Treinta años y un adiós: Cuando la traición viene de casa
—¿Así que esto es todo? ¿Treinta años juntos y me lo dices ahora, Fernando? —Mi voz temblaba, pero no de rabia, sino de incredulidad. Él no me miraba a los ojos. Jugaba con las llaves del coche, como si fueran la solución a todo.
—No es fácil para mí tampoco, Carmen. Pero necesito vivir, sentirme vivo otra vez. —Su voz era hueca, como si recitara un guion aprendido.
Recuerdo que esa tarde de febrero llovía en Madrid. Las gotas golpeaban los cristales del salón y yo sentía que cada una era un golpe en mi pecho. Treinta años juntos. Tres décadas de cenas familiares, vacaciones en la playa de Sanlúcar, discusiones por tonterías y reconciliaciones en la cocina. Todo eso se desmoronaba con una sola frase.
No supe qué decir. Me quedé allí, de pie, viendo cómo recogía una maleta que ya tenía preparada. Ni siquiera tuve fuerzas para llorar. Cuando cerró la puerta tras de sí, el silencio fue tan denso que me costaba respirar.
Los días siguientes fueron un borrón. No comía, no dormía. Mi hermana Pilar venía cada tarde a verme y me obligaba a tomar un poco de caldo. —Carmen, tienes que ser fuerte. Por ti y por los niños —me repetía.
Pero los niños… Mis hijos ya no eran niños. Álvaro tenía 28 años y Lucía 25. Ambos vivían fuera, pero cuando les llamé para contarles lo que había pasado, sentí que el mundo se partía en dos otra vez.
—Mamá, papá tiene derecho a rehacer su vida —me dijo Álvaro por teléfono, con esa voz fría que nunca le había escuchado.
—No quiero meterme en vuestros problemas —añadió Lucía—. Pero papá siempre ha estado ahí para nosotros.
¿Y yo? ¿Acaso yo no había estado ahí? ¿No había sido yo quien les llevaba al colegio cada mañana, quien les curaba las rodillas peladas en el parque del Retiro, quien les preparaba la merienda cuando volvían de la universidad?
La traición de Fernando dolía, sí. Pero la indiferencia de mis hijos era como una puñalada lenta y profunda.
Las semanas pasaron y la noticia corrió como la pólvora entre amigos y vecinos. En el supermercado, las miradas se clavaban en mi espalda. En la panadería, la señora Rosario me ofrecía magdalenas gratis con una sonrisa compasiva.
Una tarde, mientras recogía la ropa tendida en el patio interior, escuché a mis vecinas hablar:
—Dicen que Fernando se ha ido con una chica joven del trabajo…
—Pobre Carmen, con lo buena mujer que es…
Me sentí pequeña, insignificante. Como si mi vida se hubiera reducido a un rumor más en el bloque.
Un día recibí un mensaje de Fernando: “Voy a pasar por casa a recoger unos papeles. ¿Puedes estar fuera?” Ni siquiera tenía el valor de mirarme a la cara. Me fui a dar un paseo por el Retiro y lloré sentada en un banco, rodeada de parejas jóvenes y familias felices.
Pilar insistía en que saliera más, que no podía quedarme encerrada en casa esperando una llamada que nunca llegaría. Así que empecé a ir a clases de pintura en el centro cultural del barrio. Allí conocí a Teresa y a Manolo, dos divorciados que me contaron sus historias entre pinceles y cafés con leche.
—Al principio crees que te vas a morir —me dijo Teresa—. Pero luego te das cuenta de que sigues aquí. Y eso es lo importante.
Poco a poco fui recuperando algo parecido a la alegría. Empecé a salir a caminar por Madrid al atardecer, a tomarme un vino sola en alguna terraza de Malasaña, a leer novelas en la cama sin esperar el sonido de las llaves en la puerta.
Pero los domingos seguían siendo un suplicio. Álvaro y Lucía venían a comer una vez al mes. Yo preparaba su plato favorito —cocido madrileño— y ponía la mesa como antes. Pero ya no era igual.
—Papá está bien —decía Lucía mientras removía los garbanzos—. Dice que deberías intentar pasar página.
—¿Pasar página? —respondí sin poder evitarlo—. ¿Sabéis lo que es despertarse sola después de treinta años? ¿Sabéis lo que es mirar las fotos familiares y sentir que todo era mentira?
Álvaro bajó la mirada y Lucía suspiró. Nadie dijo nada más durante un rato.
Una noche recibí una llamada inesperada. Era Fernando.
—Carmen… sólo quería saber cómo estabas.
—¿Ahora te importa? —le solté sin pensarlo.
Hubo un silencio largo al otro lado del teléfono.
—Lo siento —dijo al fin—. Sé que te he hecho daño… pero necesitaba empezar de nuevo.
Colgué antes de decir algo de lo que pudiera arrepentirme.
A veces pienso en todo lo que di por esa familia: mis sueños de ser profesora de literatura, los viajes que nunca hicimos porque había que ahorrar para los estudios de los niños, las noches en vela esperando a que Fernando volviera del trabajo… ¿De qué sirvió todo eso?
Un día encontré una carta antigua entre mis cosas. Era de mi madre, escrita poco antes de morir: “Hija, nunca olvides quién eres ni lo que vales”. Lloré como una niña al leerla. Y entonces entendí que tenía que reconstruirme desde dentro.
Empecé a escribir un diario. Cada noche anotaba mis miedos, mis pequeñas victorias: hoy he salido sin maquillarme y no me ha importado; hoy he reído con Teresa hasta llorar; hoy he soñado con viajar sola a Granada.
Un año después del divorcio, me atreví a irme sola unos días al sur. Caminé por las calles empedradas de Córdoba, probé salmorejo en una taberna y hablé con desconocidos sin miedo ni vergüenza. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí libre.
Mis hijos siguen sin entender del todo mi dolor. Pero ya no espero nada de ellos ni de Fernando. Ahora sólo espero algo de mí misma: volver a quererme.
A veces me pregunto: ¿Por qué es tan fácil juzgar el dolor ajeno? ¿Por qué cuesta tanto ponerse en la piel de una madre traicionada? ¿Cuántas mujeres como yo hay ahora mismo preguntándose si alguna vez volverán a ser felices?