Cuando la herida nunca cicatriza: Un domingo en familia que lo cambió todo
—¿Por qué tenía que ser ella? —me repetía mientras el cuchillo temblaba en mi mano, cortando el asado del domingo. El aroma de las patatas al horno no lograba tapar el nudo en mi estómago. Mi marido, Fernando, intentaba mantener una conversación trivial sobre el fútbol, pero yo apenas podía escucharle. Marta, mi hija, estaba sentada a mi lado, con la mirada clavada en el plato. Y entonces, la puerta sonó.
—¡Ya están aquí! —gritó mi hijo, Álvaro, desde el pasillo. Su voz sonaba alegre, ilusionada. No podía imaginar lo que estaba a punto de suceder.
Entraron tomados de la mano. Álvaro irradiaba felicidad. Ella… Lucía. La reconocí al instante, aunque habían pasado años desde que la vi por última vez en la puerta del instituto. Su sonrisa era la misma, pero sus ojos parecían buscar aprobación. Marta se puso rígida. Yo sentí un frío recorrerme la espalda.
—Mamá, papá… os presento a Lucía, mi novia. Bueno… mi prometida —dijo Álvaro, con una emoción que me partió el alma.
El silencio fue tan denso que casi podía cortarse con el cuchillo. Fernando fue el primero en reaccionar:
—Encantado, Lucía —dijo, forzando una sonrisa.
Yo no podía hablar. Miré a Marta; sus ojos estaban llenos de lágrimas contenidas. Nadie más en la familia sabía lo que había pasado años atrás. Nadie salvo nosotras dos.
Lucía se sentó frente a Marta. Intentó iniciar una conversación trivial sobre la universidad y los planes de boda. Yo apenas podía escucharla; mi mente viajaba atrás en el tiempo, a aquellos días en los que Marta llegaba a casa llorando, con mensajes crueles escritos en su mochila y moretones en el alma que tardaron años en sanar.
—¿Te encuentras bien? —me preguntó Fernando en voz baja.
—Sí… sí —mentí.
El almuerzo transcurrió entre frases cortas y miradas esquivas. Álvaro no notaba nada; estaba demasiado feliz. Pero Marta no probó bocado. Cuando Lucía fue al baño, Marta se levantó y me siguió a la cocina.
—Mamá, ¿cómo puedes dejar que esté aquí? —susurró entre sollozos.
La abracé fuerte. Sentí su dolor como si fuera mío.
—No lo sabía, hija… No tenía ni idea de que era ella —le dije al oído.
—No puedo quedarme —dijo Marta, apartándose de mí—. No puedo fingir que no pasó nada.
La vi salir por la puerta trasera sin mirar atrás. Mi corazón se rompió un poco más.
Volví al comedor intentando recomponerme. Lucía había regresado y notó la ausencia de Marta.
—¿Está bien tu hija? —preguntó con voz suave.
La miré fijamente. Por un momento pensé en gritarle todo lo que había hecho, pero me contuve por Álvaro.
—No se siente bien —respondí secamente.
Álvaro me miró preocupado, pero Lucía bajó la mirada y jugueteó con su servilleta.
El resto del almuerzo fue un desfile de silencios incómodos y sonrisas forzadas. Cuando se marcharon, Fernando y yo nos quedamos solos en el salón.
—¿Qué ha pasado? —preguntó él finalmente.
Le conté todo: los insultos, las humillaciones, las noches en vela consolando a Marta. Fernando se quedó pálido.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó, desesperado.
No supe qué responderle.
Esa noche, Álvaro me llamó. Estaba enfadado porque Marta se había ido sin despedirse y porque yo había estado distante con Lucía.
—Mamá, ¿qué te pasa? Lucía es maravillosa conmigo…
No pude más y le conté la verdad. Hubo un silencio largo al otro lado del teléfono.
—Eso fue hace mucho tiempo… La gente cambia —dijo finalmente, pero su voz temblaba.
—¿Y si no ha cambiado? ¿Y si vuelve a hacerle daño a alguien? —le pregunté yo, incapaz de contener las lágrimas.
Durante días, la casa estuvo sumida en una tensión insoportable. Marta no quería hablar con Álvaro. Álvaro defendía a Lucía con uñas y dientes. Fernando intentaba mediar sin éxito. Yo me sentía atrapada entre el dolor de mi hija y la felicidad de mi hijo.
Una tarde, Lucía vino sola a casa. Llamó al timbre y me pidió hablar conmigo y con Marta. Dudé mucho antes de dejarla entrar.
Se sentó frente a nosotras y bajó la cabeza:
—Sé que no puedo pedir perdón por todo el daño que hice… No tengo excusas. Solo quiero que sepáis que lo llevo conmigo cada día y que intento ser mejor persona desde entonces.
Marta no dijo nada; sus manos temblaban sobre sus rodillas.
—No espero que me perdonéis —continuó Lucía—. Solo quería decíroslo a la cara.
Se marchó sin esperar respuesta. Marta rompió a llorar y yo la abracé como cuando era niña.
Esa noche no dormí pensando en lo difícil que es perdonar cuando las heridas siguen abiertas. ¿Debo apoyar a mi hijo y aceptar a Lucía por su felicidad? ¿O debo proteger a mi hija del dolor que aún sangra?
A veces me pregunto si alguna vez podremos volver a ser una familia unida o si este domingo marcó el principio del fin para nosotros. ¿Es posible perdonar de verdad cuando el pasado nunca se olvida? ¿Vosotros qué haríais?