchaba sin juzgarme.
Esa noche decidí dormir en el sofá. No tenía fuerzas para enfrentarme a Luis ni para fingir que todo estaba bien. Me tapé con una manta vieja y me quedé mirando el techo hasta quedarme dormida.
Pasaron los días y las discusiones se hicieron más frecuentes. Todo era motivo de reproche: el detergente equivocado, las camisas mal planchadas, el polvo en las estanterías… Un domingo por la tarde, después de una discusión especialmente amarga sobre el arroz pasado, exploté.
—¡Basta ya! —grité—. No puedo más con tus exigencias ni con tu perfeccionismo enfermizo. ¿Sabes qué? Prefiero comer sola toda mi vida antes que seguir sintiéndome así cada día.
Luis me miró sorprendido, como si no entendiera nada. Pero yo sí lo entendía: había llegado al límite.
Esa misma noche hice la maleta y me fui a casa de Lucía. Lloré mucho los primeros días, pero también sentí una extraña sensación de alivio. Por primera vez en años podía cocinar lo que quisiera sin miedo a ser juzgada.
Hoy han pasado meses desde aquella última cena con Luis. He vuelto a reírme cocinando con mi familia y mis amigos; he recuperado poco a poco esa parte de mí que creía perdida para siempre.
A veces me pregunto: ¿Cuántas veces sacrificamos nuestra felicidad por intentar complacer a quien nunca estará satisfecho? ¿Vale la pena perderse a uno mismo por miedo a estar solo?