¿Por qué necesitas otro piso, si ya tienes cuatro?

—¿Por qué necesitas otro piso, Tamara, si ya tienes cuatro? —le grité, con la voz quebrada, mientras mi madre nos miraba desde el sofá, con los ojos llenos de miedo y resignación.

Tamara ni siquiera parpadeó. Su mirada era fría, calculadora, como si yo fuera una extraña y no su hermana pequeña. —No es asunto tuyo, Elena. Papá dejó este piso a nombre de las dos. Tengo derecho a mi parte. No voy a discutirlo más.

Sentí cómo me ardían las mejillas. El salón de nuestro piso en Lavapiés, ese refugio que había sido testigo de nuestras risas infantiles y también de las peleas de nuestros padres antes del divorcio, ahora era un campo de batalla. Mi madre, Carmen, se encogía en el sofá como si quisiera desaparecer. Yo solo podía pensar en una cosa: ¿dónde íbamos a ir mamá y yo si Tamara nos echaba?

La historia empezó meses antes, cuando papá murió repentinamente de un infarto. No éramos una familia perfecta, pero al menos teníamos la certeza de que el piso era nuestro hogar. Tamara siempre fue la ambiciosa: estudió Derecho, se casó con un empresario y empezó a comprar pisos en el centro de Madrid como quien colecciona bolsos caros. Yo, en cambio, me quedé cuidando de mamá cuando la artritis empezó a dejarla casi inválida. Trabajaba media jornada en una librería y el resto del tiempo lo dedicaba a acompañarla al médico o hacerle la compra.

El testamento fue claro: el piso era para las dos. Pero Tamara no tardó en aparecer con su abogado y una propuesta: vender el piso y repartir el dinero. —Con lo que te toque puedes alquilar algo pequeño —me dijo, como si fuera tan fácil mudarse y dejar atrás toda una vida.

—¿Y mamá? —pregunté, sin poder creer lo que oía.

—Mamá puede venir a vivir conmigo —respondió Tamara, pero todos sabíamos que era mentira. Su marido nunca soportó a nuestra madre y ella misma apenas la llamaba una vez al mes.

Las semanas siguientes fueron un infierno. Tamara venía cada dos días con papeles para firmar. Mi madre lloraba en silencio cada vez que escuchaba la puerta. Yo intentaba mantenerme firme, pero la presión era insoportable. Los vecinos empezaron a murmurar; algunos me animaban a resistir, otros decían que Tamara tenía derecho.

Una noche, mientras preparaba la cena, escuché a mamá sollozar en su habitación. Entré y la encontré abrazando una foto de papá.

—No quiero irme de aquí, Elena —me susurró—. Aquí está todo lo que me queda de él.

Me senté a su lado y la abracé fuerte. —No vamos a irnos, mamá. Te lo prometo.

Pero las promesas no pagan abogados ni detienen notificaciones judiciales. Tamara inició un proceso de división de bienes. Recibimos una carta del juzgado: si no llegábamos a un acuerdo, el piso se subastaría.

Empecé a perder el sueño. Mi jefe notó mis ojeras y mi falta de concentración. Una tarde me llamó al despacho.

—Elena, ¿todo bien en casa?

No pude evitarlo: rompí a llorar delante de él. Me ofreció unos días libres y me recomendó un abogado amigo suyo que trabajaba con casos de herencias complicadas.

La primera vez que fui al despacho del abogado, sentí vergüenza. ¿Cómo podía estar peleando con mi propia hermana por un techo? Pero él me escuchó con paciencia.

—Elena, tienes derechos como copropietaria y como cuidadora principal de tu madre. Hay jurisprudencia que protege a los familiares vulnerables en casos como este —me explicó.

Por primera vez en meses sentí una chispa de esperanza. Pero Tamara no se rindió fácilmente. Me llamó una noche:

—¿De verdad vas a llevar esto a juicio? ¿Vas a arrastrar el nombre de papá por los tribunales?

—Papá nunca habría querido esto —le respondí—. Pero tampoco querría vernos en la calle por tu avaricia.

Colgó sin decir adiós.

El juicio fue largo y doloroso. Mamá tuvo que declarar; verla temblar ante el juez me rompió el alma. Tamara se sentó al otro lado de la sala, sin mirarnos ni una sola vez. Los abogados discutían sobre porcentajes y derechos mientras yo solo pensaba en la foto de papá sobre la cómoda del salón.

Al final, el juez dictaminó que podíamos seguir viviendo en el piso mientras mamá estuviera viva y dependiente de mis cuidados. Tamara tendría que esperar para vender su parte.

Cuando salimos del juzgado, mamá me abrazó tan fuerte que casi no podía respirar.

—Gracias, hija —me dijo entre lágrimas—. Eres lo único que tengo.

Pero yo no sentía alivio, solo tristeza por lo que habíamos perdido como familia. Tamara se alejó sin mirar atrás; supe que nuestra relación nunca volvería a ser igual.

Ahora cada vez que paso por el pasillo y veo las fotos antiguas pienso: ¿En qué momento dejamos que el dinero valiera más que los recuerdos? ¿Cómo se sigue adelante cuando la familia se rompe así?

¿Vosotros qué haríais? ¿Hasta dónde llegaríais para proteger vuestro hogar?