La promesa que me rompió: El precio de cuidar a Lucía

—¡No puedes irte ahora, mamá! —grité, con la voz quebrada, mientras el monitor del hospital emitía ese pitido monótono y cruel. Mi madre me miró con esos ojos cansados y dulces que siempre supieron perdonarlo todo. Me agarró la mano con una fuerza inesperada y susurró: —Álvaro, prométeme que cuidarás de Lucía. No la abandones nunca. La casa será tuya, pero cuídala como si fuera tu hija.

Apreté los dientes y asentí, sin saber que ese sí sería mi condena.

Lucía tenía 27 años, pero su mente y cuerpo se habían quedado anclados en la infancia. Mi padre había muerto hacía años y mi hermano mayor, Sergio, hacía tiempo que se había marchado a Barcelona, huyendo de las responsabilidades familiares. Así que ahí estaba yo, con 34 años, un trabajo mediocre en una gestoría y una vida que nunca había terminado de arrancar.

El funeral fue un desfile de caras largas y palabras vacías. Sergio apareció solo para firmar los papeles del testamento y marcharse antes de que terminara el café. —Tú te quedas con la casa, ¿no? Pues ya sabes lo que tienes que hacer —me dijo, sin mirarme a los ojos. Sentí una punzada de rabia y soledad.

Los primeros meses fueron un infierno disfrazado de rutina. Lucía necesitaba ayuda para todo: comer, vestirse, ir al baño. Yo intentaba mantener la calma, pero cada noche me sentaba en el sofá, mirando las fotos familiares y preguntándome por qué me había tocado a mí cargar con todo aquello. Mis amigos dejaron de llamarme; mi novia, Marta, aguantó seis meses antes de decirme que no podía más.

—No eres el mismo, Álvaro. Ya no sonríes. Solo hablas de Lucía y de la casa. Esto no es vida —me dijo entre lágrimas.

—¿Y qué quieres que haga? ¡Es mi hermana! —le grité, más a mí mismo que a ella.

—No puedes salvarla a costa de perderte tú —susurró antes de marcharse para siempre.

La casa empezó a pesarme como una losa. Cada rincón me recordaba a mi madre, a las Navidades felices, a los veranos en la terraza. Pero ahora solo era un escenario para mis frustraciones y las crisis de Lucía. Los vecinos murmuraban a mis espaldas; algunos me miraban con lástima, otros con desprecio.

Una tarde de otoño, mientras intentaba darle la merienda a Lucía, ella tiró el plato al suelo y empezó a gritar. Yo perdí los nervios y le grité también. —¡¿Por qué no puedes comportarte como una adulta?! —me salió del alma. Al instante me sentí el peor ser humano del mundo. Me arrodillé junto a ella y lloré como un niño.

Las visitas al centro de salud se hicieron cada vez más frecuentes. Los médicos me decían que buscara ayuda profesional, pero los servicios sociales estaban saturados y las listas de espera eran eternas. Sergio seguía sin contestar mis llamadas; solo enviaba transferencias puntuales para «gastos de Lucía», como si el dinero pudiera comprar el tiempo o el cariño.

Una noche, exhausto, me quedé dormido en el sofá mientras Lucía veía dibujos animados. Me desperté sobresaltado por un ruido sordo: Lucía se había caído intentando ir sola al baño. Sangraba por la frente y lloraba desconsolada. La llevé corriendo a urgencias y allí, mientras esperaba al médico, sentí cómo algo dentro de mí se rompía para siempre.

—¿No tiene usted familia que le ayude? —me preguntó la enfermera con voz neutra.

—No —respondí sin pensarlo.

A partir de entonces todo fue cuesta abajo. Empecé a faltar al trabajo; me despidieron. Vendí el coche para pagar a una cuidadora por las mañanas, pero el dinero no llegaba para todo. La casa empezó a deteriorarse: goteras en el techo, humedades en las paredes… Yo ya no tenía fuerzas ni para llamar a un fontanero.

Un día recibí una carta certificada: Sergio quería vender su parte de la casa (la herencia nunca se había formalizado del todo) y amenazaba con llevarme a juicio si no aceptaba una venta rápida. Discutimos por teléfono:

—¡Tú prometiste cuidar de Lucía! ¡Yo tengo derecho a rehacer mi vida! —gritó él desde su piso en Barcelona.

—¿Y yo qué? ¿No tengo derecho a nada? —le respondí entre sollozos.

—Tú elegiste quedarte con la casa —sentenció antes de colgar.

La cuidadora dejó de venir cuando dejé de pagarle. Yo apenas salía ya de casa; vivíamos los dos encerrados entre recuerdos y reproches mudos. Una noche fría de enero, Lucía tuvo fiebre alta y delirios. Llamé al 112 y la ambulancia tardó más de una hora en llegar. En el hospital me dijeron que era una neumonía grave.

Lucía murió tres días después. Nadie vino al entierro salvo yo y una vecina anciana que apenas conocíamos. Sergio mandó flores desde Barcelona; ni siquiera llamó.

Ahora la casa está vacía y silenciosa. Camino por los pasillos y escucho mis propios pasos resonando entre las paredes desconchadas. Tengo la casa, sí… pero he perdido todo lo demás: mi hermana, mi pareja, mis amigos… incluso mi propia vida parece haberse esfumado entre promesas rotas y sacrificios inútiles.

A veces me siento en la vieja butaca del salón y miro por la ventana al parque donde jugábamos de niños. Me pregunto si hice lo correcto o si simplemente fui un cobarde incapaz de decir «no» cuando aún estaba a tiempo.

¿De verdad mereció la pena cumplir aquella promesa? ¿Cuántas vidas pueden romperse por un juramento hecho desde el amor… o desde la culpa?